Porque nada es casual

PSOE: gobernar o desaparecer

La incógnita de mayor enjundia que dilucidarán los españoles este domingo no es cuál será el partido más votado, ni si el centro-derecha sumará más o menos votos que el centro-izquierda, siendo importantes ambas cuestiones. La clave esencial es saber si el PSOE retendrá la llave maestra de la gobernabilidad que los españoles le prestaron el 20-D y, sobre todo, el uso que hará de ella. Si así no fuera, si Partido Popular y Ciudadanos alcanzaran la mayoría absoluta, o se quedaran a tiro de un empujoncito del PNV y los socialistas devinieran accesorios, el asunto estará resuelto mucho antes de Ferragosto y se escucharán suspiros de alivio en despachos patrios y capitales europeas. Pero no es eso lo que han anunciado hasta hace cuatro días las encuestas. Ni parece que la ineptitud del ministro del Interior vaya a dar alguna opción a la sorpresa.

Un PSOE por debajo de 90 escaños puede ser un PSOE destruido o un PSOE al que se le ha vuelto a dar una segunda oportunidad

Mucho se habla y escribe sobre lo que han de hacer o dejar de hacer los socialistas, sobre qué suicidio es más indoloro, si permitir que gobierne el PP o buscar a cualquier precio un acuerdo con Podemos. Es un falso dilema. Porque sólo hay una hipótesis que garantiza la inmolación del PSOE: que no haga nada, que no asuma su responsabilidad, que no use la llave que los ciudadanos probablemente volverán a poner en sus manos. Creo que fue Alfonso Guerra el que redujo a dos las posibilidades de su partido: aliarse con el PP, lo que sería catastrófico para el PSOE, o hacerlo con Podemos, con lo que el cataclismo lo sufriría el país. Creo que la afirmación es más epatante que certera, y parte de una visión reduccionista de la realidad.

Más allá de las aspiraciones, miedos y resistencias de sus dirigentes, el PSOE tiene alternativas que no necesariamente pasan por elegir la modalidad más soportable de eutanasia y que están relacionadas con su privilegiada situación, teóricamente equidistante de los extremos. Lo que le ocurra al líder es secundario. Son las siglas de un partido que ha sido esencial para el progreso del país las que hay que preservar. El sorpasso puede provocar la renuncia de Pedro Sánchez, pero no debe impedir que el PSOE haga lo que los ciudadanos le pidieron en diciembre y parece que le van a volver a pedir.

Los socialistas habrán de optar entre el riesgo de participar en un Gobierno de compromiso o un suicidio estéril

La mejor decisión que puede tomar el PSOE, digámoslo de una vez, es formar parte del gobierno que se forme tras el 26-J. Si tienes la llave, tú pones las condiciones. Sea cual sea el resultado, y siempre y cuando tu concurso sea esencial para resolver la ecuación. Sería ridículo salir corriendo, o irse a un rincón a llorar por los votos derramados. Un PSOE por debajo de 90 escaños puede ser un PSOE destruido o un PSOE al que se le ha vuelto a dar una segunda oportunidad. Sorprendentemente. Depende de cuál sea el estado de ánimo con el que sus dirigentes principales se dispongan a afrontar el inmediato futuro. Pueden hacerlo con abatimiento, y extraviarse por un camino sin retorno,  o desde la humildad necesaria para situar por delante el interés del país y de paso concederse una prórroga. Pueden mantener su discurso a veces excesivamente estético o dejar a un lado pretextos coyunturales e involucrarse en la faena de dar a los españoles un gobierno respetable. Tendrán que elegir, claro está. Entre un PP que llega al final de recta con el crédito muy debilitado o una amalgama de partidos de liderazgos asociados; entre un líder abrasado y otro imprevisible; entre el ordeno y mando y dieciséis mandos. Un consejo, con perdón: puede que una sencilla apuesta por buscar primero el acuerdo con el partido más votado facilitara la decisión final.

El PSOE, con Sánchez o sin Sánchez, tiene muchas posibilidades de repetir suerte. Si todo fluye como parece, el 26 de junio estará en condiciones de ofrecerse para conjuntar un gobierno de coalición similar a otros que han aguantado dignamente el impacto de la crisis en la Unión Europea. Puede hacerlo tomando la iniciativa, imponiendo condiciones, situando a gentes con vocación de consenso y capacidad de gestión, como Ángel GabilondoJordi Sevilla o José Enrique Serrano, en puestos clave de un Ejecutivo de compromiso. O puede no hacerlo y dejar pasar la oportunidad de corregir desde el realismo políticas antisociales. Puede arriesgar su futuro por el bien del país, sin que en absoluto sea descartable un trágico final, o puede evitarse molestias optando directamente por un suicidio rápido y estéril, aunque no inocuo. En sus manos está.


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