OPINIÓN

A Cospedal ya no le cabe un Trillo más en el cuerpo

En el caso del Yak-42, Trillo antepuso el interés de su partido a las obligaciones adquiridas como ministro de Estado.

Soraya Sáenz de Santamaría, Dolores de Cospedal y Mariano Rajoy.
Soraya Sáenz de Santamaría, Dolores de Cospedal y Mariano Rajoy. EFE

Cuando en cierta ocasión alguien miró fijamente a Federico Trillo a los ojos y le preguntó si dormía bien por las noches, el ya en aquel momento embajador en Londres puso esa cara tan largamente ensayada de no haber roto un plato en su vida y dijo algo parecido a aquella frase célebre de “El Padrino”, “no es nada personal, son sólo negocios”. Trillo era un especialista en cadáveres políticos; en fabricarlos. Ahora, en aparente nuevo caso de justicia poética, podríamos decir que, a fuerza de perseverar en tal práctica, se ha convertido en uno de ellos.

En 1993 el Partido Popular perdió contra pronóstico las elecciones, y José María Aznar desató una brutal estrategia de destrucción masiva del adversario y sus aliados. Fuego indiscriminado y a discreción, y órdenes estrictas de no hacer prisioneros. La ofensiva ocasionó innumerables víctimas, entre ellas unos cuantos forajidos, pero también un buen número de inocentes. Tres fueron los ejecutores de aquella versión cruenta del aznarismo: Francisco Álvarez-Cascos ponía los fondos; Rodrigo Rato y Federico Trillo-Figueroa y Martínez-Conde disparaban. “M” y 007. Trillo, Federico Trillo, al servicio de su majestad Aznar.

Rato y Trillo, con Cascos, eran el tridente de aquel aznarismo que no se resignó a perder las elecciones de 1993

En aquel complot se habían involucrado voluntariamente, policías, periodistas y jueces, entre otros. La especialidad de Trillo eran estos últimos. En el subsuelo togado, el mitad jurista mitad militar se movía como pez en el agua. La pauta era bien sencilla: se publicaba una información, el portavoz del PP en el Congreso, a la sazón Rato, la elevaba a rango de escándalo parlamentario y Trillo se personaba con los recortes en el juzgado de guardia, previa selección de fecha y garantías de segura promoción.

Cascos, Rato y Trillo, el tridente maldito del aznarismo, el entonces equipo médico habitual de quien sigue dando lecciones de moral a sus legatarios. Uno tras otro caídos en la desgracia de sus propios pecados, “mártires” de un sistema que afortunadamente no se dejó del todo corromper; ascendientes demasiado perturbadores para momentos de pactos y consensos transversales; memoria ulcerada de tiempos más bien oscuros.

La ministra no traga

Casualmente -o no-, ha sido el padre del marianismo el encargado de dar el golpe de gracia al clan: José Manuel Romay Beccaría, presidente del Consejo de Estado, uno de los padrinos políticos de Mariano Rajoy. No existe la menor conexión entre esta circunstancia y el dictamen de la institución acerca de las causas que pudieron provocar el accidente sufrido hace 14 años por el Yak-42 y en el que murieron 62 militares españoles. Pero en la España cogida con los alfileres de una delicada matemática parlamentaria, lo que se adivina como bastante probable es que el presidente del Gobierno lleve tiempo -desde que el pasado 20 de octubre se aprobara el dictamen por unanimidad- pensando en cómo gestionar la bomba política en que se iban a convertir sus conclusiones.

Trillo, blindado por su pasado, nunca asumió su responsabilidad política, la que ahora le reclama ni más ni menos que el Consejo de Estado

El informe elaborado por el Consejo de Estado sobre el suceso no revela nada que no supiéramos, pero es un colosal aldabonazo por cuanto es el propio Consejo el que entierra cualquier intento de soslayar de nuevo las responsabilidades políticas nunca asumidas: “El accidente pudo haberse evitado si los responsables [del Ministerio] hubieran cumplido con su deber de velar por las condiciones en que viajaban los soldados”. Así lo ha entendido María Dolores de Cospedal, a la que ya no le cabe en el cuerpo ni una herencia envenenada más.

Trillo nunca asumió su responsabilidad. Desde su atalaya del Ministerio de Defensa, blindado por su pasado y una mayoría absoluta incontestable, bajo la protección de su jefe de filas, siguió actuando como si aún trabajara en los sótanos, anteponiendo el interés de su partido a las obligaciones adquiridas como ministro de Estado. Al menos así se comportó con las familias de los muertos, como el adelantado intérprete que siempre fue de una verdadera casta política que afortunadamente parece en retirada forzosa. La misma casta que algunos, con encuestas pretendidamente fiables, parecen querer resucitar.


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