OPINIÓN

Donald Trump, una noticia falsa

A Estados Unidos le costó mucho reconstruir su credibilidad como país tras la gran mentira de las armas de destrucción masiva supuestamente encontradas en Irak. Trump puede destruir en tiempo récord esa credibilidad recuperada.

El presidente electo de EEUU, Donald Trump.
El presidente electo de EEUU, Donald Trump. EFE/ALBIN LOHR-JONES

“Es posible vivir en una realidad virtual en la que las mentiras se presentan como verdades ocultas”.

Martin Baron, director del ‘Washington Post’

Desde que Donald Trump tomara posesión por derecho propio del Despacho Oval, viene adquiriendo redoblado cuerpo la tesis que proclama que todos aquellos que osamos criticar, en fondo y forma, al primer mandatario del mundo mundial, o lo hacemos porque no tenemos la más remota idea de cómo respira la sociedad norteamericana, o, peor aún, por nuestro profundo desprecio a la verdadera democracia. Como si ésta, la democracia, en lugar de ser el menos malo de los sistemas políticos, que diría Winston Churchill, fuera un procedimiento infalible que garantiza la elección de los mejores. Y como si en el siglo XX, y en lo que va de este, no tuviéramos sobrados ejemplos de pueblos que se han equivocado dramáticamente a la hora de escoger a sus gobernantes.

Según los defensores de este extravagante (con perdón) personaje, Trump habría llegado al poder como reacción inevitable frente a lo peor de la casta política Made in Usa, cuya cabeza visible era Hillary Clinton. Lo de la casta nadie lo discute, pero su existencia no convierte por sí sola al 44 (que no 45) presidente de los Estados Unidos en la terapia más adecuada contra la élite washingtoniana. Principalmente porque él, Trump, es también élite, otra élite, cuando menos tan dañina, si no más, que cierta tropa que rodea a congresistas y senadores. Una élite económica de intereses cruzados que desde el minuto uno está demostrando que no está dispuesta a perder el tiempo. Quizá porque intuye que no va a tener demasiado. Así que si, por ejemplo, hay que construir un par de oleoductos, perfectamente prescindibles, para devolver favores, pues se construyen. Aunque uno de los accionistas de referencia de la empresa que se encargará de la construcción de uno de ellos, la Energy Transfer Partners, haya sido hasta hace dos días, ¡vaya hombre!, Rex Tillerson, nuevo secretario de Estado y ex primer ejecutivo de la petrolera Exxon Mobile.

A Estados Unidos le costó mucho reconstruir la credibilidad perdida tras la gran mentira de las armas de destrucción masiva. Trump puede destruir en tiempo récord esa credibilidad

Los abogados que le han salido a Trump en los cinco continentes pretenden descalificar a los críticos de éste alegando injustificados prejuicios ideológicos. Nada más lejos de la realidad, como comprobamos a diario. El extendido temor a las decisiones que tome el magnate que ocupa la Casa Blanca no tiene ideología. Pregúntenle si no a Angela Merkel. No, esta batalla no es ideológica. Es mucho más importante. Es una batalla por y para la democracia, porque Donald Trump ha llegado al poder montado en el caballo desbocado de la mentira, de las noticias falsas construidas por su equipo asesor, y a lomos de ese caballo sigue cabalgando en sus primeros días como presidente de los Estados Unidos de América. Desde la primera mendacidad que lanzó al mercado sin control de calidad de las redes sociales -Obama no había nacido en EEUU-, hasta la última computada -“Fue la toma de posesión con mayor asistencia de la historia” (Sean Spice, portavoz de Trump)-, lo de este personaje ha sido un no parar de falacias y patrañas, más ofensivas para la común inteligencia cuanto más descaradas.

La pregunta fundamental

Pero la peor de todas, la mentira de sin duda mayor impacto electoral, ha sido, previa deformación de la realidad, la edificada alrededor de los grandes beneficios que traerá el proteccionismo a las clases medias y obreras. Un ejemplo: “Millones de puestos de trabajo se han ido a otros países por acuerdos como el NAFTA y por China, destruyendo el sector manufacturero”. Afirmación falsa de toda falsedad. La producción manufacturera de Estados Unidos es un 54% superior a la de 1994, cuando se activó el NAFTA, y un 27% más desde que China se incorporó a la Organización Mundial de Comercio. Otro más: los expertos señalan que las promesas fiscales de Trump, que pretenden rebajar los ingresos en cuatro billones de dólares, son incompatibles con los planes de gasto público anunciados. Un suicidio, dicen.

Y es que la creación de puestos de trabajo subvencionados vía obra pública no siempre necesaria, o las amenazas a la industria para que no busque mano de obra en el mercado abierto, son métodos que recuerdan aquella economía soviética que era puro artificio, solo que en pleno siglo XXI y en la patria de las libertades. De paso, muy bien podrían encajar en ese dicho de pan para hoy y hambre para mañana, aunque bien es cierto que el refrán no es aplicable a todos; quiero decir, no es aplicable a los empresarios amigos de Trump, que, dicho sea en honor a la verdad, no son todos los empresarios.

La crítica a Trump no es simplemente ideológica, va mucho más allá. Tiene que ver con el desprecio a la verdad, que es como decir desprecio por la democracia misma

En un artículo publicado por el Financial Times, se citaba al corresponsal en Washington de la cadena ITN, Robert Moore, que se hacía esta pregunta: “Si el secretario de prensa de la Casa Blanca sigue diciendo cosas que sabemos que son falsas, ¿por qué deberíamos confiar en lo que diga sobre Corea del Norte, Rusia, Irán o el Estado Islámico? Esta no sólo es una buena pregunta: es una pregunta fundamental”. En efecto. A Estados Unidos le costó mucho reconstruir su credibilidad como país tras la gran mentira de las armas de destrucción masiva supuestamente encontradas en Irak. Trump puede destruir en tiempo récord esa credibilidad recuperada. Y la gran preocupación es la que el FT dejaba en el aire en el artículo citado: “Si no podemos contar con Trump para defender valores como la honestidad en el ámbito de la política, ¿en quién puede confiar el resto del mundo?”.

Se ha dicho que Donald Trump ha ganado gracias a la América profunda. Y debe ser cierto. Lo malo es que a la América profunda, como a la España profunda, le importa el país mucho menos de lo que presume; ni sabe lo que es el medio y largo plazo ni quiere saberlo; no mira mucho más allá del bienestar de su generación, y vota, no ya con una mano en el bolsillo, como hace la mayoría, sino con la mano libre en los bolsillos de los demás (véase el notable éxito de la promesa electoral consistente en desmantelar el llamado “Obamacare”, lo que significaría dejar sin sanidad pública a unos 22 millones de norteamericanos).

Esa es una parte de la América que ha votado a Trump: la insolidaria, la que levanta muros, la del empleo cautivo, la de los blancos primero, la de la mujer en casa y con la pata quebrada, la que ha comprado sin grandes problemas todas las mentiras y noticias falsas. Así que, por favor, no nos pidan más respeto para con estos votantes y el monstruo que han creado que el estrictamente necesario.


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