Política

La serie ‘Baron Noir’, el lado oscuro de la política que fascina a Sánchez e Iglesias

El vicepresidente califica de “obra maestra” una serie francesa que describe la escalada al poder de un político socialista entre mentiras, traiciones y corrupción

Imagen de la serie francesa Baron noir
Imagen de la serie francesa Baron noir Baron noir

Baron noir, la serie francesa inspirada en la estadounidense House of Cards (pero que nunca pierde el contacto con la realidad), es el nueve fetiche del vicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias. El líder de Podemos la ha calificado de “obra maestra”, después de finiquitarla en plena pandemia, y a pesar de su duración: tiene tres temporadas. Se la aconsejó Pedro Sánchez, lo que deja la duda de si Iglesias le hace un favor al mencionarle, puesto que el Baron noir (barón negro, en francés) es un manual de táctica política donde el cinismo, la mentira, la corrupción, la deslealtad, la venganza y un izquierdismo radical determinan el éxito del protagonista.

La serie describe el cursus honorum heterodoxo y rebelde del alcalde socialista de una ciudad obrera situada en el norte de Francia cerca de Dunkerque, hasta su llegada a la Asamblea Nacional y el Eliseo. La temporada comienza con un encubrimiento de fondos desviados de obras públicas, que acaba con el suicidio de un joven afiliado al partido al que el regidor (destaca el parecido estético con el ministro José Luis Ábalos) invita a endosarse el crimen para salvar la alcaldía. La investigación policial fracasa y en el Partido Socialista empieza una batalla por el poder que enfrenta al alcalde a la cúpula, incluso al Presidente de la República, también socialista.

Philippe Rickwaert, el protagonista, interpretado por Kad Merad, aparece como un político sin escrúpulos y en parte sin ley, que se enfrenta a un establishment tampoco interesado en la ética política. Un retrato de los partidos visto desde las vísceras, donde no se salva casi nadie. Rickwaert tiene la capacidad de utilizar todo lo que le rodea, desde compañeros comprometidos hasta sus propios familiares, para cumplir con su vocación de poder.

Desde el inicio es una apuesta por el todo o nada: un estilo que sin duda Iglesias aprecia, aunque cuentan que la serie también le ha gustado a Íñigo Errejón y hasta a Emmanuel Macron. Los dirigentes del PSF intentan echar al alcalde díscolo, pero él se organiza. Crea un sanedrín de fieles y da el asalto a París a través de amenazas y golpes sucios. El protagonista proviene de la Francia obrera, es carismático y conecta con los segmentos sociales olvidados en la globalización. Hace de ellos el escudo para su supervivencia, aunque en su periplo se entrevé el debate sobre el presente y el futuro de la izquierda socialdemócrata.

El Baron noir evita inteligentemente el maniqueísmo. Posiblemente porque los buenos son pocos y acaban siendo peones de los malos. Y sabe incluir elementos ideológicos que dan profundidad al producto. Mientras la cúpula del PSF intenta acercarse al centro, de hecho, Rickwaert sabotea el plan. Primero trabaja en la sombra, luego en primera persona. Lanza una pugna por el Eliseo donde él se erige en líder de la izquierda obrera. ¿Todo un mensaje de Iglesias a Sánchez ahora que acerca posturas con Ciudadanos?

El populismo se convierte en arma fundamental del rebelde alcalde socialista. Moviliza a los estudiantes más desfavorecidos (sobre todo inmigrantes) contra las reformas de su propio partido. Rompe el protocolo de la Asamblea nacional, el parlamento francés, que obliga a los hombres a llevar corbata, y entra vestido con un traje de formación profesional. Quiere erigirse en intérprete de las reivindicaciones de la Francia olvidada. Durante toda la serie, Rickwaert abraza esas instancias populares en contraste con un partido de cuadros y profesionales que mira al resto de la sociedad desde arriba.

Rickwaert también tiene amantes: una política del PSF, socialista como él, que el Presidente de la República lanza para frenar su escalda. Guapa y de buena familia, el protagonista la engatusa hasta que la relación amorosa deriva en competición política. La contienda interna lo envuelve todo, con la mirada francesa siempre hábil en observar la figura de sus líderes tras las bambalinas y la organización de un partido.

Asalto al poder

Se podría hablar de manual actualizado de un Maquiavelo contemporáneo (Iglesias dijo que le encantaría debatir de la serie con sus estudiantes), aunque se le haría un flaco favor a la clase política en su totalidad. El fin justifica los medios, máxima que determina el desarrollo de la serie, obligaría de hecho a abrir el debate sobre qué fin. El Baron noir reduce el tema al asalto al poder del protagonista.

Traición y venganza son sus pilares. Y no sorprende que, según dice Iglesias, sea de las favoritas de Sánchez. El presidente del Gobierno llegó a la Moncloa después de una vertiginosa subida al Infierno y vuelta al Paraíso. De hombre del establishment del PSOE a ser defenestrado por éste, forjó una guardia de corps para ganar las primarias y acto seguido aniquiló todo tipo de debate interno en el partido más antiguo de España. Hasta llegar a la Moncloa, sede del Gobierno, gracias a un acuerdo con Podemos y los independentistas con los que había prometido no pactar jamás. Politique d’abord (primero la política) en su estado puro.

La serie francesa tiene el mérito de mantener el hilo conspirativo sin caer en exageraciones como otros thriller del segmento político. También revela el desgaste personal de cada líder. Pero a diferencia de series como Borgenrehúye del debate sobre la ética del gobernante. La escalada hacia el poder es amoral y entregada a la táctica. La catarsis de la clase política es evidente. Y el protagonista, al que miran Sánchez e Iglesias, será un buen estratega, pero se revela sobre todo un psicópata entregado a su éxito personal. El fin soy yo.

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