Política

Así nació el espíritu del 3-O: El día en que Felipe VI se ganó la Corona

Seis minutos. Apenas un par de folios. El discurso más importante de Felipe VI en su particular 23-F. Contuvo a los golpistas, rearmó al Estado y puso a salvo a la Institución

El Rey Felipe VI, durante su discurso el 3 de octubre de 2017
El Rey Felipe VI, durante su discurso el 3 de octubre de 2017 EFE

Las alarmas saltaron el 26 de agosto, cuando la manifestación en Barcelona por los atentados yihadistas. El Rey y el presidente del Gobierno fueron cercados y casi maniatados por una turba perfectamente organizada que se olvidó de las víctimas para ensañarse con los más altos representantes de la Nación. Un aviso severo. De regreso a Madrid, la maquinaria de la Zarzuela se puso en movimiento.

Don Felipe convocó una reunión de urgencia con su equipo para estudiar la situación y auscultar escenarios. "Cataluña está al borde de la implosión, la Constitución está en juego, hay que pararlo” se escuchaba en Zarzuela. El Gobierno parecía catatónico y el independentismo campaba a sus anchas rumbo al referéndum. Rajoy, aún bajo los efectos de una estéril ‘operación Diálogo’, se afanaba por trasladar una impostada sensación de firmeza. “Mientras yo sea presidente, nadie va a romper España”, recitaba en todas sus intervenciones. “Ni hay urnas, ni habrá referéndum”, repicaban los ecos desde Moncloa. Cristóbal Montoro, entre sonrisas despectivas, afinaba aún más: “¿Con qué dinero van a montar la consulta? No hay presupuesto”. Un tecnócrata en estado puro. En Babia.

Un operativo desastroso

El 1-O llegó. Y pusieron las urnas, y votaron, y enviaron al mundo imágenes tremendas de una policía mal desplegada y peor informada, intentando cumplir con su deber. Mil heridos, se propaló a los cuatro vientos. Nadie los vio. La propaganda separatista logró su objetivo. Había ganado la batalla más importante de su historia. Las imágenes de porras contra urnas resultaba demoledora. ¿Qué hacer? Todas las miradas se dirigieron entonces hacia el Rey.

Es su tercer año en el Trono, desde la abdicación por sorpresa de su padre. Las redes se muestran implacables. “Frío”, “distante”, “alejado de la realidad”, “se cruza de brazos". Llegó la hora de la verdad. Estaba en riesgo tanto la integridad territorial del Estado como la propia Monarquía.

El melifluo Rajoy

Ese domingo se vivieron en Palacio momentos de enorme tensión y frenética actividad. Las noticias que llegaban desde Barcelona eran letales. Choques, enfrentamientos, ancianos rodando por los suelos... Todo iba de mal en peor. El Rey había despejado su agenda la semana anterior. Se habían encargado borradores en previsión de catástrofes. Nada estaba decidido. Ni el momento del discurso, ni siquiera su conveniencia. 

A la caída de la tarde de ese 1-O, los acontecimientos se precipitan. Mariano Rajoy comparece en la Moncloa, acompañado de su vicepresidenta, Soraya Sánez de Santamaría,  el portavoz, Íñigo Méndez de Vigo, y el titular de Exteriores, Alfonso Dastis. “Hoy no ha habido un referéndum de autodeterminación en Cataluña. Simplemente, no ha existido. Hoy ha prevalecido la democracia y el estado de Derecho. Hemos hecho lo que teníamos que hacer”, afirma Rajoy en un mensaje pretendidamente tranquilizador de 26 minutos. Contemporizador, melifluo, tibio, habla de acudir al Congreso y de reunirse con los líderes políticos. "Nos están dando un golpe de Estado y el Gobierno intentando monerías", se escucha en algunos círculos de la Casa Real. 

Esa noche, tras la intervención de Rajoy, es el momento en el que se decide dar el paso al frente. El Rey tiene que hablar. “Símbolo de la unidad y permanencia”, reza la Constitución. "O sales ahora o saldrás por Cartagena como tu bisabuelo", le comentan. El lunes se informa a Moncloa de que el Rey va a hablar a la Nación.

Rajoy, en su línea, proponía esperar, no lo estimaba oportuno. Felipe VI da un puñetazo en la Mesa, reúne a sus colaboradores más estrechos y pasa a la acción. Un núcleo mínimo, de absoluta confianza, pasan con el Monarca todo el lunes ultimando el mensaje. Jaime Alfonsín, 62 años, más de veinte junto a Felipe VI, jefe de su Casa, discreto, hermético, prudente, silencioso. Domingo Martínez Palomo, 64, teniente general de la Guardia Civil, escolta del Príncipe desde hace 38 años, secretario general de la Casa. Jordi Gutiérrez, 59, periodista, empezó en TV3, jefe del Gabinete de Comunicación primero del Príncipe y luego de Zarzuela.

Ultimado el texto, don Felipe se lo da a leer a su padre. Suele hacerlo. Le consulta a don Juan Carlos las cuestiones importantes, los documentos relevantes, los asuntos de mayor calado. Alfonsín se lo remite a la vicepresidenta. Acuerdan que Rajoy acuda a Palacio para repasarlo junto al jefe del Estado. Ni un retoque por parte del Gobierno. La respuesta está en marcha. Se anuncia la emisión del mensaje de la Corona para las 21.00 hrs de ese martes. El equipo de TVE llega a palacio sobre las 17,00 hrs. El Rey, sentado ante su escritorio. Las banderas de España y de la UE a su izquierda. Un solo plano. Sale a la primera. Casi se lo sabe de memoria.

Seco y duro

"Es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional (...) y el normal funcionamiento de las instituciones". "Ante la deslealtad inadmisible de las autoridades de  Cataluña". La palabra institución, por duplicado. El Estado y la Corona. Ni una mención al Gobierno ni otra institución. Contundencia, firmeza, claridad. Ni metáforas amables, ni una palabra en catalán, el contrario de lo que suele hacer en sus mensajes de Navidad o en intervenciones al pueblo de Cataluña. 

Dos folios como dos mazazos a los responsables de la revuelta. Dos folios como dos aldabonazos en las conciencias de los españoles. Seis minutos que cambiaron la historia de España. El mensaje se recibe con desconcierto entre los secesionistas. Duro, seco. Las palabras esperadas en el discurso más necesario. "Ya no es nuestro Rey, Cataluña no tiene Rey. Que pida perdón". Ese discurso convirtió a Felie VI en el enemigo número uno de los secesionistas. 

Los olvidados o perseguidos por el 'procés', los catalanes preteridos y arrinconados por el bloque de la DUI (Declaración unilateral de independencia), vibraron gozosos. El Gobierno español los había olvidado, ninguneado. La Corono ponía las cosas en su sitio. El Rey está ahí. Donde tiene que estar. Además de inaugurar congresos, pasear por exposiciones, visitar hospitales, Felipe VI reaccionó como un Jefe de Estado en defensa de la patria agredida, de la nación en peligro. 

El domingo 8, un millón de personas, bandera nacional al viento, desbordó las calles de Barcelona en una concentración sin precedentes. Allí nació la España de los balcones. Allí asomó, al fin, la Cataluña ninguneada y maltratada. El espíritu del 3-O le plantó cara al reto del 1-O. Rajoy reaccionó. Convocó a los líderes del PSOE y Ciudadanos y preparó el 155. Sin las palabras del Rey, quizás nunca habría sucedido.

El 27 de octubre, los secesionistas consumaron una timorata declaración de independencia. Al tiempo, el Gobierno central cesaba a Puigdemont, a su Gobierno e intervenía todas las instituciones catalanas salvo el 'Parlament'. El defenestrado 'president' huyó a Bruselas, y por ahí sigue. Los golpistas, también. Y la Corona, en su sitio. Junto a la acción de la Justicia, el último muro que los secesionistas no han logrado derribar. 



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