A mediados de diciembre, justo cuando se aprobó la primera de las vacunas, la de Pfizer, la UE se fijó el objetivo de que los países miembros tuviesen al 70% de su población vacunada para, como muy tarde, el mes septiembre. Todos los Estados miembros aseguraron que cumplirían ese objetivo o incluso lo superarían. La doliente realidad es arrancamos el mes de abril con una tasa de vacunación parcial del 16% y avanzando a pasos de tortuga. ¿La razón? Algo muy sencillo de explicar, no hay vacunas suficientes por lo que tienen que racionarse.

Curiosamente, la Unión Europea no necesita importar vacunas, las produce en grandes cantidades dentro de su territorio. La primera de todas en presentarse allá por el mes de noviembre, la de Pfizer-BioNtech fue desarrollada por un laboratorio alemán y se fabrica en Bélgica. Las de AstraZeneca y Moderna también se fabrican en Europa, pero aproximadamente la mitad de la producción abandona la Unión. Vayamos a los números. En la Unión Europea a fecha de hoy se han administrado unos 95 millones de dosis y unos 85 millones se han exportado a otros países, básicamente a Estados Unidos y el Reino Unido. Aproximadamente dos tercios de todas las vacunas administradas en el Reino Unido hasta ahora se han fabricado dentro de la UE.

No han dimitido, naturalmente, ni siquiera han pedido perdón. El día que un comisario europeo se disculpe por algo habrá que declararlo festivo porque el alto clero de la eurocracia es, como el del Antiguo Régimen, intocable

Cuando el año pasado los principales laboratorios avanzaban en el desarrollo de sus respectivas vacunas, los gobiernos se afanaron en tomar la delantera y asegurarse los envíos. Tanto Washington como Londres tiraron de chequera y exigieron a las farmacéuticas unas fechas de entrega concretas que habrían de cumplir so pena de gravosas indemnizaciones. En Bruselas, entretanto, estaban a otra cosa. Llegaron tarde a negociar y, cuando se sentaron, negociaron mal. Se puede señalar con el dedo a los responsables: Ursula von der Leyen y su comisaria de salud, la chipriota Stella Kyriakides. No han dimitido, naturalmente, ni siquiera han pedido perdón. El día que un comisario europeo se disculpe por algo habrá que declararlo festivo porque el alto clero de la eurocracia es, como el del Antiguo Régimen, intocable, dispone de fuero propio y hay que dirigirse a ellos con una reverencia. Su sistema de elección es tan indirecto y enrevesado que se perciben a sí mismos como una suerte de demiurgos infalibles cuyo carácter es poco menos que sagrado.

A lo más que han llegado es a pedir medidas proteccionistas para tratar de embadurnar con quejas su propia imprecisión. Hace unos días instaron al Consejo para que controle la exportación de vacunas mediante un plan que contempla interrumpir las exportaciones a países que no están exportando a la Unión Europea, y bloquear las entregas a países que han vacunado proporcionalmente a más personas que la UE. Es el caso del Reino Unido y Estados Unidos, cuyas tasas de vacunación se sitúan ya en torno al 50%.

Permiso previo

Las empresas que deseen exportar vacunas desde la UE deben solicitar un permiso previo, lo que implica papeleo adicional y retrasos. Vemos así como el campeón del libre comercio, el martillo pilón del trumpismo se enfanga en medidas típicamente bolivarianas cuyo único fin es tapar la incompetencia de sus políticos. Como no hay nada más atractivo que buscar culpables de los errores propios, a principios de marzo Italia bloqueó la exportación de 250.000 dosis de la vacuna de AstraZeneca con destino a Australia. Incluso los Países Bajos, un país esencialmente comercial que se desgañita pidiendo mercados abiertos, dice estar listo para evitar la exportación de la misma vacuna a la vecina Gran Bretaña si fuese necesario.

Estados Unidos, por su parte, no permite exportar vacunas, al menos mientras dure la emergencia sanitaria. El Gobierno de Trump incluyó cláusulas en los contratos de adquisición de vacunas que prohibían la exportación. Una medida de precaución reforzada después con una ley al efecto que impide que las vacunas y muchos de los ingredientes necesarios para fabricarlas salgan del país. Se ha dado la circunstancia de que la vacuna de AstraZeneca, que aún no ha sido autorizada por la FDA pero que se fabrica en plantas estadounidenses, se acumula en almacenes porque no puede ser exportada.

El propio Reino Unido podría, por ejemplo, frenar la producción de la vacuna de Pfizer ya que uno de sus ingredientes básicos, un lípido específico e imprescindible, se fabrica en una empresa del condado de Yorkshire

Si la Unión Europea actuase del mismo modo con Estados Unidos la producción mundial de vacunas se vería afectada y terminaría por no haber vacunas para nadie. Las consecuencias de la ley del Talión aplicadas a las vacunas serían trágicas. No es de extrañar que la canciller Angela Merkel advirtiese la pasada semana de que Bruselas debía tomarse con calma las prohibiciones de exportación ya que la cadena de suministro es más larga y compleja de lo que parece a primera vista. El propio Reino Unido podría, por ejemplo, frenar la producción de la vacuna de Pfizer ya que uno de sus ingredientes básicos, un lípido específico e imprescindible, se fabrica en una empresa del condado de Yorkshire. En un mundo globalizado como el nuestro, cualquier injerencia política en la actividad comercial se nota en el acto ya que los componentes del producto más insignificante se manufacturan en diferentes lugares y termina ensamblándose en otro. El caso de Pfizer es paradigmático. Su vacuna fue desarrollada a caballo entre Estados Unidos y Alemania, se fabrica en varias plantas a ambos lados del Atlántico e incluye ingredientes que provienen de otras tantas fábricas.

El origen del problema

Pero Pfizer no es motivo de debate. Por el momento solo AstraZeneca está en la mirilla de la UE en lo que toca controles de exportación. La empresa farmacéutica anglo-sueca se ha quedado muy por detrás de su producción prevista. Había acordado suministrar 300 millones de dosis en la primera mitad del año, pero solo entregará 100 millones. Esto ha desatado la ira en Bruselas. Von der Leyen bramó exigiendo a la compañía que cumpliese su contrato antes de exportar a otros países. Pero el origen del problema fue suyo. Cuando cerró el contrato con AstraZeneca a finales de agosto no exigió que la producción comunitaria se destinase a la Unión, se conformó con una coletilla que incluyeron los abogados de la empresa en la que aseguraban que pondrían sus “mejores esfuerzos” en cumplir. Sus “mejores esfuerzos” se han traducido en derivar la producción hacia el Reino Unido donde si tenían penalizaciones en caso de no entregar la cantidad acordada. En Bruselas nadie se lo exigió, un caso de amateurismo tan flagrante y con unas consecuencias tan graves que debería haber costado ya la cabeza a Von der Leyen y a Kyriakides. No lo veremos, naturalmente, en Bruselas nadie se disculpa y, menos aún, dimite.

Desde que comenzó la carrera de la vacuna, las empresas farmacéuticas han invertido muchos millones de euros en aumentar su capacidad de producción en todo el mundo para mejorar el suministro. Gran parte de esa inversión se ha destinado a las fábricas europeas. Aquello se hizo asumiendo que el bloque comunitario no ponía pegas a la exportación en los contratos. Todo un regalo que las empresas han aprovechado para producir en territorio europeo millones de dosis destinadas al mercado mundial.

Lo más caprichoso de todo es que hace sólo unos meses Von der Leyen se ponía muy campanuda prometiendo liderar ella solita la lucha contra la covid. Anunció la creación de un grupo internacional para promover la cooperación global en todo lo relacionado con las vacunas, mientras exhibía la iniciativa Covax junto a la OMS para que a ningún país del tercer mundo le faltase la vacuna. La realidad le ha dado un buen mordisco. Los europeos, sus súbditos, observan con envidia e impotencia las elevadas tasas de vacunación en Estados Unidos, Gran Bretaña, Israel y otros países a los que en Europa se suele mirar por encima del hombro como Serbia, Marruecos, Turquía o Chile. Observan también como salen cada día millones de dosis hacía lugares como Australia en los que la incidencia es mínima y las restricciones internas también.

En Europa, entretanto, la Semana Santa ya se ha perdido. Para algunos países como Italia, España y Grecia esto es una auténtica tragedia económica. El turismo supone el 13% del PIB italiano, el 14% del español y el 21% del griego. Si bien los diferentes Gobiernos han anunciado que las fronteras para los turistas están abiertas, nadie confía en que éstos vengan en la cantidad necesaria. Para viajar dentro de la UE son necesarias pruebas PCR y proliferan las restricciones de todo tipo en hoteles y restaurantes. Viajar de Fráncfort a Málaga es una carrera de obstáculos que empieza en la propia escasez de vuelos programados y continúa por la infinidad de controles que el turista debe atravesar antes, durante y después de su viaje. En Bruselas, entretanto, siguen tocando la lira mientras Roma arde por los cuatro costados. Llevan semanas dando vueltas a la idea del pasaporte inmunitario, algo que facultaría a quienes ya tienen las dos dosis administradas a moverse sin cortapisas y evitar muchas de las restricciones. La realidad es que son muy pocos los europeos menores de 75 años que están vacunados, luego ese pasaporte hoy por hoy sólo serviría para la tercera edad y ni siquiera toda.

Las autoridades locales y regionales asumen que no habrá vacunas durante aún mucho tiempo y, ante el repunte de casos, han vuelto a interpretar la misma partitura de hace un año: alarma mediática, limitaciones en la movilidad y distanciamiento social por decreto. Justo lo contrario de lo que está sucediendo en Estados Unidos, Israel o el Reino Unido donde las restricciones o se han levantado o lo harán a lo largo del próximo mes. Ese es el gran fracaso europeo y nada lleva a pensar que podrán enmendarlo de aquí al verano.

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