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Rubén Arranz

Juicio del 'procés' Al pobre Junqueras no le dejan ir a misa

Torra saluda a los 12 políticos sentados en el banquillo
Torra saluda a los 12 políticos sentados en el banquillo EFE

Resultaría muy difícil explicar a un recién llegado lo que ha ocurrido este martes en Madrid. Pocos días más complejos y pocos días más condicionados por la absurdez del momento político. Mientras en el Tribunal Supremo arrancaba la primera sesión del juicio a quienes organizaron el referéndum del 1-O e impulsaron la declaración unilateral de independencia; en la carrera de San Jerónimo, a un paseo de poco más de 15 minutos de allí, el Gobierno reconocía una evidencia: que si no cede a las presiones de los partidos que promovieron todo eso, no podrá aprobar sus presupuestos y deberá convocar elecciones. Mal van las cosas en un territorio cuando su estabilidad está supeditada a los deseos de quienes quieren partirlo por la mitad.

Escribió la croata Slavenka Drakulic hace una década que para convertirse en un criminal de guerra no hace falta ser un monstruo. Citó el ejemplo de Radovan Karadzic, exlíder serbio al que le gustaban la poesía, el compadreo y la buena vida. Un buen día, durante el asedio de Sarajevo, coincidió con el opositor ruso Eduard Limónov encima de una colina. Entonces, le emplazó a que agarrara su kalashnikov y disparara hacia abajo, donde se encontraba la ciudad y sus habitantes. Una vez lo hizo, se fueron a comer y a beber, sin preocuparse siquiera de si algún proyectil había impactado en alguna persona.

La maldad no es patrimonio de los malnacidos, sino de quienes deciden no hacer el bien. Que pueden ser poetas, carniceros o charlatanes que prometen libertad. No hace falta ser un monstruo para descargar una ráfaga de balas contra un edificio de viviendas, del mismo modo que no es necesario ser un ejemplo de bondad para respetar las reglas. Y, desde luego, difícilmente alguien puede intentar demostrar que es un “hombre de paz” y una víctima de los represores de los derechos fundamentales cuando ha decidido hacer caso omiso las leyes, ratificadas por la mayoría legítima, para emprender un camino que bien puede llevar al enfrentamiento y al desastre.

Sin reparar en el contexto ni en las pretensiones rupturistas del independentismo -que bien pueden derivar en violencia-, los abogados de varios de los acusados en el juicio del procés han denunciado este martes la criminalización que -consideran- ha sufrido el soberanismo catalán. “Se ha descabezado al independentismo y se les ha comparado (a sus políticos) con terroristas y los nazis”, ha incidido el abogado de Oriol Junqueras, Andreu Van Den Eynde, quien ha definido este proceso poco menos que como un juicio contra una ideología y contra unas personas cuyos derechos fundamentales se han pisoteado. “Hasta la libertad de culto se le ha restringido, porque al señor Junqueras no le dejaban ir a misa en prisión", ha incidido.

Enemigos del pueblo

La defensa de Carme Forcadell ha criticado la parcialidad del juez instructor, de la Fiscalía y de la Abogacía del Estado. También la falta de respeto a las garantías procesales y el tratamiento como “enemigos” del pueblo a los acusados. Ni más, ni menos. Sobre sus acciones en aquellos días de septiembre y octubre de 2018 no ha abundado, pues el análisis de aquellos acontecimientos podría desmontar su teoría de la persecución política. En cualquier caso, era lo que cabía esperar en esta primera sesión del juicio sobre la tragicomedia independentista.

Hasta llegar a este punto, han hecho falta liturgias callejeras, huelgas de hambre blandas, cientos de miles de lazos y una enorme ración de desvergüenza. El resultado es que hoy en día la sensibilidad está a flor de piel. Decía uno de los periodistas que se encontraban este martes en el Tribunal Supremo que entre el público asistente había una señora con una bufanda amarilla a la que una compañera de fila le preguntó si el color de la prenda se debía a su simpatía con los Junqueras, Puigdemont y compañía. “Qué va, yo soy española, a mucha honra. Del País Vasco. Lo de la bufanda es porque es la que más abriga de todas las que tengo”.

Fuera del edificio, en el Paseo de Recoletos, se podía preguntar a un ciudadano:

-¿Usted es independentista?

-Sí.

-¿De dónde viene?

-De Alcorcón.

Los españoles parecen haberse acostumbrado a estas manifestaciones del esperpento con una sorprendente naturalidad. Hace unas horas, unos clamaban por la libertad de los presos políticos en las inmediaciones del Tribunal Supremo, otros llamaban “fascista” a Quim Torra y los comerciantes de la zona perimetrada despotricaban por el “roto” que les provocará este juicio en sus negocios. Mientras tanto, la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, reconocía en el Congreso lo que era fácil de intuir desde hace unos meses: que, quien con infante se acuesta, mojado se levanta. Y que, por tanto, sucederá lo previsible: que los independentistas que echaron a Rajoy, también provocarán el desahucio de Sánchez. Quién lo iba a pensar, ¿verdad?

Según parece, este miércoles Sánchez podría anunciar la fecha de las elecciones. Después, comenzarán previsiblemente los interrogatorios en el Alto Tribunal. Y, mientras tanto, a Junqueras no le dejan ni rezar en paz. ¡País!



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