Aniversario de la Constitución

El rey emérito y Rajoy: las estrellas de los cuarenta

El rey emérito y Mariano Rajoy, los dos reaparecidos, fueron los más requeridos en su retorno al Congreso para conmemorar el 40 aniversario de la Carta Magna

Los Reyes eméritos, Felipe González, Jose María Aznar y Mariano Rajoy
Los Reyes eméritos, Felipe González, Jose María Aznar y Mariano Rajoy EFE

Subió por la rampa de los leones, sabiamente dispuesta para evitarle la escalinata. Ya en el hemiciclo, se emocionó al escuchar, primero, las largas ovaciones de diputados y senadores, luego, la reivindicación de su figura, como impulsor de la Transición y de la Carta Magna efectuada por su hijo. Finalmente, don Juan Carlos, llegado el momento canapé, se plantificó en el salón de los pasos perdidos, se aposentó en un sillín de cazador, y procedió a recibir parabienes, a soportar selfies, a resistir abrazos, campechano y jovial.

Pablo Iglesias intentó colar de rondón su prédica republicana. Lucían los de Podemos una insignia morada, con una Marianne de utillería, inspirada quizás en el anuncio de una peluquería de polígono. 'Rizo´s Choni'. Con una circunspección de subteniente, llegó al Congreso bien abrigado, en firme desafió al sol otoñal que bañaba Madrid, se petrificó frente a las cámaras y vertió un inconexo discurso cuyo único fin era soltar la palabra en cuestión. "República". En el Hemiciclo, su grupo optó por no incurrir en los aplausos. No se apreciaron desplantes ni salidas de tono. Al irse, manifestó su enfado con el discurso del Rey porque había elogiado la labor del padre. 

Fue el día del Rey emérito y de la Constitución. Su año. El primero cumplió en enero los 80. La segunda ha entrado en la cuarentena. Doña Sofía, de paso ágil, aspecto joven y sonrisa perfecta, era objeto también de una riada de felicitaciones. El gran desagravio. La intensa reivindicación de un monarca que tuvo que salir por la puerta de atrás a causa de los numerosos errores perpetrados en el estrambote de su reinado. 

Silbidos a Sánchez

Pedro Sánchez no despertó tanto entusiasmo. A su llegada, gran pitada. "Okupa, elecciones", le gritaba la humilde gente concentrada frente a la entrada de las Cortes, inmóvil y bulliciosa, feliz y de puente. Zapatero también soportó una cerrada bronca. Mariano Rajoy, por contra, se convirtió en uno de los invitados más requeridos amen del único que cosechó aplausos fervorosos a su arribada al Palacio de la Cerrera de San Jerónimo. No pisaba el Congreso desde que una intempestiva moción de censura le precipitó hacia Santa Pola. Rodeado de periodistas, que se abrían hueco entre los fieles al expresidente del PP, respondía con monosílabos y con sonrisas forzadas: "Con este lío de Vox, mejor no digo nada". De ahí no salía. José María Aznar y Felipe González pululaban sin agobios ni apenas achuchones entre los curiosos y los canapés. 

Se hablaba en los corrillos de las elecciones andaluzas, de Vox, de Susana Díaz, de los presupuestos, de los tumultos callejeros que alteran las noches del sur. La presidenta de la Junta en funciones entró por la trasera. Súbitamente, un revuelo de micrófonos le cortó el paso. Se mantuvo en sus trece de arrinconar a Ciudadanos frente a la 'extrema derecha'. "¿Qué quiere ser Rivera, Macron o Salviani?", le espetó al líder naranja. Desde Cs, se le respondió: "Pobrecita, está muerta y no lo sabe".

Pablo Casado quiso acercarse también al emérito. Se abrió paso entre el gentío, acompañado de su esposa, y le felicitó por la Carta Magna, por su impulso en la Transición y se deshizo en parabienes. Don Juan Carlos le deseó mucha suerte. Felipe VI, que se desliza con enorme naturalidad en estas concentraciones humanas, saludaba desde su altura, feliz y satisfecho. Había conseguido su objetivo: reivindicar al padre, sacudirle el fango del descrédito, enaltecer su contribución a la Historia de España. Parecía imposible, pero se logró.  La princesa y la infanta, Leonor y Sofía, también se sumergieron, desde su fragilidad infantil, en el enorme tumulto. "Están aprendiendo, lo hacen muy bien ya les tocará a ellas", comentaban en su entorno.

La gente seguía en las aceras. En el cálido otoño madrileño, esperaron hasta el final para decir adiós a Sus Majestades que, ya encochados y satisfechos de la jornada, enfilaban el cambio de Zaruela y del futuro. 



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