40º aniversario de la Constitución

Así se planeó el 'pacto del mantel': Abril y Guerra, los 'padres secretos' de la Constitución

Fernando Abril y Alfonso Guerra fueron los artífices secretos de la Constitución del 78. El 'pacto del mantel' fue uno de los episodios más legendarios y clave en la historia de la Transición

Alfonso Guerra
Alfonso Guerra EFE

En una noche de primavera, en secreto, en un reservado del restaurante José Luis, Abril Martorell y Alfonso Guerra zanjaron de un plumazo los 25 artículos más polémicos, más cuestionados y más debatidos de la Constitución. El llamado "pacto del mantel” fue un episodio trascendental de la Transición.

La Constitución, que hoy cumple 40 años, tuvo siete ‘padres’ oficiales y dos padres ‘de facto’, dos muñidores de acuerdos, limadores  de asperezas, arregladores de desencuentros. Francisco Abril Martorell, vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez, y Alfonso Guerra, ‘mano derecha’ de Felipe González y número dos del PSOE, fueron los encargados de allanar el camino hacia el compromiso final. Dos personalidades muy diferentes, dos caracteres contrapuestos que, en reuniones eternas, nocturnas, desbordadas de café y tabaco, se confabularon para reconducir y poner en limpio el espeso documento que habían pergeñado los siete ponentes oficiales de la Carta Magna y que sufría un descomunal atasco, ruidoso y hasta violento, en su trámite parlamentario.

Es decir, para confeccionar un texto digerible con el que pasar definitivamente página al régimen anterior. Una tarea oscura, secreta, casi enigmática, que desembocó en un proyecto constitucional con el que borrar las heridas del pasado, enfilar la autopista hacia el futuro y unir a una España doliente y confusa, cruelmente fracturada en dos.

Todo empezó cuando el PSOE organizó una descomunal bronca al conocerse que, en los trabajos de la elaboración parlamentaria, se pretendía introducir la figura del Estado de excepción. Voces generalizadas de alarma en la izquierda: ¡Franquismo!”. Felipe González montó en cólera y su fiel Guerra armó un estrépito dodecafónico. “Estos quieren hacer la Constitución más reaccionaria de Europa”, bramó a los cuatro vientos. Los cimientos de la futura estructura legal del Estado empezaban a cuartearse antes siquiera de haber sido plantados.

Era imprescindible arbitrar una alternativa, un procedimiento más pragmático, una vía negociadora que esquivara y sorteara el abrupto recorrido en la Cámara. Extraoficial, efectiva, sigilosa y alejada del escaparate de la política. Era imprescindible también proteger a la opinión pública de los naturales y continuos sobresaltos de un proyecto tan abrupto y enrevesado. No espantar la ilusión, no alimentar la incertidumbre. “O hacemos algo o no terminamos nunca”, se escuchó decir en el despacho de Suárez. Y se puso manos a la obra. Y así se puso en marcha el famoso tándem de la Carta Magna. Abril, un ingeniero agrónomo valenciano, que fue procurador en Cortes durante el franquismo; y Guerra, sevillano, licenciado en Letras y aficionado al teatro. "El agua y el aceite, se entenderán bien", comentó por entonces un dirigente socialista. "Guerra es socialista, pero es hijo de militar", apuntaban, confiados, en la UCD.

Los primeros bramidos

En su primera sentada, cara a cara, Guerra y Abril  se hicieron valer. Se arrojaron papeles a la cara, vociferaron, gesticularon, se cerraron en banda y agotaron los reproches. La escenificación obligada, según comentaría años después uno de los asistentes. Iban acompañados de certeros asesores, también comprometidos con el silencio. Pérez Llorca, Cisneros y Arias Salgado por UCD y Luis Gómez Llorente y Enrique Múgica por el PSOE. Alguno de ellos redondeó aportaciones clave, como Llorente en el fundamental tema de la Educación, empeñado la defensa de lo público, pese a las intensas presiones de una Iglesia, por entonces casi omnipotente.

Apenas una docena de personas, con el Rey al frente, tenían detallado conocimiento sobre la evolución los trabajos de este particular dúo. No existían los móviles, ni los sms, ni siquiera Internet. El compromiso de discreción se cumplió a rajatabla salvo alguna excepción menor. Poco a poco, los trabajos avanzaban, casi en paralelo a las labores que desarrollaba la ponencia oficial de los siete notables.

Hubo algunos invitados especiales a estas reuniones, como Xavier Arzalluz. El PNV se mostraba muy refractario ante la nueva Constitución. No fueron invitados a la ponencia y apenas se les consultaba. Metían mucho ruido, pretendían el reconocimiento en el texto definitivo de los ‘derechos históricos de Euskadi’. Abril se negó en redondo. “Ni por asomo, nunca jamás”. Guerra le secundó.

Se dejó, eso sí, la puerta abierta a una concesión clave para los nacionalistas vascos. En lo peor de la tormenta, Gregorio Peces Barba convocó en su despacho al propio Arzalluz y a los dos negociadores. De allí salió el visto bueno al famoso concierto, que todavía ahora es objeto de polémica y rechazo por parte de grupos políticos como Ciudadanos. “A estos vascos hay que guiñarles al bolsillo”, comentó un miembro del equipo centrista. Arzalluz quedó satisfecho pero el PNV, fiel a su tradición de no respetar jamás su palabra, se abstuvo en el trámite parlamentario y promovió la abstención en el referéndum.

La fecha señalada

Finalmente, el 22 de mayo de 1978, se consumó el ‘pacto del mantel’.  Fue en José Luis, el tradicional restaurante madrileño de aburguesada clientela y sabrosos pinchos de tortilla. Suárez tenía prisa y había urgido a su Abril a acelerar el acuerdo. En una noche, de una tacada, Abril y Guerra desatascaron y aprobaron 23 artículos de la futura Ley de leyes. Una descomunal proeza si se piensa que entre los capítulos aprobados figuraban la forma del Estado (el PSOE dejó de lado su postureo republicano), la pena de muerte, la huelga, la mayoría de edad, la lengua…

La introducción del término ‘nacionalidad’ supuso uno de los principales escollos de las negociaciones. En un primer momento, la ponencia 'oficial' sólo recogía el término ‘autonomía’ y ni siquiera se mencionaba la palabra ‘nación’. En el punto más intenso de los debates, llegó desde Moncloa un papel anónimo en el que se aportaba este término, “nacionalidad”, sin adjetivos, con el que los catalanes se dieron por satisfechos ante la desbordada ira de Alianza Popular.

El texto definitivo quedó, pues, expedito. PP y PSOE, que sumaban 284 diputados, habían culminado su labor. Un 22 de mayo que no ha pasado a los mármoles de la gran historia pero que, sin duda, es uno de los momentos cruciales en la intrahistoria de nuestra ley fundamental. Los siete ‘padres de la Constitución’ se llevaron, como no podía ser menos, toda la gloria, los homenajes, los parabienes, los reconocimientos. Guerra y Abril se conformaron con la enorme satisfacción del deber cumplido. Una misión que se antojaba imposible y que completaron, en comedores oscuros, rincones sombríos y mutismo atronador, a general satisfacción.

Una mesa para la Historia

Si la famosa mesa del José Luis tiene su leyenda, también la formación de la mesa de la ponencia tiene su relato y su historia. Enrevesada y alambicada. En un principio, Suárez pretendió formar una comisión de notables, ajena al cuerpo de diputados. Catedráticos, historiadores, juristas. El PSOE se opuso. Tenían que ser representantes del pueblo que se sientan en las Cortes Generales. Y así se hizo. El 22 de agosto de 1977 arrancaron sus reuniones.

UCD alineó a algunas de sus mejores cabezas: Gabriel Cisneros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y José Pedro Pérez-Llorca. Por Alianza Popular se incorporó Manuel Fraga. Jordi Solé Turá lo hizo por el PCE, Miquel Roca por los nacionalistas catalanes y Gregorio Peces Barba, por el PSOE. El PNV se quedó fuera de los trabajos y propugnó la abstención en el referéndum constitucional. El Parador de Gredos fue el centro de operaciones de estos ‘siete hombres con piedad’, designados por la Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas creada al efecto en el recién elegido Parlamento. Siete hombres prudentes, siete conjurados bajo un ‘manto de silencio’, que, sin embargo, apenas lograron avanzar en los asuntos más ríspidos. Incluso Peces Barba, quizás el más visceral, se levantó un buen día de la reunión y amenazó con no volver.

La labor era ingente. Un reto sobrehumano, un esfuerzo prometeico. La unidad de España, la forma del Estado, la Monarquía, la organización territorial, la Iglesia, derecho de huelga… Un menú de vértigo, una tarea ingente que vivió momentos de enorme convulsión. Uno de los momentos más dramáticos se vivió cuando el 22 de noviembre, la revista ‘Cuadernos para el diálogo’ desveló un avance de 32 artículos ya medianamente perfilados. Todas las miradas se posaron, quizás injustamente, en Pablo Castellano, histórico socialista, como presunto filtrador.  

El 'incendio' de las escuelas

El papel del Estado en las aulas y la enseñanza que ahora se llama ‘concertada’ , fue la chispa de aquel estallido. Hubo muchos más a lo largo de los arduos trabajos de la ponencia. Y situaciones de bloqueo absoluto en las Cortes, con discusiones encendidas y descomunales broncas. Casi 170 votos particulares y más de tres mil enmiendas. Ahí es cuando aparecieron Abril y Guerra, Guerra y Abril y ahí es cuando empezó a avanzar la inédita aventura de de construir la primera Constitución española desde 1931 con una salvedad: respaldada por todos los grupos parlamentarios salvo la mínima excepción vasca.

El 31 de octubre de 1978 Congreso y Senado le dieron finalmente el visto bueno. El 6 de diciembre de ese año, hace ahora 40, el pueblo español lo refrenda en referéndum con un 87,9 por ciento de síes y un 7 por ciento de noes. En Cataluña, con un 90,5 por ciento de votos a favor, se superó la media nacional. El Rey don Juan Carlos la sancionó el 27 de diciembre y se publicó en el BOE, dos días después para evitar el mal fario del día de los Santos Inocentes. La primera Carta Magna desde la republicana de 1931 había echado a andar. Y ahí sigue.



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