A pesar de ser una táctica negociadora además de una falacia lógica de origen soviético, concretamente de los tiempos en los que, en plena guerra fría, el bloque comunista y el democrático se atizaban día sí, día también, en todos los organismos internacionales, el Gobierno de España se ha convertido en la meca del whataboutismo y sus portavoces en los más brillantes exponentes del mismo.

A cualquier pregunta o crítica realizada sobre alguna acción soviética escasamente ética, los delegados del Kremlin respondían de forma tan automática como imperturbable cuestionando “¿y qué pasa con…? ” (what about) alguna otra acción norteamericana real o inventada que pudiera hacerles salir del problema aunque fuera de forma momentánea y que pusiera en cuestión su superioridad moral occidental, limitando los daños del ataque y cuestionando incluso la propia legitimidad de quien realizaba tal cuestionamiento.

El “whataboutism”, a pesar de que por su simpleza pueda parecernos propia de una pelea de patio de colegio, es en realidad una poderosa táctica retórica ya que aleja el objeto del debate, pone en cuestión al atacante y sobre todo, cohesiona a “los propios” dotándoles de argumentos dialécticos y morales.

El bloqueo de los debates

Virtuosos de esta táctica, que en realidad supone un verdadero bloqueo a cualquier debate que quiera finalizar en algún tipo de acuerdo los ha habido desde comienzos del siglo pasado, como por ejemplo el más de veinticinco años ministro de Exteriores soviético Andrei Gromyko, su alumno más aventajado, el actual canciller ruso Sergei Lavrov, el patrón del mismo, Vladimir Putin, y al otro lado del antiguo telón de acero, el inconmensurable Donald Trump, un tipo que en plena crisis por el apoyo ruso a su campaña electoral y cuestionado en Fox News por el presentador Bill O’Really sobre la catadura moral de un tipo capaz de ordenar el asesinato de sus opositores políticos, fue capaz de responder:

  • "There are a lot of killers. (...) What, you think our country is so innocent?" (Hay un montón de asesinos (...) Tu crees que nuestro país es tan inocente?”

Todo un ejemplo de equivalencia moral en el que Trump fue capaz de poner al mismo nivel ético a su propio país, una democracia plena que le había elegido presidente a él mismo muy poco antes, con una autocracia con ínfulas imperiales como es la rusa, con el fin de tratar de esquivar un ataque político legítimo realizado además por un periodista como Bill O’Really, situado en el ala más derechista de la cadena de Rupert Murdoch, si es que algo así pudiera existir.

Piensen en todo esto cuando escuchen en lo que se han convertido las ya escasísimas sesiones de control al Gobierno en el Parlamento, en las que el presidente hace cualquier cosa menos contestar a las preguntas de la oposición o cuando vean las comparecencias de la ministra portavoz del Gobierno al final del Consejo de ministros de cada martes, y háganlo teniendo en cuenta las graves consecuencias éticas que tiene para el andamiaje institucional de una democracia como la española, porque como ya denunció Jeane Kirpatrick, embajadora de EEUU en las Naciones Unidas:

“Para destruir una sociedad, en primer lugar es necesario deslegitimar sus instituciones (...) y para eso solo es necesario privar a los ciudadanos de las sociedades democráticas del sentimiento de los valores morales compartidos que conectan esas identidades comunes con los esfuerzos comunes (necesarios para llevarlas a cabo).