Una de las acepciones que nos proporciona el diccionario de la palabra sorpresa es la de “engañar a alguien aprovechando su buena fe”. Lo digo porque la última semana ha transcurrido de sorpresa en sorpresa, no sé si por mi buena fe o por haber descubierto lo que alguien ocultaba o disimulaba, que es otra de las acepciones del morfema sorpresa.

La primera fue cuando me sentí engañado por los que durante un par de años nos han estado exigiendo  amnistía para los políticos en prisión por los delitos de sedición y malversación de fondos públicos. Ya habíamos descubierto que los políticos independentistas condenados a la pena de prisión no estaban presos. Parodiando a Peret, podríamos cantar aquello de que “no estaban presos, que estaban negociando”. Negociaban, al estilo mafioso, la presidencia de la Generalitat. Pero, hete ahí, que despiertas una mañana con la noticia de que varias decenas de independentistas, del partido del prófugo Puigdemont, se manifestaron a las puertas del partido del que su máximo dirigente es uno de los supuestamente encarcelados. ¿Exigiendo la amnistía para él? Oh sorpresa, gritando “Junqueras, traidor, púdrete en prisión”. Algunos enarbolaban banderas confederales para que pudiéramos saber de primera mano que ellos, como los confederales estadounidenses, son racistas y supremacistas. Esto último ya no era una sorpresa.

El precio de los test

La segunda sorpresa nos la proporcionó el Gobierno de España. Se acabó el estado de alarma y quienes vivimos en la frontera portuguesa pudimos acercarnos a pasear por la espectacular muralla de Elvas y recorrer su casco antiguo. Habíamos leído que en Portugal se vendían en las farmacias, desde el pasado mes de diciembre, test de antígenos a unos precios que a los españoles nos parecían increíbles. En España hemos estado pagando a las clínicas privadas la friolera de 60 euros per cápita por esos test. Vimos una farmacia y decidimos comprobar si era cierta la noticia de los test antígenos. “Buenos días. ¿Tienen test de antígenos?”. “Sim senhor” respondió el farmacéutico. “¿Qué precio tienen?” Oh, sorpresa: “Três e quarenta euros”, nos respondió. “Deme cuatro”. Por 13,6 euros nos llevamos algo que en España nos costó 240 en las Navidades pasadas. Sorpresa: mientras unos se  arruinan, otros se enriquecen gracias al coronavirus.

Estaba hablando de enfermos que mueren en los hospitales. ¿Con tantísimo dolor? Creí que ya existen fármacos que eviten ese padecimiento

En uno de los muchos programas de televisión en los que opina todo bicho viviente sobre la pandemia y sobre las vacunas y sus clases –me vacuno todos los años contra la gripe y jamás se me ocurrió preguntar sobre la marca del laboratorio que las fabrica y  comercializa-, preguntaron a una enfermera –que esos profesionales sí que saben- sobre la cabalgada del final del estado de alarma. Indignada, la enfermara hizo un recordatorio de las personas que estaban en las camas de los hospitales y en las UCIs, y de qué supone ser víctima del coronavirus. Dijo que esos que se juntaban sin mascarillas y sin guardar las distancias deberían ver morir con tantísimo dolor a los enfermos de la covid-19. Y me sorprendieron esas dos palabras: “tantísimo dolor”. Estaba hablando de enfermos que mueren en los hospitales. ¿Con tantísimo dolor? Creí que ya existen fármacos que eviten ese padecimiento. Y si no hubiera fármacos capaces de evitar el sufrimiento inhumano, ¿estaría o no justificada la ley sobre eutanasia?

Debate sobre una coleta

En un telediario de TVE de las 15 horas de la semana pasada, la presentadora comunicó el sumario del informativo. Una de las noticias de las que tendríamos conocimiento sería –oh sorpresa- la del corte de coleta de Pablo Iglesias. No podía creer que estuviéramos en un telediario de la televisión pública. Miré bien para cerciorarme de que estaba viendo un informativo y no un programa de moda, estilismo y cotilleo. ¿Qué necesidad tenemos los españoles de saber si quien fue el líder de un partido que ha hecho realidad el refrán que dice “arrancada de caballo andaluz, parada de burro manchego”, se ha cortado o no el pelo? Ahí andan los tertulianos devanándose los sesos para conocer el significado de dicho esquilado . Cuando Pedro Sánchez le dijo a Pablo Casado que “se le estaba poniendo cara de Albert Rivera” y el líder del PP le espetó que al presidente del Gobierno se le estaba poniendo cara de Zapatero, pensé que, tal vez, Iglesias decidió pasar por la peluquería para parecerse a Íñigo Errejón.

Y, por último, asisto al debate sobre la posibilidad de que el Tribunal Supremo unifique doctrina y –oh sorpresa- sean los Tribunales de Justicia los que decidan si se puede o no declarar estados de alarma desde las competencias atribuidas a las Comunidades autónomas. La Constitución española declara solemnemente en su artículo 1 que “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho”. Visto lo visto y oído lo oído, sería conveniente cambiar esa redacción para que se escriba que “España se constituye en un Estado social y democrático judicial”.