En la muerte de Fidel Castro

Fraga y Fidel: dos gallegos, su cuadrilla y el 'fuhrercito' Aznar

Hijos emigrantes gallegos a Cuba. Fraga y Fidel, Fidel y Fraga, en las antípodas ideológicas, en la cercanía personal y sentimental.   

Fraga y Fidel: dos gallegos, su cuadrilla y el 'fuhrercito' Aznar
Fraga y Fidel: dos gallegos, su cuadrilla y el 'fuhrercito' Aznar Gtres

Fraga es un político valiente, con quien me pasaría cien horas hablando”.  Fidel Castro se deshizo en elogios durante las breves jornadas de la visita del entonces presidente de la Xunta de Galicia a la isla. Un acontecimiento en Cuba y una conmoción en Madrid. Fraga había dejado su partido en manos de José María Aznar, la estrella incipiente de la derecha y nada partidario de tender lazos con el dictador caribeño. Dos veces viajó Fraga a la isla. Una vez le devolvió Castro la visita. Estas son cosas de gallegos que mucha gente no entiende”, se escribió por entonces.

Manuel Fraga y Ángel Castro, sus padres, habían nacido en tierras de Lugo, el primero en Villalba y otro en Láncara. Emigraron a Cuba en busca de horizontes de esperanza, como en su tiempo hizo media Galicia. Manuel Fraga era de familia campesina y al llegar a la isla encontró un puesto de operario en la Sugar Company, una de las empresas norteamericanas del azúcar. Montó luego “La Guarapera”, un local en el que se expendían refrescos y bebidas. La familia de Ángel Castro estaba mejor acomodada, tanto que el padre de Fidel se convirtió en terrateniente casi nada más poner los pies en la isla, adquirió fincas de cultivo cañamero y montó una industria que daba trabajo a más de quinientas personas.

Fraga vivió en Cuba hasta los cuatro años. Castro se quedó en Cuba toda la vida. Y sólo una vez volvió al pueblo de sus padres, en 1992. “Galicia es como mi casa, dijo al poner los piés en Láncara”, donde aún vivía una prima y algún otro familiar lejano. Jugó al dominó con su anfitrión, le dieron al orujo, quizás una queimada, Fidel se paseó por las calles de Santiago entre algunos fervorosos gritos a Cuba y a su revolución. Casi una hora estuvo de visita por la catedral. España vivía entonces los fastos del 92. Fidel estuvo en Sevilla, con líderes iberoamericanos y con el Rey Don Juan Carlos, con quien se entendía a las mil maravillas. “Yo no soy monárquico pero sí realista”, dijo entonces en broma, en elogio del actual Rey emérito.

Una visita sentimental

Fraga le rompió a Aznar todos los esquemas sobre sus relaciones con la dictadura castrista, ejemplo de un régimen a condenar y despreciar. Un año después de ser elegido presidente de la Xunta, Manuel Fraga decidió emprender una visita ‘oficial y sentimental’ a la tierra de emigración familiar. En su partido torcieron el gesto. Don Manuel, hábil y experimentado, después de tantos años en política, visitó al presidente Felipe González en Moncloa para informarle de su desplazamiento. Intereses turísticos y empresariales. El turismo y esas cosas, se vino a decir.

Una profusa banda de veteranos gaiteros esperaba a Fraga al pié del avión al poner pie en el aeropuerto de La Habana. ¿Pero de dónde han salido?, preguntó a su comitiva. A pié del aparato, en contra de lo habitual y fuera de protocolo, le aguardaba Fidel, brazos abiertos y satisfacción por arrobas. Nueve horas de retraso acumulaba el vuelo por avería en Barajas. Castro no modificó el programa y arrastraron a don Manuel y su comitiva, recién aterrizado, al Tropicana, mulatas cimbreantes, ron y alegría, y allí se quedó frito como un bebé, según narraba un cronista.

Galicia, Galicia, Galicia. Castro y Fraga dedicaron horas a hablar de su familia, su tierra, sus relaciones, sus costumbres. Fidel preguntaba mucho, Fraga hablaba como un torrente. Un miembro del equipo del presidente de la Xunta comentó en su día: “Como don Manuel habla tan rápido y se come las palabras, yo creo que Castro no se enteró de casi nada”.

Fraga no había hecho caso a la tormenta que dejó atrás en su partido. Y en la opinión pública española, donde esos abrazos con el dictador produjeron un notable escándalo. “¿Que tenemos diferencias ideológicas?”, se preguntró en público Fidel. “Pues claro que las tenemos, pero por aquí han pasado presidente de cien países y no ocurre nada. Y yo hablo todos los días con empresarios extranjeros que vienen a invertir en la isla”. Virtuoso de la hipérbole y la falsedad, Castro agradecía así el desplazamiento de ese gallego “tan importante”, según dijo. Y recordó que la actitud de España durante el régimen de Franco hacia Cuba fue ‘intachable’, y nunca se sumó al ‘bloqueo’ (embargo) impuesto por los estados Unidos. Otro gallego más en la cuadrilla. Franco, Fidel y don Manuel. La galleguidad superaba las barreras ideológicas. Franco, un amigo. Aznar, “un führercito con bigotico”, como le calificó en un mitin entre gritos de sus fieles: "Aznar, marioneta, a Cuba se la respeta". El presidente del Gobierno español, por entonces, presionaba en Bruselas para que la UE mantuviera las distancias hacia el régimen castrista.

Fraga regresó a La Habana en 1998, con Aznar ya en la Moncloa. Una visita más institucional y menos emotiva. El presidente de la Xunta entregó a su anfitrión una lista con medio centenar de presos políticos sobre los que pretendía alguna medida de gracia. Algunas versiones apuntaron a que casi una treintena fueron puestos en libertad. Un año después, Felipe González desmintió esta versión. Castro no soltó a nadie. Pero, al menos, algunos empresarios gallegos pudieron aterrizar en las playas cubanas con excelentes perspectivas para abrir negocios.


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