Opinión

Con ustedes, el presidente del Gobierno

Su atrevimiento le llevaba a garantizar la estabilidad del Gobierno, cuando depende de unos apoyos parlamentarios en vaivén, prestados por reducción al absurdo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE/ Emilio Naranjo

Érase una vez un presidente del Gobierno, digamos que Pedro Sánchez, buscando los apoyos necesarios para los Presupuestos Generales del Estado. Entonces, volando de La Mareta a Doñana para cambiar de aires, pensó que los lograría mejor valiéndose de la estrategia de la aproximación indirecta de Liddell Hart como le proponían sus asesores áulicos. De modo que, a la vuelta de las vacaciones, el lunes 31 de agosto, consideró que sería la ocasión propicia para articular una convocatoria dirigida no a muchos llamados sino a unos pocos escogidos. Serían lo mejor de  cada casa, como los amigos atorrantes de Serrat en la canción. A saber, los capos del IBEX, los agentes sociales de ambas vertientes patronal y sindicatos y los veintitrés ministros del Gabinete.

Así que se calzó las botas de siete leguas y se encaminó a Casa América, sin venir a cuento. La escenografía, un calculado espectáculo de luces y sombras. Toda la luz para el protagonista. Todas las sombras para sus invitados, que componían una audiencia cautiva. Minimalismo en el escenario para evitar distracciones. Del productor al consumidor, de la boca de Pedro Sánchez a la oreja de sus invitados, sin aditivos ni conservantes. Nada de power point ni de proyecciones estáticas o con dibujos animados de tanta ayuda para sostener la atención en el curso de una conferencia. Su título, España puede. Su mensaje, la unidad que le es debida.

Así que, una vez ocupadas las butacas disponibles, con respeto escrupuloso a la separación prescrita entre ellas, estando todo en oscura penumbra y silencio religioso, por megafonía se escuchó una voz que dijo: con ustedes, el presidente del Gobierno. Los connaisseurs la identificaron al instante, de modo indudable, era la del secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, quien para no restar un ápice de protagonismo al protagonista hablaba, sin dejarse ver, desde los entrebastidores. A continuación, apareció Pedro Sánchez. Se situó detrás del atril. Fue leyendo el texto de su conferencia con la ayuda imperceptible de los telepronter, situados a izquierda y derecha. Así inducía en el respetable la impresión de que estaba hablando sin papeles.

Las únicas referencias explícitas fueron dedicadas al Gobierno, subrayando siempre que era el primero de coalición. El director de Casa América y el presidente del Instituto Cervantes fueron mencionados por sus cargos, sin llegar a pronunciar sus nombres. Hubo otras alusiones genéricas a los agentes sociales, a la Unión Europea y a los acuerdos sobre fondos varios para la recuperación de la pandemia. Fueron 52 minutos, sin prisa pero sin pausa, con el ritornello de la unidad, la ponderación de sus virtualidades y las advertencias sobre el estigma que marcaría a quienes rehuyeran sumar sus fuerzas a la convocatoria que, tan generosamente, hacía a todos sin exclusiones, ni obligaciones para nadie de abjuración alguna. El doble objetivo era lograr la aprobación del proyecto non nato de los Presupuestos Generales del Estado y culminar la operación desengaño, desalentando la ensoñación de próximas  elecciones.

Legislatura larga con cuarenta meses por delante, dijo con regodeo. Su atrevimiento le llevaba a garantizar la estabilidad del Gobierno, cuando depende de unos apoyos parlamentarios en vaivén, prestados por reducción al absurdo, igual que se alcanza la solución de algunos problemas en matemáticas.

La conferencia España puede del lunes 31 en Casa América era, en suma, un ejercicio de precalentamiento antes de la ronda de encuentros con los líderes de las fuerzas parlamentarias señalados en la agenda de esa misma semana. Se trataba de acomplejar a los peperos de Génova. Hablaba a los empresarios para que el líder del PP entendiera que de urnas nada, que lasciate ogni speranza de avistarlas. El espectáculo subsiguiente era un desfile donde se veía:

a Pablo Manuel Iglesias, con nuevo peinado de moño recogido, siguiendo la curva del perro a la que se refería Trotsky en su biografía de Vladímir Ilich Uliánov, al ponderar "la prodigiosa curva que describe la línea recta de Lenin", y ganando poder según pierde electores y se lo rifan en los juzgados;

a Pablo Casado resistiéndose al trágala y buscando resquicios que le eviten desmerecer ante el público;

a Inés Arrimadas explorando unos Presupuestos que infunden sospechas por sumar a un Podemos, imputado pero matón, aferrado a posiciones fiscales y laborales antagónicas, y advirtiendo a Sánchez de que la suma de Ciudadanos exigiría restar tanto a Esquerra Republicana de Cataluña como a EH Bildu;

a Gabriel Rufián exigiendo como requisito previo para negociar los Presupuestos que se retome la mesa de diálogo entre Gobierno y Generalitat a mediados de septiembre, cuando todo apunta que el Tribunal Supremo confirmará el 17 de septiembre la condena por desobediencia de Quim Torra, y vetando a Ciudadanos.

O sea, que los vetos cruzados que se anuncian nos devolverían a la casilla de salida.  Y el pueblo, como en el romance de Felipe Mellizo, "todo contento, de ver tanta maravilla". Continuará.

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