Porque nada es casual

El PSOE, en el ‘Titanic’

Hubo un tiempo en el que el Partido Socialista Obrero Español conectó con la gente. Cuando los socialistas aparcaron la mística post guerra fría y abrazaron la fe del pragmatismo del que tan necesitados estaban los españoles, se convirtieron en la referencia política del país. Después vino el abandono de esa vocación de servicio, la consolidación de una maquinaria de poder destinada no a transformar la sociedad sino simplemente a ejercerlo. Solo los errores ajenos, que culminaron en la inopinada victoria electoral del PSOE en 2004, frenaron la mutación en marcha. Pero solo fue un espejismo, un camuflaje inesperado que aplazó cualquier renovación o autocrítica.

El PSOE se parece demasiado a una colección de reinos de taifas carentes de grandeza y generosidad

Víctima probable de una estupefaciente incredulidad, Rodríguez Zapatero no vio -o no quiso ver- cómo en demasiados lugares las agrupaciones socialistas se habían transformado en las más reputadas oficinas de empleo de cada localidad. Tener el carné del PSOE ya no era solo un privilegio de mayor o menor valor sentimental; era una garantía de manutención y en algunos casos de enriquecimiento. Se dirá que el fenómeno no es exclusivo de estas siglas. Evidente. Pero el PSOE tuvo el gran acierto de construir los cimientos de su alternativa desde la reivindicación de la honestidad y la honradez como conceptos básicos de la actividad política y un perceptible espíritu reformista con el que se identificaban masivamente los ciudadanos. El PSOE, se dijo, era el partido que más se parecía a la sociedad española. Y, probablemente, en los años 80 del siglo pasado era verdad.

En cambio hoy, salvo en algunos reductos que empiezan a parecerse a la aldea gala de AstérixObélix, los socialistas no son ya el reflejo de casi nada. O, dicho de otro modo, solo son el reflejo que proyecta el espejo deformado de su estructura de poder: una colección de reinos de taifas carentes de grandeza y generosidad. Cuando Patxi López dice que “el espectáculo que estamos dando es lamentable” no podemos más que darle la razón. Pero el ex lehendakari se olvida de que este espectáculo es la inevitable secuela de otros igualmente deplorables, como el protagonizado en el País Vasco por una aristocracia socialista que atajó sin contemplaciones todo movimiento interno con pretensiones renovadoras. El declive de la marca PSE-PSOE excusa cualquier otro comentario.

En esta situación los socialistas no pueden trampear con la ideología. Y Podemos no es un salvavidas; es el Titanic del PSOE

Se hace difícil creer que los que han conducido al PSOE a esta “lamentable” situación sean capaces de encontrar la salida que las circunstancias exigen. Las elecciones generales, sin embargo, han brindado a los dirigentes socialistas una ulterior oportunidad de reconducir su deriva autodestructiva. Claro que para ello lo primero que debieran hacer es convertir el mal resultado obtenido en una oportunidad. El 20-D ha colocado al PSOE en el centro del escenario. No es una posición fácil, pero ofrece la opción de elegir, lo que no es poco. Elegir entre salvar los cuatro muebles que aún quedan sin arder o ayudar a superar la compleja situación que atraviesa nuestro país. El problema es que esta es una alternativa falsa, porque sin asumir lo segundo no solo será imposible apagar el fuego, sino que este acabará por consumir por completo el edificio.

El PSOE solo se salvará si vuelve a demostrar su utilidad, si toma la iniciativa y realiza propuestas viables y asumibles por una amplia masa social. Desde esta perspectiva, la idea de un “gobierno de compromiso” que estabilice la situación, asuma un paquete de reformas vinculadas con la regeneración política y la corrección de las desigualdades, afronte con inteligencia y decisión la tragicomedia catalana y, en definitiva, nos saque de este atolladero, es el único salvavidas al que puede y debe agarrarse el PSOE. Y lo debe hacer sin trampear con la ideología. Podemos no es un salvavidas; es el Titanic del PSOE.


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