Porque nada es casual

Buscando al Cameron español

El presidente del Consejo Económico y Social, Marcos Peña, lleva años en modo peregrinaje recordando a quienes tienen a bien escucharle que uno de los más graves problemas de España es la inexistencia de un “diagnóstico concertado de país”. A la vista de los resultados en cadena del 20-D y 26-J, pareciera llegado el momento en el que los líderes políticos españoles cayeran por fin en la cuenta de que lo que insistentemente reclaman los ciudadanos es precisamente eso, un gran acuerdo para afrontar con el máximo consenso político los grandes y graves problemas aún pendientes.

Podría sospecharse sin embargo, a la vista de las primeras reacciones, que las nuevas rutinas provocadas por el largo interregno experimentado -y el que todavía nos queda por disfrutar- han desfigurado la realidad, o han ralentizado los efectos de la inacción. Pero ni una cosa ni la otra. Las reformas pendientes y los compromisos adquiridos siguen ahí, esperando a que despeje, y la interinidad, según los cálculos más benignos, ya nos ha costado 3 décimas del PIB, un pastizal que sumar a los 20.000 millones del ajuste pendiente que nos reclama Bruselas.

Llegados a este punto, a la mayoría de los españoles les importa una mierda el futuro de las sagradas siglas de los viejos y nuevos partidos

Podríamos por tanto seguir viviendo en la ensoñación y en el cortoplacismo que tan llamativas consecuencias ha tenido, por ejemplo, en Gran Bretaña, o asumir que llegados a este punto a la mayoría de los españoles les importa una mierda el futuro de las sagradas siglas de los viejos y nuevos partidos, y lo único que están dispuestos a aceptar son propuestas serias y alejadas de los intereses particulares de cada dirigente político.

Los británicos han tenido mala suerte: la coincidencia temporal de dos líderes menores, Cameron y Corbyn, y el comprensible sentimentalismo senil de la reina Isabel, alentó el populismo y dotó de bazas extraordinarias a xenófobos como Farage y bufones astutos, tipo Beppe Grillo, como Boris Johnson. Unos y otros han logrado en un breve plazo el incontestable éxito de aproximar los usos y costumbres institucionales del Reino Unido a los de las más estrambóticas repúblicas bananeras. Y aquí, Spain is not different, estamos a un cuarto de hora de arrebatar a los británicos la bandera del ridículo político.

Es todavía pronto para activar las alarmas, pero la cosa no arranca bien. Albert Rivera tiene razones para el cabreo, pero debiera aparcar cuanto antes ese enfurruñamiento algo infantil que deja trascender y cumplir la palabra dada, esto es, situar nítidamente los intereses del país por delante de los suyos y los de su partido. ¿Y el PSOE? Si en este complejo cruce de caminos Pedro Sánchez se empeña en consultar a la militancia la posición de su partido ante la posible investidura de Mariano Rajoy, será inevitable que vuelva a cuestionarse, esta vez más en serio, su idoneidad como máximo dirigente del Partido Socialista.

Estamos a un cuarto de hora de arrebatar a los británicos la bandera del ridículo político

En ese supuesto, ni Felipe González podría evitar que Susana Díaz diera el paso al frente, varias veces aplazado, para hacerse con la secretaría general. El sumo sacerdote del socialismo patrio evita tomar partido, pero dará su bendición al relevo si Sánchez no asume que hay que dejar gobernar a Rajoy.

A Rajoy, y no a otro. Y no solo porque las urnas le han reforzado, sino porque a la fuerza ahorcan: ni el Partido Popular tiene sustituto, ni está en condiciones de abrir ese debate; salvo que quieran crear un problema donde no lo hay. Los populares entienden además que son los partidos con menor respaldo los que deben primero aclararse, y razón no les falta. A las tensiones en C,s y PSOE hay que añadir la inesperada crisis, y con pinta de cruenta, en Unidos-Podemos, con Íñigo Errejón en el punto de mira de la ortodoxia fundacional. Yo le he oído decir a un dirigente de la coalición, muy cercano a un Pablo Iglesias ya blindado por ex de Izquierda Unida, que “el principal enemigo de Podemos es Íñigo”, así que ustedes dirán.

Las consecuencias de una guerra fratricida en Podemos pueden ser múltiples, no siendo la menor aquella que pretenda solucionar los problemas internos fabricando un enemigo exterior (Vieja técnica destinada a difuminar los efectos de la histórica vocación suicida de cierta izquierda). Y ya hay alguna señal preocupante de que desde algún laboratorio de RRSS se ha puesto en marcha una primera operación para desviar la atención del personal y culpar al sistema que todo lo puede de los errores propios.

Muy preocupante que Podemos no haya desautorizado ya la despreciable campaña del falso ‘pucherazo’

Me refiero a los miles de tuits que, como describe aquí @FPomares_R, “repiten una carta idiota de un tipo que se estrena en una mesa electoral, explicando lo fácil que es hacer trampa en un colegio ‘de la España profunda’”. El mensaje, dice el articulista, es que si Podemos no ha ganado las elecciones es porque hubo tongo: “Es el mecanismo de la deslegitimación: el mismo que ha llevado a Maduro (con perdón) a proponer la disolución de la Asamblea de Venezuela. La señal inequívoca de un profundo desprecio a la democracia, cuando no nos gustan sus resultados”. Así es. Alarmante que a esta hora Podemos no haya desautorizado con contundencia la campaña del falso ‘pucherazo’.

Esto no empieza bien. La vocación británica de nuestros políticos parece incontenible.


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