Crónica

Casado entierra el 'marianismo': Así se fraguó la caída de Santamaría y Cospedal

Pablo Casado, este domingo en Sevilla
Pablo Casado, este domingo en Sevilla EFE

Primero fue Mariano Rajoy. Dejó el partido nada más ser defenestrado de la Moncloa. Luego le tocó el turno a sus dos lugartenientes. Apenas ha necesitado Pablo Casado tres meses para soltar lastre, pasar página y sepultar definitivamente al 'marianismo'. Ha tenido dos aliados importantes. La 'soberbia' de Soraya Sáenz de Santamaría y las cintas del comisario Villarejo. Soraya y Dolores Cospedal, las 'mano derecha' de Rajoy ya no están en el PP. Una lo fue todo en el Gobierno. La mujer más poderosa de España desde la transición. La otra, hizo y deshizo en el partido. Dos enemigas irreconciliables. Dos prima donna con carácter. Los dos puntales en los que se apoyó Rajoy desde su llegada al poder. Ahora no son más que dos vestigios del pasado, como confiesan desde el nuevo equipo de Génova.

Quizás muchos no contaban con las dos armas fundamentales que adornan la personalidad política de Casado. Paciencia, y experiencia. El actual líder del PP conoce a ambas tan bien, tan a fondo, como conoce al partido. Sólo necesitaba tiempo. Se encaramó en la cúspide de la formación conservadora casi de rebote.Todo arrancó cuando Núñez Feijóo optó por no presentarse. El presidente gallego le exigía a Rajoy un paseo militar, una proclamación por aclamación. Quería unas primarias sin rivales. No hubo caso. Rajoy no le escuchó. Y Casado, entonces, dio el paso. "Con un par". Y ganó. 

Sabía que Soraya no se prestaría a ejercer de segundona, de mero comparsa. La exvicepresidenta ha nacido para ganar. Y se presentó convencida de su triunfo. Digirió muy mal el batacazo. Y se fue, después de intentar un extraño 'golpe' interno en la larga tarde la moción de censura. Se ofreció en el Congreso, por sorpresa, como la sucesora de un presidente acongojado, recluido en el restaurante Arahy. Hasta que apareció Cospedal, recién salida de la fatigada mesa del aún presidente. La secretaria general improvisó una rueda de prensa y dejó las cosas en su sitio. Soraya plegó velas y rumió su primera derrota. Vendría luego la definitiva, la de las primarias. Y el consiguiente portazo. Una menos, dijeron los fieles a Casado.

El obsequio de Pedro Sánchez

Soraya, luego de un mercadeo intensivo, se fue. Emitió un comunicado en el que se deshacía en elogios a Mariano Rajoy antes de pegar el sonoro portazo. Sus leales, salvo Íñigo De la Serna, se acomodaron sin demasiados problemas en la nueva etapa. Pedro Sánchez, en un intento por meter 'cuña' en la fuerza rival, le proporcionó un bien remunerado sillón en el consejo de Estado. Un puesto que asumía este jueves, el mismo día en el que Cospedal abandonaba el suyo en el Congreso. 

Lo más difícil estaba hecho. Quedaba 'la otra'. Casado se volcó en recorrer España, visitando barones, levantando ánimos, prometiendo cambios, anunciando renovación, transparencia y, sobre todo, proyecto de futuro. El PP había perdido más de tres millones de adhesiones electorales. Cospedal seguía allí. Y los suyos. Algunos, perfectamente integrados. Otros, poniendo zancadillas. El resto, sencillamente estorbando.

Hasta que aparecieron las famosas cintas delatoras con el comisario Villarejo. Nada sabía Casado sobre esas estampas del viejo y ponzoñoso pasado. Cospedal, ciertamente, había bregado contra la corrupción interna. El problema es que recurrió a artimañas poco ortodoxas, en operación dirigida por su esposo. Lo peor, dicen ahora en el PP, fue la presencia de López del Hierro en los enjuagues con el polémico policía.

Día a día, el goteo del escándalo minó la moral de la 'coronela', como le decían algunos de sus compañeros. Sin apenas respaldo interno, con el escuálido apoyo de Dolors Montserrat e Isabel García Tejerina, se fue quedando sola. Pensaba resistir. La aparición de una referencia a Rajoy en la charleta con el comisario precipitó su salida. El lunes por la noche, después de renunciar a su puesto en la Ejecutiva, aseguraba que aguantaría. "Le he dicho que no tres veces", le espetaba a un periodista insistente en la fiesta de 'La Razón'. Durante la velada, a la que asistieron los Reyes, Casado y Cospedal habían pactado ni saludarse ni encontrarse. Casi, ni mirarse.

El miércoles por la mañana, anunciaba clamorosamente su adiós. Ni una palabra en su largo mensaje de despedida sobre quien fue su 'jefe'. Un pliego de descargo rebosante de reproches a los traidores y de desprecio hacia aquellos que no fueron capaces de defender 'a los suyos'. Un final intempestivo que "no se merecía", según confiesan ahora veteranos militantes.

El dulce final

El 'marianismo', de esta forma, quedó sepultado. Casado respiró hondo desde Helsinki. Discretamente, celebró. No se podía abordar la renovación del PP con los mimbres del pasado. Con los escándalos del pasado. Con los odios cainitas del pasado. Esta semana, al fin, ha podido pasar página. Ha despejado el camino para centrarse en las elecciones andaluzas, donde se juega algo más que su prestigio.

Se trata de su primer 'test', una cita comprometida en la que  compite con una mano atada a la espalda. Juanma Moreno no era de los suyos, aunque ahora lo parece. No tiene marchamo de candidato ganador. Pero lo van a intentar. Expulsar al régimen socialista del cortijo andaluz parece misión imposible. Una carambola quizás logre que PP y Ciudadanos sumen para formar gobierno. No es lo que anuncian las encuestas.

La nueva dirección del PP afronta este reto con aire renovado. Sin ataduras pretéritas, sin incómodas mochilas. Javier Maroto, uno de los estrategas de Génova, no oculta su satisfacción al pasar página. Se producirán cambios programáticos, habrá movimiento en los equipos, se abrodarán mutaciones largamente esperadas. En la cumbre del PP europeo, Casado se ha alineado ya con los vencedores, con la candidatura de Manfred Weber, con quien tiene buena relación. "Es una primera señala, un símbolo de lo que acontecerá a partir de ahora", dice un miembro de la cúpula. Casado ya tiene las manos libres. Ahora le toca acertar. 



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