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José Rosiñol

Opinión

El terco vodevil separatista

La izquierda se asume con total normalidad que los únicos representantes válidos de los catalanes son los nacionalistas

Pedro Sánchez y Quim Torra se saludan en La Moncloa.
Pedro Sánchez y Quim Torra se saludan en La Moncloa. Europa Press

Parece ser que, tal y como nos explicaban en El País, la primera reunión de la “Mesa de diálogo” se dedicó a dilucidar respecto al origen de la “crisis catalana” (ojo el lenguaje). Como no podría ser de otra manera, la conclusión de esta disyuntiva fue que la culpa es del PP, nada nuevo bajo el sol, si se reúnen en una mesa socialistas, comunistas, populistas y separatistas… ¿cabría esperar algún otro desenlace? Además, si calculamos que todos los allí reunidos, en las elecciones Generales de noviembre de 2019 suman el 46,64% de los votos y se arrogan una representatividad institucional mientras se dedican cada uno de ellos a hacer partidismo, creando un foro innecesario, porque ya existen los cauces e instituciones para hablar, dialogar y negociar lo que sea oportuno…

Antes de nada, me gustaría contribuir dando alguna pista respecto a la búsqueda de origen de la crisis en Cataluña, crisis provocada por el otrora “nacionalismo moderado”. Pues bien, los dialogantes solo tendrían que recurrir a la hemeroteca para encontrar la génesis de todo lo que está ocurriendo en 1990, cuando tres diarios (ABC, El País y El Periódico) publicaron el llamado Programa 2000 de Jordi Pujol. Dicho programa es un elaborado plan de ingeniería social que se ha ido implementando durante la últimas décadas en Cataluña con el objetivo de crear un marco mental favorable al separatismo y un control sociopolítico asfixiante para cualquiera que no comulgue con el mismo.Todo esto se llevó a cabo gracias a la miopía o a la connivencia de los distintos gobiernos de nuestra nación.

Miopía y manipulación

Si nos detenemos en el famoso Estatut de 2006, un estatuto innecesario, impulsado por aquél PSC que después engrosó en gran parte en las filas de ERC, Estatuto que pretendía entre otras cosas el control de la justicia, un Estatuto que fue refrendado en un referéndum en el que solo participó el 49,32% del censo y de ese 49,32% obtuvo el Sí un 73,9% (es decir un 36,52% del censo), se convirtió en la mayor campaña de propaganda y desinformación de la historia de nuestra democracia, fue el campo de batalla de intereses espurios y cortoplacistas. El paroxismo de la miopía, la manipulación y el inicio de todo lo vimos en 2010 cuando el propio PSC, con el President Montilla a la cabeza, hizo suyo el marco nacionalista que mutaba rápidamente al separatismo en la manifestación cuyo lema era: "Somos una nación. Nosotros decidimos". Si nos fijamos, los muñidores de eslóganes, fake news y mentiras ya estaban trabajando a buen ritmo (no es casualidad la coincidencia del “nosotros decidimos” y el “derecho a decidir”).

Debemos recordar que en aquellos años ya estaba impactando la Gran Recesión, apareció el movimiento 15M, en junio de 2011 el Parlament fue rodeado por manifestantes, diputados fueron zarandeados, Artur Mas tuvo que acceder en helicóptero y todo lo sólido parecía desvanecerse en el aire. EL clima social era muy tenso y, como dato no menor, la maquinaria judicial seguía adelante en la investigación del caso del 3%. En este descontento social, no controlado por el nacionalismo, más la presión judicial, es dónde hay que buscar el origen reciente de todo, en ese momento, cuando el Estado estaba más débil (estuvimos a punto de ser rescatados por la UE) fue cuando CiU decidió dar el gran salto a ninguna parte que ha sido el “prusés”, para ello y gracias al programa de ingeniería social del que hablaba más arriba encauzaron el descontento social para desafiar al Estado y al orden constitucional.

Podría aducirse que tras esta mesa existe una estrategia de Moncloa para desactivar el proceso independentista atrayendo a los republicanos y, por tanto, dividiendo al separatismo

Pero volviendo a la “mesa de diálogo”, su origen y estructura es realmente curiosa. La pactó un gobierno Sánchez en funciones, con una parte del gobierno de la Generalitat (ERC), sin el plácet del president de la Generalitat que tuvo que asumir los hechos consumados. Ahora, una vez constituida, vemos cómo en la mesa hay tres actores principales: uno, que necesita aprobar unos presupuestos para la estabilidad del Gobierno y dos que pugnan por unas elecciones anticipadas anunciadas, pero no concretadas. Estamos ante una especie de vodevil en el que todo es gesticulación, pero ninguna visión de Estado. Podría aducirse que tras esta mesa existe una estrategia de Moncloa para desactivar el proceso independentista atrayendo a los republicanos y, por tanto, dividiendo al separatismo. Podría ser cierto, el problema radica en que todo ello se verá en las próximas elecciones autonómicas, que quizás vuelvan a ser plebiscitarias…

Como hemos visto este fin de semana en el aquelarre puigdemoniano en Perpiñán, la estructura social del separatismo sigue siendo la misma: subyace una visión teológica, teleológica y mesiánica (un estudio demoscópico que encargamos en 2018 en SCC así lo demostraba). Todo ello propalado por el entramado mediático nacionalista que pondrá en el disparadero a ERC, más la presión a la que someterán a los republicanos entidades como la ANC, CUP, Arrán, CDR…. El riesgo de que al final, tal como ocurrió en 2017, sea Puigdemont el que gane la partida, nos dibujará un escenario mucho más complejo que el actual, por ello esta mesa de diálogo, desde un punto de vista estratégico, ha asumido unos riesgos que creo no han sido suficientemente sopesados.

Finalmente, hay un punto que no puedo obviar. Me refiero a cómo en nuestro país repetimos una y otra vez los errores que nos han llevado a situaciones como la actual en Cataluña. La “mesa de diálogo” vuelve al mismo esquema que en las negociaciones del momento constituyente de nuestra democracia: desde la izquierda se asume con total normalidad que los únicos representantes válidos de los catalanes son los nacionalistas; el resto, que somos la mayoría, no parecemos existir, quedando en manos de unos representantes que nos niegan o, como mucho, nos consideran una anomalía con estatus de ciudadanos de segunda clase. Es algo inadmisible y, más allá de la idoneidad o no de la mesa, de la aberración jurídica o no de la misma, el arrinconamiento de esa Cataluña silenciada invalida cualquier acuerdo que pudiese tomarse en ese foro.

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