Política

Rubalcaba, un tahúr que amó el PSOE, el poder y Prisa a partes iguales

Alfredo Pérez Rubalcaba
Alfredo Pérez Rubalcaba EFE

Quien quisiera ver a Alfredo Pérez Rubalcaba (1951-2019) en los últimos años tenía que visitar la facultad de Químicas de la Universidad Complutense. Allí, entre sus clases y un modesto despacho, se refugiaba de los focos este hombre que lo fue casi todo en la política española durante tres décadas. En ese tiempo, tres fueron sus principales pasiones: el PSOE, el grupo Prisa y el Poder, escrito con mayúscula, porque siempre mandó sobremanera y tejió operaciones en la sombra, donde se movía como nadie. 

Rubalcaba es uno de esos gigantes de la cosa pública que acapara cargos por doquier. Ministro de Educación y portavoz del Gobierno con Felipe González, su amigo íntimo; ministro del Interior y vicepresidente del Ejecutivo con José Luis Rodríguez Zapatero, con el que pasó del odio al amor con rapidez inusitada; y secretario general del PSOE tras vencer a Carme Chacón y antes de la llegada al trono socialista de Pedro Sánchez. Sin su figura -con tantas responsabilidades, numerosos acuerdos y no pocos tejemanejes- no puede entenderse la historia de la democracia española desde la Transición. 

La retirada de 2014 y un último servicio

Supo retirarse a tiempo de la primera línea, tras el descalabro electoral de 2014, y volvió a esa facultad donde había empezado su vida académica y donde era feliz según confesión propia. Pero, como buen adicto a la política, no se fue del todo, porque en estos años tomó otra vez parte en más de un conciliábulo de socialistas y porque fichó por el consejo editorial de su amado grupo mediático.

Era eso que tópicamente suele denominarse como hombre de Estado. Creía en él y su penúltimo servicio al mismo (o a sus élites, mejor dicho) fue colaborar con el PP y la Casa del Rey en la preparación de la abdicación de Juan Carlos I y la proclamación de Felipe VI. Al moverse siempre en los engranajes del poder, como negociador implacable, era custodio de mil y un secretos. Unas memorias suyas, que ya no llegarán, hubieran valido su peso en oro. En ellas habría contado, por ejemplo, sus numerosas llamadas a periodistas para comentar la actualidad o su fanatismo madridista que le obligaba a ver partidos hasta en las situaciones más insospechadas

De felipista a zapaterista, pero siempre rubalcabista

Rubalcaba era uno de esos jóvenes afines a Felipe González que llegaron al poder en 1982 para modernizar el país tras la larga noche de la dictadura. Desde entonces, fuera en el Ejecutivo de turno o en la oposición, este tahúr de la política nunca dejó eso, el poder puro y duro, donde siempre jugaba con varias barajas e incluso con las cartas marcadas. Su primera etapa política fue en el Ministerio de Educación, primero como fontanero al servicio de sus amigos José María Maravall y Javier Solana, y luego como ministro (1992-93). Era un felipista de pata negra y por ello González lo colocó después como portavoz de su último Gobierno (1993-96), aquel asediado por los casos de corrupción. 

Es su etapa más oscura. Esa en la que se dedicó a ocultar escándalos, inventando o dirigiendo maniobras torticeras. Todo gracias a su enorme sintonía, que nunca perdió, con el Grupo Prisa que entonces dirigía Jesús del Gran Poder, Jesús de Polanco. El holding de medios se enriqueció, no puede perderse de vista, precisamente gracias a las ediciones de libros para el Ministerio de Educación del PSOE, ese que conocía como la palma de su mano el ahora fallecido. Lo de Prisa y Alfredo, como le llamaban los más cercanos, fue un matrimonio bien avenido en el que ambos se socorrieron en incontables ocasiones. 

El político fue el peculiar apagafuegos contra las llamas prendidas por una hoguera incesante, la de la corrupción, los GAL y la mentira, que terminó por abrasar al felipismo. Al todopoderoso felipismo, sí, incluido el propio González, pero no a él. Siguió y apoyó al continuista Joaquín Almunia frente a Josep Borrell, el hombre que lideró el PSOE solo un tiempo, hasta que precisamente Prisa acabó con él al amanecer.  

“Con Zapatero, ni cambio ni tranquilo”, susurraba en los prolegómenos del decisivo XXXV Congreso Federal del PSOE, celebrado en el año 2000. Apoyaba a José Bono frente a los jóvenes que encabezaba un político leonés casi desconocido. Una postura que para cualquier otro hubiera supuesto el punto final a toda su carrera cuando los muchachos se impusieron a sus mayores. Pero sus innegables habilidades, como su enorme capacidad oratoria y su inteligencia tan desbordante como ladina, hicieron que el nuevo jefe decidiera incorporarlo a su equipo. 

Su papel estelar el 13-M de 2004...y el proceso de paz

Uno de sus momentos más controvertidos llegó el 13 de marzo de 2004, cuando se puso ante las cámaras para agitar a las masas acusando al Ejecutivo de Aznar de mentir a la ciudadanía tras los atentados yihadistas del 11-M. "Los españoles se merecen un gobierno que no les mienta". Esa consigna fue determinante. Este alquimista de las palabras ayudó, con una sola frase, a voltear las encuestas y a llevar a Zapatero a La Moncloa.

Con el PSOE gobernando tras ocho años de aznarismo, Zapatero confió en él primero como líder del grupo parlamentario socialista y después como ministro del Interior, para lo que fue elegido en 2006. Y desde ese cargo pilotó el llamado proceso de paz del País Vasco. Ahí es cuando más y mejor hizo de Fouché, con el que siempre lo comparaban, aunque en versión más sofisticada y menos cruenta. Fue el artífice de la teoría "o votos o bombas" que repetía a la izquierda abertzale para que se distanciase de ETA. 

A punto estuvo de abandonar la política en 2008, por la muerte de tres de los hermanos de su esposa a los que se sentía muy unido, pero volvió a sacar fuerzas de flaqueza. Tanto creció su prestigio, en paralelo al deterioro del régimen zapaterista, que acabó por convertirse en la mano derecha del presidente del Gobierno, desplazando sin piedad a su enemiga desde los tiempos felipistas, la entonces todopoderosa María Teresa Fernández de la Vega

Y llega a secretario general

A mediados de 2011, con Zapatero achicharrado por la crisis económica y por sus malas decisiones, llegó el turno en que el eterno hombre de las tinieblas pasó a ser la cara visible del PSOE. Candidato a la Moncloa. Ocurre, sin embargo, que como decía su amigo Jaime Lissavetzky, el ahora fallecido siempre fue un número uno que funcionaba mucho mejor como número dos

El desastre electoral de 2011, con la mayoría absoluta de Mariano Rajoy, no impidió que continuase. Batió a Carmen Chacón en una batalla encarnizada por liderar el PSOE en 2012. Batalla en la que, por cierto, el vencedor contó con el respaldo entusiasta del hoy presidente del Gobierno y, cómo no, de Prisa, liderada por su amigo Juan Luis Cebrián.

Sin embargo, otros derrumbes en las urnas le obligaron a dejar la secretaría general y marcharse a la Universidad, a un pequeño despacho donde aún recibía a periodistas y amigos, donde la química era más importante que la política. Aunque, como se ha dicho, en su retiro nunca dejó del todo sus grandes pasiones.

(Gran parte de este artículo está incluido en el libro 'Los mil secretos de Rubalcaba' (Ciudadela, 2011), coescrito por el autor y por Daniel Forcada)

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