Pólemos

¿Por qué es bueno que exista España?

La unidad de España ha recobrado actualidad tras las últimas elecciones y la exigencia al PSOE, por parte de Podemos, de que acepte referendos de autodeterminación en todas las comunidades autónomas cuyos dirigentes así lo decreten. Ya he narrado en alguna otra ocasión mi opinión a propósito de tales referendos a gogó. Ahora me gustaría en cambio atender a la otra cuestión más general: al por qué merece o no la pena esa unión entre los españoles. Para lo cual quizá convenga empezar por decidir qué entendemos por ella y su contrario: las brechas que nos dividen.

Es innegable que convivimos hoy en España con viejas brechas heredadas: brechas entre los nacionalistas y los no nacionalistas; cierta brecha cainita entre derecha e izquierda; otra brecha, parecía que atemperada, entre los creyentes y los no creyentes (que sin embargo se reaviva si pones a organizar una cabalgata de reyes magos a alguien que confiesa aborrecer a los reyes magos). En mi opinión están emergiendo además, y las últimas elecciones lo han confirmado, nuevas brechas: una brecha entre el mundo rural y el urbanita y otra brecha (en parte solapada con la anterior) entre los españoles de mayor edad y las jóvenes generaciones. Por no hablar de la brecha laboral que existe entre los que disfrutamos de un contrato fijo y los que solo malviven entre contratos precarios; o las brechas de género (aunque esta última no sea una peculiaridad española).

Algunos quieren crear rupturas entre unas regiones y otras, hasta el punto incluso de que algunas puedan levantar nuevas fronteras estatales entre unos ciudadanos y otros

Todas estas brechas son importantes, qué duda cabe, al hablar de la unidad entre los españoles. Pero hoy me querría concentrar en una sola de ellas: la ruptura que algunos quieren crear entre unas regiones y otras, hasta el punto incluso de que algunas puedan levantar nuevas fronteras estatales entre unos ciudadanos y otros. Es esta una brecha importante pues rompería muchas cosas cruciales que aún, mal que bien, conservamos en común: un sistema sanitario, una seguridad social, una Constitución que nos garantiza iguales libertades y derechos en cualquier punto de nuestro territorio...

Los argumentos de los nacionalistas para levantar esas vallas entre unos españoles y otros suelen ser bien conocidos: que si los laboriosos nacionalistas catalanes están cansados de pagar con su trabajo a los vagos del resto de la península que no producimos tanto como ellos; que si España roba a Cataluña (aunque, bueno, ahora parece que robar, lo que se dice robar, la familia Pujol, sin ser ella “España”, también lo sabía hacer); que si el carácter catalán (civilizado, pacífico y europeo) es incompatible con el tosco y africanizado del resto de España... En fin, en general nada demasiado original entre la literatura xenófoba que recorre toda Europa desde la invención del nacionalismo. Aunque también utilizan argumentos tautológicos (“queremos separarnos porque esa es nuestra voluntad”) a los que poca respuesta racional, claro, cabe dar.

Ahora bien, ¿cuáles son en cambio los argumentos que tenemos aquellos que creemos bueno que España permanezca unida? Hasta ahora se han utilizado algunos argumentos que me parecen mejores y otros que seguramente no lo sean tanto; y se han olvidado ciertos argumentos que, siendo en mi  opinión muy útiles, ha habido quizá ciertos complejos para aprovechar. Vayamos por partes.

Está en primer lugar un argumento muy sencillo, de tipo nacionalista-español, que podría resumirse en que España tiene que permanecer unida porque España es solo una nación (tal vez desde hace siglos y siglos) y las naciones deben estar unidas. Creo que este argumento no resulta muy útil pues solo convence a los ya convencidos de lo que está en juego: si España es la única nación “auténtica” que merece un sitio en la ONU o si debe dividirse en varias naciones más “verdaderas”, con asiento igualmente legítimo en tal institución. Los nacionalistas españoles optarán por lo primero; los nacionalistas catalanes, vascos, gallegos, canarios... por lo segundo. Unos y otros estarán convencidísimos de saber qué es eso de una “nación” que debe permanecer siempre unida; aunque, como diría Eric Hobsbawm, creerse que existen naciones por ahí sueltas, reclamando que les demos un Estado propio a cada una desde hace siglos y siglos, es algo que solo puede hacer un historiador tan ingenuo que aceptara también la creación del mundo en siete días tal y como la narra la Biblia.

Que la ley diga que España ha de permanecer unida no puede ser el único motivo para ver como deseable que España permanezca unida

Otro argumento, algo más elaborado, a favor de la unidad de España es que esta debe permanecer pues así lo estipula nuestra Constitución (en su artículo 2, por ejemplo, y quizá en el 1.2). Lo denominaremos el argumento legalista. Sin duda es importante recordar lo que dicen las leyes en estos tiempos en que ciertos gobernantes se proclaman (como los tiranos de toda la vida) exentos de la obligación de cumplir la ley por la que otros, si nos la saltáramos, bien tendríamos que pagar. Ahora bien, que la ley diga que España ha de permanecer unida no puede ser el único motivo para ver como deseable que España permanezca unida. Pues entonces bastaría cambiar esas leyes (por ejemplo, admitiendo los referendos a gogó que pide Podemos) para que ya no hubiera ningún argumento para seguir conviviendo unidos. Hace falta explicar no solo que existe la ley (a tanto antisistema deseoso de saltársela cuando le plazca), sino que esa ley común es bueno que exista.

Para ello se han utilizado a menudo dos argumentos que creo más potentes y que llamaré, respectivamente, el argumento socialdemócrata y el liberal. El argumento socialdemócrata (muy abundante, como lo es la mentalidad ídem entre nuestros intelectuales) consiste básicamente en lo siguiente: es bueno que España exista pues ello permite crear un espacio de solidaridad mayor entre los 46 millones de españoles, en que los ricos redistribuyan su riqueza con los pobres, en lugar de poner a las regiones más pobres al otro lado de la valla fronteriza para así no tener que redistribuir nada con sus habitantes. Aunque sin duda este argumento puede poseer cierta fuerza en nuestra mentalidad actual, me temo empero que adolece también de alguna limitación. Pues, al fin y al cabo, la solidaridad socialdemócrata (aun para sus creyentes) tiene siempre alguna frontera: ¿por qué debería solidarizarse un gerundense con un cacereño si este en cambio no lo hace (o no lo hace tanto como si vivieran en el mismo país) con un ugandés? Si un gaditano no es “malvadamente insolidario” por no compartir sus recursos con todos los tailandeses y nigerianos, ¿por qué sí habría de serlo un leridano al no compartirlos, “solidariamente” con tal gaditano? El socialdemócrata naturalmente aspira a cierto cosmopolitismo; y en tanto no seamos todos ciudadanos de una cosmópolis común, pedir que lo seamos con un barrio más o menos grande de tal cosmópolis resultará siempre insuficiente. (Aunque tienen razón nuestros amigos socialdemócratas en que el barrio grande, España, será siempre más acorde con su mentalidad que el barrio chico, sea este Cataluña o el Bierzo).

Lo cierto es que si Cataluña u otra comunidad española se separara del resto del país, es muy probable que también aprobara una Constitución con sus derechos y deberes

Algo semejante le ocurre al cuarto argumento que quiero valorar aquí, el argumento de tipo liberal. Según este argumento, es bueno que exista España pues ello crea un espacio común de derechos y deberes que nos protegen a todos por igual y que la división de España rompería. Creo que este argumento recoge una intuición moral potente: que es bueno dar iguales derechos y deberes fundamentales a todos los humanos. Ahora bien, lo cierto es que si Cataluña u otra comunidad española se separara del resto del país, es muy probable que también aprobara una Constitución con sus derechos y deberes, muy similares seguramente a los que hoy recoge la Constitución española y las del resto de Europa. De modo que, si solo nos preocuparan esos derechos y deberes, poco debería importarnos que sea la Constitución española, francesa, catalana o maragata la que nos los garantizara. Si queremos que una sola Constitución nos una a todos los españoles hay que argumentar algo más.

Es aquí donde me gustaría mencionar los dos últimos argumentos a favor de España que, por desgracia, no se usan tan a menudo como sería deseable, pero que en mi opinión podrían rendirnos dignos frutos a los que no queremos perder este espacio común español. El primero lo ha recordado hace poco Fernando Savater: es mejor vivir en un país mediano como España, con plurales culturas e identidades (y quizá, algún día, en un gran país Europa, con aún más pluralidad), a vivir en países pequeñitos obsesionados con cultivar una única cultura, esa “cultura propia” de la que tanto hablan los nacionalistas. Pues ello nos permitirá a cada uno elegir entre más idiomas, culturas, formas de ser... libremente, sin tener que preocuparnos por adaptarnos a la identidad única que desde un Gobierno nacionalista nos quieran imponer. Podríamos denominar este argumento como “pluralista”.

Palabra tan políticamente incorrecta hoy, consiste simplemente en notar que hay ciertos vínculos que nos unen más a ciertos habitantes del planeta Tierra que a otros

Y el último que quiero mencionar es, seguramente, el más olvidado de todos. Se trata de un argumento patriótico. (Ojo, no nacionalista: aquí me encargo de aclarar a los despistados que patriotismo y nacionalismo no son lo mismo). El patriotismo, palabra tan políticamente incorrecta hoy, consiste simplemente en notar que hay ciertos vínculos que nos unen más a ciertos habitantes del planeta Tierra que a otros y que por tanto tenemos algunas obligaciones más hacia ellos que hacia los demás. Esos vínculos bien podrían ser la trama de afectos de la que Arcadi Espada ha venido hablando. Hoy en día entre los españoles de todas las comunidades autónomas hay aún vínculos de todo tipo que nos unen más entre nosotros que, digamos, entre nosotros y los tailandeses citados antes. Esos vínculos no son una mera casualidad, al igual que el vínculo entre un padre y un hijo no es una mera curiosidad: no, el padre tiene ciertas obligaciones especiales hacia su hijo que no tiene hacia un niño de Bangkok, y eso no significa que ese padre sea especialmente “insolidario” hacia los nenes tailandeses. De igual modo, a los españoles hoy nos unen muchas cosas: no una identidad común que haya de acabar igualándonos en el futuro (como querría un nacionalista), sino meras relaciones entre nuestras diferencias. En una familia también existen vínculos sin que seamos todos iguales. Romper esos hilos (que siempre rompen las fronteras) sería romper algo valioso. Aprovechar esos vínculos para hacernos todos más fuertes, para sentirnos responsables hacia el sufrimiento del vecino, para enriquecernos mutuamente (no pienso principalmente en lo económico, aunque también) y para aprender a vivir con el diferente es lo que yo, hoy, entiendo por la palabra “patria”. Y me atrevo por ello a creer que la deberíamos reivindicar.


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