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Jose Alejandro Vara

Opinión

El 'valle de los caídos' de Pedro Sánchez

La escalada hacia el poder deja muchas víctimas en el camino. Piezas desechadas en el trayecto hacia la gloria. Compañeros de aventura, camaradas de ruta, amigos del alma

El líder del PSOE, Pedro Sánchez
El líder del PSOE, Pedro Sánchez EFE

Dijo Herrera de Carmen Martínez Castro que había logrado que Mariano Rajoy “parezca Cary Grant”. Dicen en el PSOE que Maritcha Ruiz Mateos ha conseguido hacer de Pedro Sánchez un presidente del Gobierno. Valgan las hipérboles. Ambas han dirigido, intensa y afanosametne, la relación de sus ‘jefes’ respectivos con los medios. Y ambas han cambiado súbitamente de estatus. Carmen ha dejado la Moncloa y Maritcha no ha entrado en ella.

El gobierno ‘bonito’, ‘cool’ o ‘friendly’ de Pedro Sánchez, que de todo lo llaman, no es tan ‘friendly’. Al menos, en él no han entrado todos los amigos. Han logrado cartera algunos fijos, como Carmen CalvoJosé Luis Ábalos. Nunca aspiró a ello Adriana Lastra, que se queda en el Congreso a pastorear el grupo parlamentario. Pero se han registrado dos bajas que han provocado particular estruendo. Al menos, en el ámbito más íntimo del presidente. Maritchu y Juanma Serrano son los caídos más reseñables de la gran movida. Un sorpresón, comentan algunos de los conocedores del enojoso trasiego.

Eran las figuras imprescindibles en el círculo de confianza de Sánchez. Los llamaba ‘los loquitos’ y los ‘zumbadillos’. Cuando  la vieja guardia de Ferraz optó por arrojarle por la ventana, en aquella tumultuosa jornada de la que Pablo Iglesias, el fundador, aún no se ha repuesto, Maritcha y Serrano recogieron las piltafrillas de lo que quedaba del hasta entonces secretario general y comenzaron un paciente y minucioso proceso de reconstrucción.

El gobierno ‘bonito’, ‘cool’ o ‘friendly’ de Pedro Sánchez, que de todo lo llaman, no es tan ‘friendly’. En el núcleo duro del presidente hay ausencias muy sonadas"

Sánchez, bien es sabido, apenas gozaba del respeto y el reconocimiento de sus compañeros. “El guapo”, le llamaban, quizás sin intención de alabarlo. Era el monigote que colocó Susana Díaz en el vértice del partido para que le guardara el sillón. Cosa de meses, se decía. Maritcha y Serrano, entre algunos pocos, le convencieron de que podía dar todas las batallas, de que podía proponerse escalar la cima, de que podía plantarle cara al más pintado. Nació entonces el ‘no es no’, un eslógan de fácil consumo entre la militancia por ir dirigido contra Mariano Rajoy, el personaje más detestado por el socialismo. Sucumbió a dos elecciones generales, con los resultados más desastrosos de la historia del PSOE. Le echaron del cargo y abandonó el escaño. Todos le daban por muerto. Sánchez había pasado al otro barrio.

Es entonces cuando el comité de los ‘loquitos’, de los ‘zumbadillos’, con Maritcha y Serrano al frente, más alguno otro como Margarita Robles, Adriana Lastra y el omnipresente Ábalos, entre otros, decidieron que el combate no había terminado. La aventura se narra en clave de épica. Sánchez, a bordo de su utilitario, emprendió un peregrinaje por las carreteras secundarias de España, casa del pueblo tras casa del pueblo, convenciendo a la militancia de que Susana Díaz era del PP y de que el PSOE debía retornar a sus raíces, a la izquierda, al combate, a la lucha social. Se disfrazó de podemita, torció el gesto, frunció el ceño y desenvainó la espada de la venganza.

Susana y Patxi López sucumbieron en la refriega. Sánchez regresó a Ferraz, con sus fieles, con sus leales, con su círculo de confianza. Pasaban los meses. Sin acta de diputado y con escasos apoyos mediáticos, el PSOE se hundía. Naufragaba en las encuestas. Maritcha y Serrano, a su modo, entre dispersos y disparatados, mantenían enhiesta la moral de la tropa. Hasta que llegó su hora.

Maritcha Ruiz y Juanma Serrano son los caídos más reseñables de la gran movida, a pesar de que fueron ellos quienes recogieron los restos de Sánchez tras el Comité Federal en el que fue defenestrado"

Tan desesperada era la situación, tan en el subsuelo aparecía Sánchez en las encuestas, que resultaba imprescindible aferrarse al último salvavidas del Titanic. La moción de censura. Un arma poderosa con más retroceso que el cañón Berta. Si no se acierta en el blanco, el artillero puede morir en el intento. La estrambótica sentencia de la Gürtel, con una prosa hábilmente aliñada por el juez De Prada, servía la ocasión en bandeja. El resto, es historia.  Un gobierno de estrellas, como lo bautizó Nadia Calviño, ministra de Economía, se instaló en el poder ,y Pedro Sánchez, junto a Begoña y sus hijas, en la Moncloa.

La escalada al poder deja muchas víctimas por el camino. Todos los presidentes tienen su particular valle de los caídos. Piezas desechadas en el trayecto hacia la gloria. Compañeros de aventura, camaradas de ruta, amigos del alma. Maritcha seguirá en Ferraz como jefa de prensa.  Miguel Ángel Oliver, un enorme periodista, se ha hecho cargo de la Secretaría de Estado de Comunicación. Serrano ha encontrado hueco en un artefacto municipal, pedregoso y estéril. Iván Redondo, el gurú de moda, ha asumido la jefatura del Gabinete presidencial.

“Estamos preparados para la amistad, pero no para los amigos”. Maritcha y Serrano se quedaron al borde del despacho y con los pies colgando. Ignoraban quizás que Sánchez es de los que piensan, con Graham Green, que “quien acata un lazo está perdido”.



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