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Miquel Giménez

Opinión

Los que viven del cordero (y usted no lo sabe)

La bandera de Cataluña junto a la europea
La bandera de Cataluña junto a la europea EFE

Que si Rajoy le ha dicho a Rufián no sé qué, que si Junqueras y Puigdemont blablablá, que si el PSOE va, que si Podemos viene…  Mientras nos tienen entretenidos con este teatrillo, hay quien cobra buenos sueldos en Cataluña en el sector público. Son los que viven del cordero.

Doscientas mil pesetas al mes sin tener que ir

Década de los ochenta. Un gachupín socialista me decía que, a él, lo que le interesaba era que el partido le diese un cargo por el que percibiera doscientas mil del ala mensuales, eso sí, básicamente para no hacer nada ni ocuparse de tema alguno. En eso estaban muchos y, a fe mía, que no pocos lo consiguieron. Unos gañanes, vamos.

En esta Cataluña que no sabe si va o si viene, hay que reconocer que la mejor opción ideológica es la del situacionismo. Los más veteranos sabrán de qué estoy hablando. Porque todo lo que vemos u oímos a diario, esa batahola de declaraciones y contradeclaraciones, no afecta para nada a la nomenklatura autonómica. No me refiero solamente a los diputados, que cobran igual tanto si trabajan como si se dedican al macramé. Hablo de cargos, carguitos y carguetes, parafraseando al maestro José María García, que siguen en sus despachos como si tal cosa.

Cuando se habla de erario público, coste de las pensiones, impuestos y recortes uno no puede por menos que pensar qué pasaría si se suprimiesen todas estas sangrías presupuestarias que son las autonomías.

Total, ya ven en Cataluña: sin gobierno desde diciembre y nadie se ha muerto ni ha sucedido cataclismo de ningún tipo. Pero proponer tal cosa es como pedirle a un heavy que cante por María Dolores Pradera “La flor de la canela”. Los partidos tienen en organismos tales como diputaciones, cabildos, consejos comarcales y ya no digamos comunidades autónomas un auténtico filón para colocar a sus famélicas legiones.

De todos modos, y como sea que uno es de naturaleza malévola, me he permitido hacer un somero a la par que escueto repaso de lo que nos cuesta a todos la mantenencia de personas en cargos públicos autonómicos en mi tierra. Nada, un vuela pluma. Empecemos por los medios de comunicación, esos órganos de propaganda al servicio del régimen separatista que tan caros son al poder local. El director de la televisión autonómica, Vicent Sanchís, pro convergente, se lleva 109.080 euro brutos anuales, mientras que su homónimo de Catalunya Ràdio, Saül Gordillo, pro Esquerra, cobra la misma cifra. Me apresuro a decirles que estos datos están actualizados a 1 de febrero de este año y que la fuente es la Generalitat. Cojan papel y lápiz, que esto no ha hecho más que empezar.

El director de estrategia y recursos humanos en la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales, Andreu J. Martínez y el director de explotación e ingeniería de la misma, Amadeu Gassó, se llevan cada uno la misma cantidad anual que Sanchís y Gordillo. La vicepresidenta de dicha corporación, Núria Llorach, ídem. Así, todos contentos y felices. Claro que muchos de ustedes aducirán que la comunicación es muy estresante, un sin vivir, un trepidante y cotidiano reto y tal, pero no crean que los sueldazos que se pagan en mi tierra se circunscriben sola este terreno. Continuemos.

Trenes, hospitales, cañerías o teatros

No es el título de la magistral novela de Le Carré “Soldado, sastre, calderero, espía”, pero suena igual de bien. Me refiero a diferentes ámbitos en los que los sueldos anuales que se pagan a las personas “de confianza” harían ensalivar al inapetente más recalcitrante. Fíjense, ser director general de los Ferrocarriles de la Generalitat, FGC, te sale al año por la fruslería de 138.893 ’64 eurazos, como muy ben sabe la persona que ocupa este cargo, Pere Calvet. El presidente de la misma FGC y Cargometro Rail Transport, Enric Tió, cobra un pelín menos, cachis los mengues, solo se lleva 129.625 ’39. El cha-ca-chá del tren, que cantaban los de El Consorcio.

Vayamos a la sanidad, donde desde Artur Mas hasta ahora se han producido los recortes más salvajes en personal, recursos, camas hospitalarias y medios. Olga Pané, gerente del Consorcio Mar Parc Salut – mi hospital de referencia, por cierto – tiene una retribución anual de 126.270 ’78; siguiendo en el mundo de las batas blancas, ahí tienen ustedes las cifras de Catalina Ana Cabrer, directora de Barnaclínic, 126.249 ’48 pavinis al año, Joan Xavier Comella, director de la Fundación del Instituto para la Investigación del Hospital de la Vall d’Hebrón, 110.000, y continuamos para bingo, Josep MaríaCampistol, director general del Hospital Clínic de Barcelona, 109.663, Candela Calle, directora general del ICS y el Institut Català de Oncología, 109.663 o Albert Salazar, director general de la Fundació Hospital de Sant Pau, 120.003’10. Tracatrá.

Y como sea que en investigación también estamos sobrados de recursos, como muy bien pueden atestiguar nuestros jóvenes científicos desde el extranjero, el director general del Instituto de Investigación y Tecnología Alimentaria, Josep María Monfort, cobra 112.940 ’21 machacantes. Ah, y no nos olvidemos del agua, ese bien tan preciado, como sabe muy bien Jordi Agustí, director de la Agencia Catalana del Agua, percibiendo la cifra de 114.874’49 euros anuales por sus servicios, o el suelo, que caramba, ese suelo que requerimos para construir viviendas, carreteras, escuelas, hospitales, vías de comunicación, y que se gestiona desde el Institut Català del Sòl, cuyo director es Damià Calvet, sueldo anual de 115.193’61 euros.

¿Qué quieren que les diga? Podría seguir sumando guarismos repasando que cobran los máximos responsables del Institut Català de Finances, la Agencia de Residuos de Cataluña, el Teatro Nacional de Cataluña (sí, aquí todo siempre es nacional, la Autoridad del Transporte Metropolitano, el Instituto Cartográfico y Geológico también de Catalunya, vaya, las Infraestructuras Ferroviarias de ¿lo adivinan?, Cataluña, o lo que se llevan el secretario general de presidencia, el secretario del Govern y el director el gabinete jurídico del mismo. Pero no hace falta. Es un río de dinero que va a parar al mar, que es el morir, año tras año, para nunca más volver.

Preciso: no es que servidor defienda igualar por debajo los sueldos, ni creo que todos debamos cobrar lo mismo, como aquel faísta que le dijo al tenor Hipólito Lázaro durante la guerra civil que cobraría lo mismo que el de la taquilla. El tenor le propuso intercambiar los papeles y que el taquillero cantase Marina, que él ya cobraría al público. Lo que encuentro una barbaridad es la administración improductiva, las duplicidades, el despilfarro, el enchufismo, la ineficacia, en fin, todo a lo que nos ha llevado esta red de administraciones carísimas e ineficaces que debemos sostener entre quienes trabajamos para apenas pagar impuestos.

Sin querer entrar en la valoración de las personas citadas son o no las mejores para ocupar tales responsabilidades, que esos son otros Garcías y ni me compete a mi hacerlo ni Dios quiera que me viera en tal situación, quisiera recordar lo que le pasó al gran científico leridano Joan Oró. Dejó Houston y la NASA al ver que la democracia volvía, pero duró poco. Al volver de nuevo a los EEUU dijo con tristeza que en los laboratorios norteamericanos apenas abría la boca para solicitar el material que fuese, ya lo tenía. En cambio, en Cataluña para pedir unas probetas tenía que llenar no sé cuántos papeles, discutirse con un montón de cargos intermedios, reclamar, perder el tiempo, llamar por teléfono a este amigo u al otro a ver si podían echarle un cable, total, para que, al final, no se las trajesen. Lo he vivido en carne propia, cuando en el Hospital del Mar el médico que me intervino quirúrgicamente tenía que recorrerse todo el centro, a ver si podía “robar” una sonda enogástrica.

Si han ido sumando los sueldos ya ven a lo que me refiero. Conviértanlo a pesetas, ejercicio muy clarificador, y se percatarán de las sondas, pizarras electrónicas, quilómetros de asfaltado y otras menudencias que podrían costearse. Pero no me hagan mucho caso, al no haber estudiado en Harvard, como Elsa Artadi, igual es que no pillo la gracia de cobrar millonadas en el sector público. En el privado, en cambio, me parece magnífico.


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