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Félix Madero

Opinión

La verdad de Cayetana no gusta, pero es la verdad

Suele actuar de dique ante el disparate y suele avisar cuando el ataque se va a llevar por delante cosas que difícilmente podremos reponer

La portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados, Cayetana Álvarez de Toledo
La portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados, Cayetana Álvarez de Toledo

A estas alturas no creo que haya nadie por aquí con un poco de información que crea que Cayetana Álvarez de Toledo está en política para caer bien, abanicar las orejas de Casado, y mucho menos para que la quieran. 

"Estoy en política para que me quieran", me dijo un día Pepe Bono, al que le costaba entender que el mundo de los aprecios es cosa que no reside en la política. Ni en la de antes, y menos en la de ahora, en la que a la ausencia de aprecios se le añade el total desprecio por el respeto de quien no piensa igual. Te despachan rápido con esa fanfarria de eres un fascista, o machista o que votas a Vox, y ahí te quedas. Unos cuantos damnificados conozco que se pasaron la vida votando al PSOE y ahora por arte de magia son, según esta dirigencia inconsciente y ágrafa que nos manda, unos fascistas de tomo y lomo.  

Supongo, porque no la conozco personalmente y conviene que quede claro esto, que Cayetana Álvarez de Toledo ya va al Congreso, y especialmente a la calle Génova, bien querida por su familia y amigos. De la portavoz del PP molesta y mucho la arrogancia con la que habla y te mira, incluso cuando la ves desde la televisión. A mí me recuerda ese cuadro de Rafael Sanzio que hay en el Prado de un cardenal muy joven que te está mirando te muevas como te muevas. Igual da que te pongas enfrente que a la derecha o te alejes del cuadro. Te mira con insolencia. Y no es una mirada agradable, porque parece que lo que busca en ti es un pecado, una falta, un renuncio. 

La mirada de Cayetana

No digo que los ojos de Cayetana sean los de este cardenal sin nombre que pintó Rafael en 1510, por cierto, con una paleta que ya quisieran algunos en este siglo. No lo digo, pero sus miradas escrutadoras son muy parecidas. El príncipe de la Iglesia busca en quien le mira un pecado, una falta. La mirada de Cayetana detecta con descarada facilidad y sin ninguna piedad a un imbécil, a un populista, a un mentiroso o a un demagogo. Lo diré así: a un gilipollas. Y claro, no suele gustar sea este un ministro, sea un compañero de su partido, sea un periodista de la más trasnochada y ordinaria gauche divine madrileña.

Cayetana tiene un problema: que o no le importa o no quiere asumir. Su cargo de portavoz no es su voz, por muy importante que sea, es la de 89 diputados, por muy poco importantes que sean estos, tan animosos y dúctiles a votar lo que se les diga. Pero es ahí donde se desangra. En los comentarios de los suyos. Los que se rasgan las vestiduras porque Cayetana está más en Vox que en el PP, aunque luego en la larga sobremesa, y a veces con un trago entre medias, terminen dándole la razón. Incluso hay quien ha terminado asegurando que dice lo que otros piensan y no se atreven a decir en el Grupo, algo que a esta feminista amazónica le debe de traer al pairo. 

Sucede que no hay éxito sin envidia. Sobre todo para quien se expresa en un castellano más que correcto y además habla y escribe de lo que sabe, porque lo sabe

Asegura Quevedo que la envidia es tan flaca y amarilla porque muerde y no come, y desde ahí se entiende este vicio tan nuestro de denostar aquello que no tragamos, incluso cuando a quien no tragamos está diciendo cosas sensatas. Y en mucho casos la verdad. A veces la única verdad posible. Que sea una mujer que no hace nada para caer bien quien las diga no le quita valor y rigor. Sucede que no hay éxito sin envidia. Sobre todo para quien se expresa en un castellano más que correcto, pero con un acento que a algunos molesta. Para quien se apellida Álvarez de Toledo y además habla y escribe de lo que sabe, porque lo sabe, la envidia es ya una vieja compañera que sabe tratar. 

Contra el feminismo mojigato

Puede que la portavoz del PP sea el diputado mejor preparado de la Cámara Baja, pero eso aún no lo han descubierto en el Grupo de la que es portavoz. La semana pasada dijo que si ella hubiera sido ministra de Igualdad y su marido sale en su defensa cual macho alfa, lo mandaría al sofá, que es una manera distinguida de mandarlo a otro sitio que no hace falta señalar. Es exactamente lo que pensamos muchos. Es justo lo que piensan sus compañeros en el Congreso, pero es ella la que lo dice. No hay peor machismo que el que ejerce Iglesias en defensa de la mujer a la que ha hecho ministra porque le ha dado la gana. Y por nada más. Asegura la portavoz que hay un nuevo feminismo mojigato y vengativo que busca un enfrentamiento identitario entre mujeres y hombres. Lo piensan tantos, lo verbalizan tan pocos con claridad y buen juicio.

Cada día que pasa este país se traga una rueda de molino. Sea con Cataluña, con el gobierno bis de Podemos, con la forma en que Sánchez alegra a golpe de millones al PNV, con la manera en que el Gobierno permite la erosión de la unidad de España, con la humillación al idioma común que es el castellano y dejará de ser lengua vehicular en varias autonomías, y así hasta no parar. Cayetana Álvarez de Toledo suele actuar de dique ante el disparate, y suele avisar cuando el ataque se va a llevar por delante cosas que difícilmente podremos reponer. No gusta su manera de hablar, de mirar, de pensar. Pero dice la verdad que nadie le refuta con argumentos. Es la verdad de Agamenón y la de su porquero juntos. Una verdad circular. Y a mí que me parece que la envidia es el peaje que paga por su distinción. Desde luego, en el caso de la portavoz del PP con toda seguridad.     

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