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Miquel Giménez

Opinión

¿Y Pujol qué dice de esto?

El exPresident de la Generalitat, Jordi Pujol.
El exPresident de la Generalitat, Jordi Pujol. EFE

El suyo ha sido el gran silencio que ha presidido toda la campaña. Jordi Pujol no ha dicho nada en público y, créanme, no es por falta de ganas. El gran gurú del nacionalismo catalán se ha mantenido en la sombra, lo que no significa que haya estado inactivo, ni mucho menos. Sigue moviendo los hilos detrás de las bambalinas.

Los hijos de Pujol

No nos referimos a los hijos biológicos, esos que andan a vueltas con la justicia por presuntos delitos de evasión de capitales – recordemos que uno, júnior, está en la cárcel por trapichear presuntamente con la pasta- sino a los hijos políticos que se han amamantado en las generosas ubres de la Generalitat. Ellos mismos no tienen reparos en reivindicarse como tales. Artur Mas, Carles Puigdemont, Jordi Turull o Josep Rull se forjaron bien en las Juventudes Nacionalistas de Cataluña, bien en las empresas de propiedad convergente como las de Lluís Prenafeta. Les une a todos, eso sí, una total y absoluta experiencia en vivir de la subvención o el cargo público.

No es extraño que se pongan en primera posición de saludo cuando oyen hablar de Pujol. Recuerdo a un periodista convergente que en un programa de entretenimiento en TV3, al oír que venía el President, hacía la coña de ponerse firmes. Fue locutor de cabecera en Cataluña Radio mucho tiempo, luego montó una productora que no ha dejado de trabajar para los medios del régimen y acabó como accionista del diario Ara de tendencia separatista. Aquellos sonoros taconazos, que envidiaría un cucales, un cabo reenganchado legionario, le han dado pingües beneficios.

"Puigdemont se cree ungido por la historia y, en palabras del mismo a Mas en una cena que mantuvieron en Bruselas, dijo que a él no lo iba a parar ni Dios. Se cuenta que cuando Mas le dio el parte a Pujol, este, visiblemente irritado, le dijo que Puigdemont era un iluminado y que la responsabilidad era toda de Mas

Pero a lo que íbamos, todos estos aprendices se han curtido bajo las alas del pujolismo, han bebido de sus consignas patrióticas, tan vacías como perversas, y han creído que, llegado su momento, debían hacer honor a la estirpe del ex President, llegando a culminar su obra. Craso error. Porque Pujol, que bastante tiene con lidiar con la UDEF, Hacienda, los jueces y su familia, que no es el menor de sus problemas, pidió hace meses a Artur Mas que intentase apaciguar los ánimos y dilatar el proceso. No le convenía el guirigay ni a él ni a sus intereses. Ya hemos explicado como los intentos de Mas en ese sentido fueron del todo fallidos. Puigdemont se cree ungido por la historia y, en palabras del mismo a Mas en una cena que mantuvieron en Bruselas, dijo que a él no lo iba a parar ni Dios. Se cuenta que cuando Mas le dio el parte a Pujol, este, visiblemente irritado, le dijo que Puigdemont era un iluminado y que la responsabilidad era toda de Mas, porque lo puso él a dedo en contra de la opinión de la vieja guardia convergente.

Atendiendo a que el experimento se les había ido de las manos, a Pujol y a su esposa, Marta Ferrusola – que es la que corta el bacalao de verdad en todos los sentidos, no se equivoquen - solo se les ha visto el pasado 1-O votando en medio de aplausos y manifestaciones de júbilo de los presentes. Es lo que tiene este proceso tan extraño: une a la derecha casposa nacionalista, de raíces carlistonas y racistas, con los desharrapados cupaires más radicales. Vivir para ver.

El otro momento estelar fue hace pocos días, en una misa que se dijo en honor al ex conseller Joaquim Forn en una iglesia de la zona alta de Barcelona. Allí fueron el matrimonio Pujol y ni que decir tiene que todo el mundo los recibió en triunfo. No pudo evitar, sin embargo, las preguntas de aquella gente de posibles, gente bien, de Pedralbes, de Sant Gervasi, de Sarrià, los suyos, los de siempre. “President ¿y usted que piensa de todo lo que está pasando?”. La esfinge se mantuvo callada, pero su cara lo decía todo, según nos han confirmado testigos presenciales. A la salida del templo, se le oyó decir a uno de sus más viejos y leales colaboradores “Estos ximples (locos) se han pasado tres pueblos, ya les advertí que el gallego no iba de farol”. El gallego es, naturalmente, Mariano Rajoy y los ximples pueden ustedes imaginarse perfectamente quienes son.

Pero lo que más angustia a Pujol no es lo que ha pasado hasta ahora, sino lo que podría suceder a partir del 21-D.

Hablando con Felipe y con Aznar

Pujol ha mantenido, según nos dicen, varias conversaciones telefónicas con los ex presidentes González y Aznar en las últimas semanas. La opinión de ambos fue coincidente: el 155 estaba bien aplicado, de manera proporcional y justa, y lo que había que hacer era volver al orden constitucional. Los dos apuntaron que se podía hacer una revisión de la Carta Magna en el sentido de reconocer la singularidad catalana sin necesidad de tocar el articulado. Bastaba con una mención en el prólogo. En cuanto al dinero, fueron muy contundentes. El gobierno y Montoro en especial, siguiendo instrucciones de Rajoy y de Soraya Sáez de Santamaría, estaba dispuesto a ponerse con el tema de la financiación catalana en cuanto se formase un nuevo Govern, siempre y cuando estuviera dispuesto a mantenerse dentro de la ley. Pujol tomó buena nota de todo esto que, dicho en boca de dos ex presidentes es de una importancia sustancial. El problema, según dicen que le contó a Mas, era que ahora debía frenarse a Puigdemont, porque ya estaba amortizado. Esquerra era otra cosa, porque Pujol tiene poco o nulo ascendente sobre el partido de Oriol Junqueras. Paradojas de la vida – o no –: los ex convergentes tienen una mayor influencia en el seno de las CUP que entre los republicanos. Algún día deberemos seguir este hilo con mayor profundidad, aunque ya hayamos dicho algunas cosas al respecto.

El miedo de Pujol es el que tienen todos los nacionalistas más de derechas que el palo de la bandera, que ven como su Frankenstein se ha desmadrado. Temen un Tripartito con Esquerra, los Comuns y un PSC dispuesto a venderse por cuatro duros. Sabe Pujol, como viejo zorro, que, si el PDeCAT no consigue unos resultados que le permitan influir en el próximo Govern todo el edificio convergente se escurrirá por el desagüe. Más allá de las rabietas de la Ferrusola, que anda por ahí diciendo que los catalanes somos un pueblo de desagradecidos y que nos mereceríamos un nuevo 36, a ver si aprendíamos, Pujol está inquieto, muy inquieto. Hasta ahora ha sobrevivido gracias al poder que se arrogaba sobre el independentismo. “Pujol lo parará”, dijeron al inicio de este despropósito algunos dirigentes políticos de Madrid. No tienen ni pajolera idea. La sinrazón que cultivó tantas décadas el pujolismo, ese reírle las gracias por parte de PSOE y PP con tal de que les apoyara cuando no tenían mayoría e el Congreso, la falta de sentido del estado de los dos principales partidos nacionales y su cortoplacismo han sido la causa de que ahora Puigdemont tenga en jaque a las fuerzas de seguridad del estado, que andan patrullando la frontera con Francia, no sea que al fugado de Bruselas se le ocurra venirse a Barcelona a montar el pollo, cosa más que probable, por otra parte. Han sido más que tontos, han sido unos suicidas.

Ustedes dirán que con, presuntamente, más de tres mil millones de euros en paraísos fiscales anda y que iban a estar inquietos, pero no se equivoquen. A Pujol lo que le pone es el poder político y aunque dejó hacer, y favoreció, y todo lo que se quiera, la cosa del patrimoni la llevaban su esposa e hijos. A el lo que le gustaba era ver a la gente hacer genuflexiones a su paso, pedirle opinión, licencias de radio, en fin, solicitarle hasta permiso para ir al lavabo; Pujol es un dictador que nombraba y despedía a directores de periódicos, televisión o radio, hacía y deshacía carreras políticas, ponía en listas negras o daba la Creu de Sant Jordi a quien quería. De ahí que ahora se desahogue con Mas, con el que habla casi a diario, y tenga ya perfectamente organizado el post escenario de estas elecciones, con nombres y apellidos incluso. Se trata de fingir un paso atrás, un retorno al Seny, culpando de todo al gobierno de España, que ha sido muy negativo al no querer acordar nada, y volver más o menos a ese nacionalismo chantajista que tan buen resultado le dio en otros tiempos.

Qué equivocado está. Ese tiempo pasó. Lo que deben estar riéndose Duran Lleida y Miquel Roca, al que tantos disgustos les dieron los duros de convergencia, los del pinyol. Me gustaría verlos por un agujerito. A Pujol hablando con Mas, también, claro. Pero, sobre todo, a Rajoy hablando con ciertos políticos convergentes de alto copete el otro día. Que en Barcelona todo se sabe, aunque también se calle.

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