OPINIÓN

Ministra a tiempo parcial

Nada tiene que ver la condición de mujer de la nueva titular de Defensa con las razonables críticas a un sistema que no exige la primacía de los intereses del Estado frente a los de partido.

Soraya Sáenz de Santamaría, Dolores de Cospedal y Mariano Rajoy.
Soraya Sáenz de Santamaría, Dolores de Cospedal y Mariano Rajoy. EFE

A decir de colaboradores y admiradores fervientes, María Dolores de Cospedal es una extraordinaria trabajadora. Y debe ser cierto, porque no he escuchado a nadie de criterio fiable poner en duda tal aseveración. Sin embargo, tal y como relata el periodista Antonio Martín Beaumont en una biografía de la aludida, Cospedal era consciente de las críticas internas que provocó su empeño por compatibilizar en su día la secretaría general de su partido con la presidencia de la Comunidad de Castilla-La Mancha. “Ésa -escribe el periodista- ha sido una permanente china en su zapato. Difícilmente podía estar en Génova resolviendo asuntos de ‘la casa’, en un plató de televisión, en su sede de Toledo, en su escaño en las Cortes de Castilla-La Mancha, en el del Senado, visitando sedes del partido para apagar fuegos por España y en los pueblos manchegos. Difícilmente, salvo, claro, que se tenga una capacidad de trabajo y una disciplina como la que tiene una abogada del Estado capaz de sacar su oposición en dos años”.

Hay que acabar con la manga ancha que permite que un miembro del Gobierno pueda ocupar parte de su tiempo en diseñar estrategias para debilitar al adversario político

Vale. Se admite pulpo como animal de compañía, aunque parece razonable pensar que si dedicaba buena parte de su tiempo a apagar los fuegos del partido por las tierras de España, difícilmente estaba en condiciones de gestionar, con la aplicación requerida, los problemas de los castellano-manchegos. Pero no es esa la cuestión. O no solo es esa la cuestión. Cospedal no compaginó dos puestos de gran relieve político porque llegara a la convicción, en todo caso errónea, de que podía hacerlo sin que se resintiera la calidad de los servicios prestados. Lo hizo por ambición política, legítima, pero ajena al interés de los ciudadanos, a los que debió servir con exclusiva dedicación; lo hizo porque la custodia del despacho de la calle Génova que ocupa la número 2 del partido, le garantizaba una presencia en los medios muy superior al escaparate de la presidencia de una comunidad autónoma de mediana potencia de fuego.

Ciudadanos modifica sus prioridades

Ahora, premiados su esfuerzo y sacrificio con el Ministerio de Defensa, si uno osa poner en duda la conveniencia de que Cospedal vuelva a compatibilizar el que, en términos funcionales, es el máximo cargo orgánico del PP con un puesto que tiene la consideración de cartera de Estado, no faltará quien te acuse de machista recalcitrante. “Ya compatibilizaron ministerio y secretaría o vicesecretaría general Álvarez Cascos, Arenas o Pepe Blanco, y nadie dijo nada”, arguyen precisamente aquellos que no se han distinguido por defender la igualdad de género cuando eran otras las protagonistas. Y pase lo de la gran capacidad de la dinámica abogada del Estado, pero esto ya no cuela. Porque nada tiene que ver la condición de mujer de la nueva ministra con el cuestionamiento, más que procedente, de un sistema que permite servir al Estado a tiempo parcial; de la manga ancha que permite que un miembro destacado del Gobierno pueda ocupar parte de su tiempo en diseñar estrategias para debilitar al adversario político; o que el alcalde de una ciudad importante se permita aparcar los problemas del municipio al que debiera servir en exclusiva, para ocupar, de martes a jueves, un sillón en el Congreso de los Diputados.

Nada apunta, sin embargo, a que se vaya a poner coto a duplicidades injustificadas y agraviantes en un país con un 20 por ciento de parados

Aquí contábamos no hace mucho que algunos de los compromisos más ambiciosos de regeneración, de entre los asumidos por los partidos de la llamada nueva política, parecen haber quedado aparcados. La reforma en profundidad de la legislación que regula el funcionamiento de los partidos ya no es una prioridad. El pacto PP-Ciudadanos ha domeñado el ímpetu reformista de la formación de Albert Rivera. Habrá reducción de aforados, una medida esencialmente cosmética que tiene pocas ventajas y algunos riesgos; y poco más. Nada apunta a que se vaya a poner coto a duplicidades arbitrarias, agraviantes en un país con casi un 20 por ciento de parados, y que desacreditan la voluntad reformadora de nuestros legisladores.

En el discurso de apertura de la XII legislatura, Felipe VI ha recordado a diputados y senadores que los españoles “nos piden que dignifiquemos la vida pública”, pero tal cosa no será posible mientras las costumbres de las élites políticas no se aproximen a las del común; mientras los encargados de velar por el buen funcionamiento de las instituciones sigan empeñados en justificar lo injustificable; en degradar el cargo que ocupan compartiéndolo con otras funciones.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba