A Isabel Díaz Ayuso la votaron el martes 1.620.212 madrileños y Fernando Savater. Por de pronto, dado que el recuento aún no está cerrado del todo. En Vías paralelas: Vargas Llosa y Savater (Triacastela), ese “ensayo dialogado” que tan bien ha urdido, escrito y zurcido José Lázaro, figuran unas palabras del autor de Ética para Amador que merecen ser recordadas: “Yo jamás he votado ni votaré nunca a un partido de derechas, es así de sencillo. He votado a Izquierda Unida, he votado al PSOE, y cuando ya no me gustaba ninguno de los dos he votado en blanco. Jamás me he planteado votar al Partido Popular y ahora menos que nunca”. Corresponden a una conversación que tuvieron Lázaro y Savater en 2007, cuando el segundo se hallaba comprometido en la puesta en marcha de lo que luego sería UPyD.

Si ahora las traigo a colación no es para sumarme a la lista de cuantos han dado libre curso a su afán carroñero afeando a Savater el haber expresado su apoyo a la hoy victoriosa presidenta de la Comunidad de Madrid –“Nunca he votado al PP y me cuesta, pero está vez será Díaz Ayuso”, escribió en su columna del pasado 24 de abril en El País–, sino justo por lo contrario, esto es, para reivindicar el derecho de cualquier ser humano, y más si se trata de alguien que ha hecho de la palabra y el pensamiento el eje de su actividad pública, a cambiar. En este sentido, las respectivas trayectorias de los dos protagonistas de Vías paralelas constituyen un excelente ejemplo del ejercicio de ese derecho. Como afirma Lázaro en el propio libro, “pensar es cambiar de ideas, a diferencia de creer, que es precisamente lo contrario”.

Volviendo a las palabras de 2007, acaso lo más relevante no sea tanto esa negativa pasada, presente y futura a votar al PP, sino el hecho de que, al poco, en 2008 en concreto, Savater dispusiera ya de una opción electoral que le permitió no tener que refugiarse en el blanco de la papeleta. Lo fue UPyD hasta su derrumbe en 2015, y es de suponer, a juzgar por su presencia pública en actos del partido, que lo ha sido desde entonces Ciudadanos. Para no pocos exvotantes de izquierda, ambas formaciones se convirtieron en la feliz alternativa a la abstención o al voto nulo, y no digamos ya a la posibilidad de tener que escoger la papeleta del Partido Popular. Pero los resultados del martes en Madrid parecen haber terminado también con ese bálsamo. Lo de Savater fue un anticipo. Lo de las urnas, la confirmación de que Ciudadanos no tiene ya otro voto cautivo –si puede emplearse semejante expresión, tan cara a los gurús demoscópicos y tan humillante para el libre albedrío de los electores– que el nostálgico e inútil de los creyentes, entre los que figuran no pocos dependientes del erario público.

De la integridad y la prestancia de Edmundo Bal no tengo ninguna duda. Ni como candidato sin premio, ni como portavoz en el Congreso, cargo al que ahora va a volver tras haber conservado por si las moscas su escaño en el Congreso

El partido presidido por Inés Arrimadas perdió medio millón de votos, 16 puntos porcentuales y los 26 escaños que tenía en la Asamblea de Madrid. No es que no llegara por pelos al 5% necesario para pasar el corte, es que se quedó en el 3,5%. De la integridad y la prestancia de Edmundo Bal no tengo ninguna duda. Ni como candidato sin premio, ni como portavoz en el Congreso, cargo al que ahora va a volver tras haber conservado por si las moscas –o sea, sabiamente, como se ve– su escaño de diputado nacional. El problema es otro. El problema se llama Arrimadas y lo que representa a estas alturas. Hace algo más de un año todavía era un activo. Hoy es un lastre. Por la estrategia suicida llevada a cabo en las Cortes, por su liderazgo cainita en el seno del propio partido –¿indultará algún día al fiel y respetuoso Paco Igea, tras haber hecho lo propio con Javier Nart, que ni siquiera conserva la afiliación?– y por su renuencia a reconocer los errores, empezando por Cataluña y siguiendo por Murcia, de los que ya es única responsable. El martes, por primera vez en una noche electoral de Ciudadanos, ni siquiera se dignó comparecer ante los medios de comunicación junto a Bal.

Hay quien reclama dentro del partido, amén de la dimisión de la actual presidenta, la convocatoria de un congreso extraordinario. No creo que ese congreso vaya a resolver gran cosa, pero sí puede servir, al menos, para lavar hasta cierto punto la imagen de la formación. Que lo que nació limpio termine también, en la medida de lo posible, de forma aseada. En cuanto a la utilidad que alcance a tener hoy en día el voto a Ciudadanos –que constituye, al cabo, la verdadera vara de medir para cualquier fuerza política–, los resultados de Madrid no pueden ser más explícitos: ninguna. Isabel Díaz Ayuso va a gobernar en solitario, sin precisar de Ciudadanos y sin tener que recurrir a los escaños de Vox. Así lo han querido un 45% de los electores madrileños que fueron el martes a votar y, entre ellos y por vez primera, un tal Fernando Savater.