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Miquel Giménez

Opinión

El vértigo de la azotea

20 de septiembre de 2017
20 de septiembre de 2017 EFE

Tuvo miedo. Así lo ha declarado doña Montserrat del Toro, secretaria del juzgado número trece de Barcelona, retenida en la Consellería de Economía el 20 de septiembre del 2017. Se asomó a la azotea del edificio y el abismo le devolvió la mirada.

La hemos escuchado referir su peripecia con tono aparentemente calmado, pero, tras sus palabras, hemos atisbado el horror, el auténtico horror. De pie, en la azotea, relata que vio a la muchedumbre que rodeaba la sede de la Consellería cuyo titular era Oriol Junqueras. Y sintió el escalofrío del vacío, de la enorme distancia que distaba entre ella y el suelo, pero también del terrible salto que media entre lo real y la pesadilla, entre la ley y la masa ululante.

La señora del Toro representaba en aquel momento la lógica dimanada de una razón cartesiana, de la metodología judicial, mientras que sus secuestradores no eran más que el grito de la turbamulta, la sinrazón de las masas. En la sala del Tribunal Supremo hemos visto como algunas personas de las juzgadas sonreían cínicamente al escuchar su relato. Les debe parecer gracioso que una persona, en el ejercicio del cumplimiento de su deber, valore la posibilidad de pedir auxilio y que la evacuen en helicóptero. Las redes sociales, ese vertedero al que van a vomitar a diario todos los malnacidos sin entrañas, se cebaban en ella a propósito de esto. Los lazis no se acuerdan de cuando Artur Mas o Nuria de Gispert tuvieron que verse en las mismas circunstancias porque la masa de indignados por los recortes sociales rodeó el Parlament. Entonces aquello les debió parecer muy serio y muy digno. Pero, lo que venimos repitiendo en estos escritos, cuando el mal cae en casa ajena, solo es motivo de burla cobarde, hijoputesca, ruin.

“Tuve preocupación durante todo el día y tuve miedo a partir de las nueve y media de la noche cuando vi lo que había fuera”, repetía la señora del Toro ante la mirada grave de fiscales y jueces

“Tuve preocupación durante todo el día y tuve miedo a partir de las nueve y media de la noche cuando vi lo que había fuera”, repetía la señora del Toro ante la mirada grave de fiscales y jueces. Lo que había fuera, la masa que pudo ver, horrorizada, desde la azotea, era un maremoto de odio, una ola rugiente de supremacismo, de furia, de violenta barbarie. Las consignas que escupía aquella muralla humana se debieron estrellar en los oídos de esa funcionaria judicial como auténticos cañonazos, heraldos del ideario totalitario de quienes las gritaban, borrachos de fanatismo. “No saldréis”, “Votaremos, votaremos”, “Fuera las fuerzas de ocupación”, “Puta España” e incluso la hórrida tonada terrorista “Viva Terra Lliure”. Todo eso brotaba de las, según el relato oficial separatista, pacíficas gargantas de aquellos orates.

Que el suceso finalizase sin heridos, sin muertos, sin disparar un solo tiro, no exime que allí no hubiese violencia, y mucha. Lo anteriormente descrito violencia es, y de la peor jaez, la que se perpetra en desproporcionada masa contra unos pocos individuos. Violencia es porque se impide a la justicia ejercer su labor. Violencia es porque se retiene a personas en contra de su voluntad. Violencia, sedición y traición son que la policía autonómica no fuese capaz de imponer la ley y dejar salir a la comitiva judicial a la primera. Violencia es que Sánchez y Cuixart se reuniesen con el teniente de la Guardia Civil para negociar la salida sin que se llegase a ningún acuerdo. Violencia es que Junqueras entrase y saliese de la Consellería y que varias personas de su entorno hicieran lo propio, controlado todo ello por unas personas anónimas que no eran policías, mientras allí había personas retenidas en contra de su voluntad. Todo aquello fue violencia, rebelión, sedición, tumulto, pero también algo más. Fue el leviatán que se mostraba por primera vez a los ojos de quien quisiera verlo en su espantosa y terrible naturaleza, sin máscaras, a cuerpo. Cuixart gritando que aquella gente saldría cuando ellos quisieran es lo más terrible de aquel episodio. Se habían hecho los dueños de la calle sin ampararse en otro derecho que el de la superioridad de la masa, despreciando toda ley y todo precepto. Ese es el abismo al que se asomó doña Montserrat aquella noche, el que se retorcía como un enorme gusano por la Rambla de Cataluña entre espasmos totalitarios, repleto con el oscuro y secreto deseo de venganza. Es un gusano peligroso, pues acumula en su interior todas las toxinas que albergan los envidiosos, las mediocridades, los acomplejados, los que saben que no serán jamás nada si no es amparados en la violencia y la estupidez.

Es forzoso decirlo: hubo violencia y mediocridad, hubo algarada, secuestro, complicidad con la turba por parte de autoridades civiles y policiales, pero también existió esa mediocridad cutre que caracteriza a todo el proceso. Su peor pecado es el de carecer de brillantez alguna, siendo solo unos estultos, unos autómatas que solo responde a la primaria programación a la que han sido sometidos. Con escupir a la policía, gritar como orangutanes y acosar en Tuiter a las buenas gentes obtienen su orgasmo primario.

A mí también me hubiera dado miedo, mucho miedo, ver que gente así estaba rodeándome. Piense, sin embargo, doña Montserrat, que usted estaba y está a mucha altura por encima de ellos. Usted, en la azotea, ellos a ras de suelo. Eso es lo que tiene saberse del lado de lo correcto. Da altura moral.



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