Cataluña

El ‘Procés II’ de Junqueras a la espera del entierro judicial del pujolismo

El juicio por el expolio del Palau y el posible ingreso en prisión de alguno de los Pujol, son dos de los hitos que van a marcar el fin del Procés I y el comienzo de la nueva estrategia que quiere conducir Oriol Junqueras.

La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, y el 'número dos' de la Generalitat, Oriol Junqueras.
La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, y el 'número dos' de la Generalitat, Oriol Junqueras. EFE

Hace ya algún tiempo que casi todo lo que ocurre en Cataluña, en lo que concierne al llamado procés, conviene leerlo en clave electoral. La antigua Convergència, hoy Partido Demócrata Europeo Catalán (PDeCAT), ni más ni menos, pasea su injustificada autoestima por los juzgados de Madrid y Barcelona con un doble objetivo: rentabilizar el victimismo para recortar distancias con la Esquerra de Oriol Junqueras y desplazar en la medida de lo posible de las primeras páginas de los periódicos las noticias sobre el sistemático saqueo del presupuesto público que ordenaron sus dirigentes durante décadas, asuntos estos de todo punto desagradables y de pernicioso impacto en las urnas.

La estelada ya no da para más, tampoco para evitar que el chaparrón judicial destiña el disfraz tricolor de autores y cómplices del expolio de los dineros públicos

Si mañana se celebraran elecciones autonómicas en Cataluña, la mayoría de encuestas conocidas y desconocidas corroboran el hundimiento de los herederos de Jordi Pujol y el auge de ERC, que prácticamente duplicaría en escaños al PDeCAT. El nuevo partido de Artur Mas necesita tiempo y héroes con urgencia, pero lo malo es que ni lo uno ni lo otro dependen de su voluntad. Porque, por mucho que se tapen con la estelada, ni Mas, ni Francesc Homs, ni el resto de prohombres del independentismo sobrevenido, aseados representantes en el pasado de las grandes familias catalanas -incluidas algunas que sustentaron sin complejos al régimen franquista y ahora se han comprometido con la causa independentista-, van a poder evitar que el chaparrón judicial destiña su temerario disfraz.

El juicio por el sistemático desfalco del Palau de la Música, evaluado por sus actuales gestores en la bonita cifra de 34 millones de euros que llenaron algunos bolsillos y también sirvieron para sostener la maquinaria de la antigua CDC, va a actuar como un extraordinario disolvente de la prefabricada valentía con la que los cómplices de aquellas rapacidades han pretendido camuflar esta y otras fechorías ante la opinión pública.

Y es que el general conocimiento de lo que un relevante periodista barcelonés ha denominado la “gran cloaca catalana”, es una losa electoral de tal dimensión que la única forma de removerla y enterrarla es utilizando material explosivo de alto poder destructivo. De eso va el intento de reforma del reglamento del Parlament para aprobar sin debate, por la vía rápida, las leyes de desconexión y proclamar la instauración de la república catalana, una patochada anti constitucional y anti estatutaria que, en caso de salir adelante, tendría cumplida respuesta por parte del Estado de Derecho y la comunidad internacional.

Pretender ganarle el pulso al Estado cuando mayor es el hedor de la herencia convergente es tan estúpido como quimérico

No va a haber referéndum porque, como todo el mundo sabe, este solo sería posible y vinculante a partir del acuerdo con el Estado, y tampoco habrá nada que de lejos se le aproxime. Ni el Estado ni los independentistas, por razones distintas, se pueden permitir otro 9-N. Salvo que estos últimos asuman el riesgo de hacer un segundo ridículo, esta vez irremediable. Eso sí, lo convocarán, y el Estado, con la ley en la mano, lo prohibirá, y será entonces cuando el más listo de la clase, el mismo que sabe que si no mete la pata tiene todas las papeletas para ser el futuro presidente de la Generalitat, apueste por lo que denominará “elecciones constituyentes”, o cosa parecida. Oriol Junqueras no cometerá el error de desobedecer, poner las urnas y jugarse así una inhabilitación que le impediría jugar la partida que él cree definitiva, y que no es esta de ahora.

Estiércol sobre el cadáver del ‘pujolismo’

Pretender ganarle el pulso al Estado cuando mayor es el hedor de la herencia convergente es tan estúpido como quimérico. Junqueras ya ha dado por amortizado y enterrado este intento. El juicio por el expolio del Palau y el posible ingreso en prisión de alguno de los miembros imputados del clan Pujol, son los dos hitos judiciales que van a marcar el fin del Procés I y el comienzo de la nueva estrategia que el líder de ERC, gran admirador del modo japonés de entender la vida (solo con paciencia se gana el cielo), está dispuesto a implementar.

El Procés II empezó este martes a tomar forma en la Audiencia Provincial de Barcelona, confirmará su existencia cuando la próxima semana uno de los antiguos responsables del Palau, Jordi Montull, vuelque otras cuantas carretillas de estiércol sobre el cadáver del pujolismo y decidirá su puesta de largo a partir del momento en el que la Justicia decida la inhabilitación de Artur Mas. Con el PDeCAT descabezado y la sociedad catalana entre extenuada y avergonzada, el prudente Junqueras prometerá cordura y diálogo sin renunciar a la independencia. Puede hacerlo, porque está limpio y nadie discute sus convicciones soberanistas. Pero todo a su debido tiempo.

Las elecciones autonómicas se convocarán una vez ahuyentado el referéndum fantasma. En otoño, los catalanes volverán a acudir a las urnas, y el reto de los partidos constitucionalistas será movilizar a sus votantes, como el 27 de septiembre o más, convencerles de que, otra vez, estaremos ante unas elecciones decisivas, contrarrestar la enorme fatiga acumulada en estos años con inteligencia y la certidumbre de que el Estado tiene una idea de país ilusionante y alternativa a la independentista (¿?).

Junqueras quiere ampliar la base social del independentismo, a la espera de que alcancen la mayoría de edad los jóvenes cachorros educados en la creencia de una Cataluña lastrada por la medianía española

Junqueras puede ganar, pero hay muchas formas de hacerlo. Si ERC arrasa y su líder se convierte en el 131 presidente de la Generalitat, según el peculiar y discutible cómputo de Artur Mas, irá con tiento, pero no variará el objetivo: ampliar la base social del independentismo, sin prisa, esperando a que alcancen la mayoría de edad los jóvenes cachorros que han sido educados en la creencia de una Cataluña lastrada por la medianía española, unos jóvenes que, como todos los jóvenes de todas las épocas, reclaman su derecho a equivocarse, a aplicar aquel aserto que aparece en “El lector” de Bernard Schlink y que dice que “toda generación tiene el deber de rechazar lo que sus padres esperan de ella”.

Será entonces, una vez sustanciadas las responsabilidades penales del nacionalismo, y cuando el Estado ya no pueda contar con la corrupción ajena como inesperado aliado, el momento en el que probablemente asistamos a la última oportunidad de reintegrar mayoritariamente a los catalanes en un proyecto común. Lo malo es que ese momento está a la vuelta de la esquina.


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