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Jesús Cacho

Opinión

Zapatero nos dejó Cataluña; Sánchez nos dejará Navarra

José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez.
José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez. PSOE

Más allá del tira y afloja entre PSOE y Podemos en torno a la investidura de Pedro Sánchez como presidente y sus contrapartidas, la realidad es que las posibilidades de que la tropa de Pablo Iglesias entre a formar parte del nuevo Gobierno socialista son muy altas. El señor marqués terminará saliéndose con la suya, porque en otro caso al PSOE no les salen los números. La investidura sería imposible sin Podemos, habida cuenta de la negativa de ERC a abstenerse. Con el apoyo de Podemos y del PNV, y con la abstención de EH Bildu, de donde se colige el extraordinario protagonismo, muy superior a los 4 escaños de que dispone, del grupo vasco heredero de los dueños de las pistolas, protagonismo llamado a iluminar toda la legislatura en tanto en cuanto Bildu volverá a ser esencial en septiembre, cuando, ya instalado en Moncloa, Sánchez presente en el Congreso su proyecto de PGE para 2020, verdadera prueba de fuego, cuya aprobación podría conseguir con el apoyo de Podemos, del PNV y la abstención, de nuevo, de Bildu. Como el viernes escribía aquí Alvaro Nieto, “El PSOE pretende que los mismos partidos que invistan a Sánchez se comprometan a sacar adelante las cuentas públicas para 2020”. Dos por el precio de uno.

La víctima es Navarra. El precio a pagar por el apoyo de PNV y la abstención de Bildu es Navarra. Lo hemos visto esta semana con la conformación de la mesa del Parlamento navarro y lo veremos muy pronto con la elección como nueva presidenta de la socialista María Chivite. El PSOE, en efecto, confirmó el miércoles su apuesta por la vía nacionalista en Navarra, sellando un pacto con Geroa Bai (la marca foral del PNV), para controlar el Parlamento regional, permitiendo la entrada a EH Bildu en la Mesa. La líder del Partido Socialista de Navarra (PSN) será la próxima presidenta de la comunidad a costa de echarse en brazos de nacionalistas vascos y bilduetarras. No ha querido explorar la vía constitucionalista y ni siquiera ha abierto un diálogo con UPN y el resto de partidos de Navarra Suma. La alegría de tantos en la noche electoral, al constatar la derrota del cuatripartito (Geroa Bai, Bildu, Podemos e IU) que sostenía a la presidenta Uxue Barkos, a manos de los constitucionalistas con 31 escaños sobre 50 (20 de Navarra Suma y 11 del PSN), ha quedado en nada. Por delante, cuatro años para ventilar Navarra de la euskaldunización forzosa y la manipulación de su historia y su cultura impuesta por el PNV y sus satélites. La señora Chivite se había distinguido durante la legislatura pasada por la dureza de sus denuncias contra las políticas de Barkos, de modo que tras los resultados del 26 de mayo todos esperaban que uniera fuerzas con el constitucionalismo para imprimir un giro drástico y acabar con el opio nacionalista. Bildu, sostenía Chivite antes del 26-M, era esa línea roja que ella no pensaba cruzar jamás. Lo acaba de hacer, y lo ha hecho utilizando la mediación del PNV.

La independencia es la obsesión de Bildu, de ahí la aberración de este encame del PSOE navarro con el movimiento abertzale

¿Qué ha pasado? Que Sánchez necesita los votos de ambos para ser investido. Ser presidente a costa de traicionar a esa mayoría del electorado que rechazó al bloque abertzale-podemita liderado por Barkos y dio un rotundo triunfo al constitucionalismo fuerista. ¿Qué precio está dispuesto a pagar Sánchez por esos apoyos? Parece evidente que después del destrozo causado en Cataluña por el separatismo, el PNV ha descartado esa vía por impracticable. Una aventura como la catalana sería una insensatez que pondría en peligro el régimen de partido único que, con la complicidad dolosa de Madrid, el PNV ha logrado implantar en un País Vasco, donde no se mueve una hoja sin el visto bueno de Urkullu y sus gentes. Nunca disfrutó la región del grado de bienestar alcanzado en los últimos años, que hasta las angulas han vuelto a la Tamborrada de San Sebastián después de mucho tiempo conformándonos con las modestas gulas. Mikel Legarda, número dos del grupo nacionalista en el Congreso y miembro de la ponencia que prepara el borrador del nuevo Estatuto Vasco, pretende una reforma capaz de conseguir aún mayor autonomía, aparentemente dentro de la Constitución –tensándola al máximo- y sin aventuras soberanistas. Pero no ha renunciado en modo alguno a la independencia, un objetivo que el nacionalismo catolicón de derechas vasco ha puesto en manos, como siempre, de los revoltosos hijos de perra de la extrema izquierda abertzale, que, como todo el mundo sabe, son nuestros hijos de perra.

Desespañolizar Navarra

La independencia es la obsesión de Bildu, de ahí la aberración de este encame del PSOE navarro con el movimiento abertzale. Una revolución que como primer paso requeriría la activación de la disposición transitoria cuarta de la Constitución, porque ningún nacionalista vasco concibe la independencia sin Navarra dentro, que establece un farragoso procedimiento para la incorporación de la comunidad foral al País Vasco. Tan dificultoso que los nacionalistas saben de sobra que perderían ese pulso a su paso por las Cortes Generales y por el propio Parlamento navarro. De modo que, en una Navarra donde solo el 6,5% de la población habla vasco, plantean una estrategia de asimilación a largo plazo. La cocción de Navarra a fuego lento. De hecho ya no defienden que la comunidad foral deba “integrarse en Euskadi”, porque sostienen que Navarra ya es “parte integrante de Euskal Herria”. Se trata ahora de “desespañolizar” Navarra mediante un lento proceso de acercamiento e integración normativa (legislar lo mismo en ambas comunidades), sociocultural y desde luego lingüística, a través de la imposición del euskera como lengua cooficial, de modo que ese estrechamiento de vínculos, esa paulatina integración, termine haciendo caer Navarra cual fruta madura en el cesto nacionalista donde el PNV recoge las nueces del árbol que antes movían los pistoleros de ETA y ahora menean los filoetarras de Bildu.

Las concomitancias procedimentales con el drama que representa el separatismo catalán son obvias. El idioma como elemento aglutinador de la identidad vasca, y el empeño por la imposición del euskera en Navarra. Para el PNV y sus juventudes abertzales, “Euskal Herria es una nación”, y como tal pretenden crear una Eurorregión de Euskal Herria integrada por el País Vasco, Navarra y los territorios vasco-franceses, con la idea de obtener así el reconocimiento de la UE. No hay que descartar que pretendan –como ya hiciera el PSOE en 1996 por acuerdo suscrito entre Javier Otano y José Antonio Ardanza- crear un Órgano Común Permanente, algo que suponía vulnerar la citada transitoria cuarta de la Constitución. Barkos y Urkullu ya firmaron en 2016 un protocolo de colaboración cuya finalidad era y es poner en común las políticas derivadas de sus respectivas competencias. Se trata de ir creando la idea de que “todos nos sentimos vascos”, clave del discurso nacionalista, hasta poder llegar a decir más pronto que tarde que “ya no nos sentimos españoles”. ¿Se ha fijado Sánchez como objetivo ayudar al abertzalismo a conquistar Navarra?

Si Zapatero nos dejó como herencia un problema inmanejable en Cataluña, Sánchez amenaza con dejarnos otra en el País Vasco y Navarra de similares proporciones

Lo ocurrido en la comunidad foral es una puñalada por la espalda a la unidad de España, ergo a los valores que representan la paz, la prosperidad y la igualdad entre españoles, una felonía que Chivite jamás se hubiera atrevido a cometer de no contar con el respaldo pleno de Sánchez. Un elemento esclarecedor: Santos Cerdán es el conductor que pilotó el coche con el que el líder socialista realizó la vuelta a España tras su defenestración en otoño de 2016 para contactar con las bases, y ese mismo Cerdán ocupa hoy una posición de privilegio en la reducida nómina de personas de su plena confianza. Se da la circunstancia de que el susodicho es de Milagro, un pueblo de la Ribera navarra, donde los franquistas asesinaron a un familiar directo. Una ofensa similar dice sentir en sus carnes la Chivite, a cuya abuela cortaron el pelo al cero y pasearon por Corella. De modo que, más de 80 años después, ambos han cultivado un odio africano a “las derechas”. El drama de esa parte del PSOE que reniega de la reconciliación sellada tras la muerte de Franco. El drama de Zapatero y su Memoria Histórica a cuenta de la suerte corrida por uno de sus abuelos, con desprecio a la suerte de los otros abuelos que vivieron en zona “nacional”. El drama de una España empeñada en el garrotazo vil contra la otra. El revanchismo de una cierta izquierda que, silente con Franco, se niega a pasar página. De forma que el odio de Cerdanes y Chivites se junta con el odio abertzale. Y raro es el día en que, en algún lugar de Navarra, EH Bildu no se da la mano con el PSN para organizar cualquier tipo de acto al amparo de la “Memoria” del mendaz Zapatero, acto que sirve a los abertzales para que la sociedad se olvide de sus crímenes, muchos de los cuales cometidos contra militantes socialistas.

La herencia socialista

Desde la caída de Urralburu, primero, y de Otano, después, hace de ello 23 años, el PSN no ha pisado el Palacio de Navarra. Tras tamaña sequía, Chivite y los suyos están dispuestos a todo con tal de tocar poder, incluso a traicionar sus propias convicciones. ¿Hay alguna posibilidad de marcha atrás? La habría si Sánchez Castejón fuera un hombre de palabra. Durante la última campaña electoral, afirmó campanudo en Pamplona que “en estos momentos sólo yo soy garante de la identidad y de la foralidad de Navarra”. El riesgo para la comunidad foral es impresionante, porque, dada la actual composición del Parlamento y la dificultad de bloquear iniciativas inconstitucionales, bastaría con un acuerdo entre las Cámaras vasca y navarra, con el refrendo de unas Cortes donde Sánchez y el PNV podrían articular una mayoría suficiente, para autorizar la vía confederal eludiendo así la aplicación de la transitoria cuarta y el precepto que prohíbe la federación de comunidades autónomas.

Si Zapatero nos dejó como herencia un problema inmanejable en Cataluña, merced a un nuevo Estatut que nadie había reclamado y su “aceptaré todo lo que venga del Parlamento de Cataluña”, Sánchez amenaza con dejarnos otra en el País Vasco y Navarra de similares proporciones. Primero revitalizando un incendio que parecía apagado en el País Vasco, y luego alentando las aspiraciones nacionalistas de anexionar Navarra, con el concurso de los herederos de las pistolas. Leña al fuego. Y es probable que esta vez ni siquiera tengamos que esperar una década para ver el destrozo causado (“Dentro de 10 años España será más fuerte y Cataluña estará más integrada”, que dijo Zapatero). Herencias del socialismo a los sufridos españoles.

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