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Miquel Giménez

Opinión

La violencia que se experimenta en Barcelona

La farsa de la revolución de las sonrisas ha terminado. Años de violencia verbal, política y social han acabado por mostrar al separatismo como lo que realmente es: matonismo fascista

Colocación de lazos amarillos
Colocación de lazos amarillos Efe

Despejad la calle

El tristemente célebre himno nazi, Horst Wessel Lied, empieza con unas estrofas que todos deberíamos tener muy en cuenta en la Cataluña de hoy. “Die Fahne hoch! Die Reihen fest geschlossen ! SA marschiert mit ruhig festem Schritt» lo que en buen castellano significa “¡Arriba la bandera! ¡Las filas prietas! Las SA marchan con paso firme y tranquilo”. El himno en honor al proxeneta Wessel, que Goebbels transmutó en héroe y mártir del nacionalsocialismo, concluye afirmando que las calles deben estar despejadas para los batallones de asalto, las tropas pardas.

Y bien, ¿acaso en Cataluña no estamos hartos de escuchar que “Las calles serán siempre nuestras” en labios de los separatistas? ¿Acaso el mismo presidente de la Generalitat Torra no afirma que ha llegado el momento de atacar al Estado? ¿Los asaltos a sedes de partidos constitucionalistas, a medios de comunicación contrarios al proceso, los escraches a personalidades que han tenido que marcharse de Cataluña por oponerse a la independencia no han servido como aviso para todo aquel que quisiera ver y oír? La respuesta, triste y terrible respuesta, es que no. Ha sido preciso que una mujer que se dedicaba a retirar lazos amarillos de la calle fuera salvajemente agredida para que algunos empiecen a ver la harina de la que está hecho el pan del separatismo.

Cuando desde formaciones como Ciudadanos o el PP se advirtió de que esto iba a acabar mal, cuando algunos periodistas tildábamos de nazi-fascistas a los CDR, cuando desde Societat Civil, Dolça Catalunya o Somatemps se insistía en la peligrosísima espiral en la que se hallaba sumida la vida pública catalana, los biempensantes socialistas se encogían de hombros. Es más bonito vivir en el La Land de Iceta y sus bailes, claro. Y esperar a ver qué cargos caen desde Moncloa, Pedro, por Dios, échame algo.

Pero hete aquí que a una mujer, a una ciudadana pacífica, que ejerce su derecho a retirar propaganda colocada en un espacio público, propaganda que defiende algo ilegal, propaganda que se usa como método intimidatorio, como pica en el Flandes catalán, le han roto la nariz de un puñetazo. Simplemente por eso, por no ser de los que mantienen la ideología del odio, por no compartir la locura alentada desde los despachitos oficiales de la Generalitat, del PDECAT, de las CUP, de Esquerra, de todos los que chupan del bote de la mamandurria secesionista.

Ahora todo son prisas, urgencias y aspavientos para, en suma, acabar por no hacer nada. Porque en mi tierra, sépalo una vez el ministro Marlaska, los Mossos te pueden multar con cientos de miles de euros por retirar la propaganda ilegal separatista, los cargos públicos pueden señalar y poner en la diana, vituperando hasta la náusea, a personas que, como Arcadi Espada, tienen el coraje cívico de plantarle cara al matonismo supremacista, jugándose su  prestigio profesional, su trabajo e incluso su integridad física en aras de un ideal superior, pero a los que dan puñetazos no les pasa nada. Por cierto, Arcadi, toda mi solidaridad, admiración y afecto.

Libertad de expresión, lo llaman algunos. Defensa propia contra el aparato del Estado, gritan otros. Legítima defensa contra la opresión española, claman los chiquilicuatres con escaño pagado por todos. Es evidente que la nariz de esa heroína cívica contiene en sí misma al Estado, las fuerzas de seguridad, el 155, el tratado de Utrecht, Felipe V o Franco. Hace falta ser miserable para justificar tamaña agresión, como han hecho rápidamente los palanganeros mediáticos separatistas.

Pero, para los anales de la historia, quedarán como lo que son, unos canallas que, a la hora de la verdad, o se piran al extranjero con el rabo entre las piernas, o se quedan aquí chuleando a la democracia porque tenemos unos gobiernos que se orinan en los pañales que se han fabricado con nuestra Carta Magna. Lo dicho, nazis-fascistas, además de mentirosos y cobardes.

Para TV3 se trata solo de un "incidente"

Es muy difícil explicarle a alguien que no viva en Cataluña el terrible desgarro que se vive en mi tierra cada día, a cada momento, en cada conversación. Todo confluye hacia el albañal de lo mismo, la independencia, el odio que sienten los separatistas que no conoce de nada que no sea su grito fanático, su actitud agresiva, su locura que se alimenta de las mentiras que fabrican los medios separatas.

TV3 ha rebajado a la categoría de “incidente” la agresión física a la persona que retiraba propaganda separatista. Incidente, poco más. Algunos dicen que fue ella quien provocó la discusión, que le dio una patada en los testículos al siempre amable y sonriente separatista que le afeaba su conducta tan poco digna de alguien que vive, come y respira gracias a la munificencia de la raza catalana, siempre protectora con sus inferiores. Veamos qué dice el presunto agresor, Joan Bautista. Como San Pedro, lo niega todo, pero no tres veces, sino cien y las que sean menester. No fue una discusión política, no le afeó la conducta por retirar lazos amarillos, recibió una patada en salva sea la parte y, claro, entonces le rompió el tabique nasal. Lo lógico cuando discutes del tiempo, la calidad del agua en las ciudades o el carácter pintoresco de los lémures.

No contento con eso, dice que fue perseguido por la señora, móvil en ristre, que menos mal que llegaron los Mossos y que el pobre padece depresión, toma antidepresivos y no le gustan las peleas ni se considera una persona agresiva. Es decir, la señora era poco menos que un sicario colombiano con un mal día y él un inocente defensor de la democracia, los presos políticos, los exiliados, la república y el mandato del 1-O. Con todo eso, no es extraño que padezca depresión.

Lo terrible es que en la calle esto ya se ve como algo normal, inevitable. La gente, más sabia que los políticos o los periodistas, dice que cualquier día de estos habrá un muerto. La voz de Clío, la musa de la historia, habla por ellos. Porque eso de que Barcelona es una ciudad de paz, como grazna Colau, es un cuento chino. Barcelona fue ciudad de pistolerismo, dinamiteros y asesinatos políticos desde mediados del siglo XIX hasta la república. Barcelona es la ciudad que albergó a las checas de Sant Elíes, Vallmajor o la de la calle Zaragoza, por citar unas cuantas. Barcelona conoció los paseos en la carretera de la Rabassada, los atentados de ETA, desde Hipercor al asesinato de Ernst Lluch, o, más recientemente, el atentado de las Ramblas.

De paz, poca. Estos pagos son un laboratorio de pruebas para los extremistas criminales, son el lugar donde se experimenta socialmente a ver qué pasa. Y, si la cosa tiene éxito, se traspasa el modelo al resto de España. El resto de compatriotas deberían tener muy presente todo esto. Hoy ha pasado aquí. ¿Y mañana?

Miquel Giménez



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