Carmen Calvo anda enfadadísima porque un millón seiscientos mil madrileños prefiere los abrelatas de los berberechos antes que la democracia, porque se gastan el jornal en las tabernas de la villa y prefieren a la popular Isabel Díaz Ayuso en lugar de Ángel Gabilondo, aquel candidato atado a un mástil que naufragó el 4-M. Es que votáis mal, vino a decir la vicepresidenta del gobierno, que volvió a sacar del armario el hábito de madre superiora para atizar a los electores.

En su línea de institutriz empoderada, Calvo volvió a hacer lo que más le gusta: sermonear. Al día siguiente de las elecciones madrileñas, la vicepresidenta sacó su pulverizador de agua bendita y blandiendo las obras completas del Conde de Lautreamont  y Breton, puso a prueba el automatismo psíquico. Desde su comparecencia sobre la derrota sin ambages hasta la entrevista con Carlos Alsina, la secretaria de Igualdad del PSOE ha plasmado las alucinaciones que le produjo el descalabro electoral de los suyos.

El resultado de las alocuciones de Calvo arrojaron decenas de juegos de palabras sin hilo conductor alguno: PP, cañas, ex, berberechos, derechas, Casado, Ayuso, debate, Abascal… si hasta llegó a decirle a Alsina que los madrileños acudieron a votar con la percepción afectada por la pandemia. Con ese tono a mitad de camino entre la altivez y el desvarío, Carmen Calvo no ha dado por acabada la campaña y en lugar de tender puentes con quienes no los han elegido, se esmera en propinar una rapapolvo a los que prefirieron Ayuso, que sumó más escaños que los que consiguieron PSOE, Más Madrid y Unidas Podemos juntos.

Es que votáis mal, vino a decir Calvo, que volvió a sacar del armario el hábito de madre superiora para atizar a los electores

Carmen Calvo ha hecho lo que Mónica García y Pablo Iglesias: atribuir la derrota de sus proyectos políticos a la pulsión tabernaria que se apodera de los madrileños cuando ven las siglas del Partido Popular impresas en una papeleta electoral.  Echar la culpa a los votantes, además de un ejercicio de arrogancia y total ausencia de autocrítica, supone no entender absolutamente nada de lo que ha pasado en Madrid. Lo que está pasando, en general. (Borja Sémper dixit).

Resulta curiosa la manera en la que se reparte el mundo en la cabeza de la vicepresidenta Carmen Calvo: comunismo o libertad mezclado con militantes en cunetas y mejillones; explicaciones sobre el triunfo del PP gracias a la campaña de Vox, una tesis que deshizo al minuto siguiente con Alsina al admitir que la mayor absorción del PP provino del electorado de Ciudadanos; no ha parado  la vicepresidenta de decir una cosa y su contraria desde el miércoles de esta semana. No, bonita. No son los socialistas, son los mejillones.