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Manuel Alejandro Hidalgo

Opinión

Una idea de Europa

La mayor amenaza futura para un español, un francés o un finlandés es la ruptura del consenso europeo. No me refiero a una unión de mercados, sino de ciudadanos; una idea por la que algunos pelearemos

Imagen del pleno del Parlamento europeo
Imagen del pleno del Parlamento europeo EFE

La historiadora Mary Beard, en su maravilloso ensayo sobre la historia de Roma, “SPQR: una historia de la antigua Roma”, nos cuenta entre otras muchas cosas las razones que llevaron a una insignificante ciudad del centro de la península Itálica a dominar en pocos siglos una porción importante del entonces mundo conocido en Occidente. Bajo el estandarte del Senado y de los emperadores, Roma unió bajo su mando a la Europa mediterránea y se adentró hasta las puertas de la hoy Escocia y centro de Alemania. Trajano llegó hasta Dacia y con él y sus inmediatos sucesores el Imperio alcanzó su máximo apogeo en muchos sentidos. Media Europa, especialmente la meridional, quedaba unida bajo el mando de los césares.

Cuenta Beard que este logro no fue consecuencia de un plan meditado de conquista. Simplemente se dieron las circunstancias propicias, y muchas de ellas muy alejadas de este resultado final, como su particular sistema político, su inusual hasta entonces política de asimilación de los vencidos y, por supuesto, su potencia militar, pero esto último solo una vez Roma alcanzó un tamaño crítico.

Esta conquista fue eminentemente a sangre y fuego. No obstante, en el libro encontramos pasajes de gobernantes de pequeños reinos o de jefes tribales galos que optaron por pasar a ser simples vasallos, en un inicio, para luego ceder la soberanía total de su territorio al Imperio sólo por razones prácticas. En estos casos, estos pequeños reinos o grupos tribales fueron simplemente absorbidos en deseo de unos habitantes (o mejor dicho, sus gobernantes) en busca de una vida mejor. De todos es sabido que la vida en el Imperio Romano está lejos de lo que hoy podríamos considerar un patrón aceptable de bienestar, pero existen registros y escritos que demuestran, según Beard, que frente al caos y la guerra con vecinos y enemigos se prefería la seguridad que parecía el Imperio podía asegurar, en especial entre los siglos I y II d.C.

El suicidio de Europa se produce entre 1914 y 1918, pero solo al finalizar la Segunda Guerra Mundial resurge la idea de un solo destino

Esta misma idea la desarrolla Ian Morris en un apasionante libro que no dejará indiferente a nadie. En su “Guerra. ¿Para qué sirve?”, Morris nos cuenta cómo a lo largo de los siglos los Estados fueron surgiendo, desarrollándose e incluso algunos engrandeciéndose en gran parte gracias a guerras y conflictos, con incontables víctimas, pero con consecuencias finales muy paradójicas. Para Morris, los nuevos leviatanes nacidos del conflicto garantizaban una reducción de la violencia en sus entrañas, tanto mayor cuanto más elevado era el poder del Estado. Morris señala, haciendo referencia a numerosos trabajos arqueológicos, que la evidencia nos dice que las sociedades pre-estatales o tribales eran mucho más violentas que aquellas gobernadas por grandes Estados que imponían, eso sí, el monopolio de la violencia a cambio de una mayor seguridad general.

Esto podría explicar algunas tendencias en el continente europeo posteriores a la caída del Imperio Romano occidental. Por ejemplo, el mito imperial y la seguridad que este podría transmitir no desapareció, de tal modo que el día de Navidad del año 800 Carlomagno se convertía en el emperador de una renacida unidad, en esta ocasión concentrada en el norte europeo, dando continuidad, o así se quería creer, a la grandeza de los emperadores romanos clásicos en los ahora emperadores germánicos. Desde entonces, y durante más de ochocientos años, los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico -a veces ayudados por el Papado y otras, al contrario- buscaron la forma de ejercer una autoridad, en todo caso más litúrgica que fáctica, que les permitieran no solo controlar el devenir del continente sino de buscar esa ansiada unidad en códigos, leyes e incluso comercio. Es evidente que no se consiguió, pero el mito de un continente unido siempre estuvo latente y la figura del emperador era vista como el de un gobernante por encima del resto y que unido al Papa de Roma ejercían como valedores de lo que se podría llamar a la gran familia europea. El único gran “pero” a este ideal de unificación es que se pretendió llevar a la práctica, con Carlomagno el primero, haciendo uso de una enorme violencia. El método usado fue la guerra y, en algunos casos, la violencia extrema.

Un solo destino, un solo gobierno

Esta aparente identificación se va a quebrar en la Guerra de los Treinta años, conflicto bélico que con diferencia y hasta la Primera Guerra Mundial sería la contienda más sangrienta y dolorosa vivida en Europa. Las razones esgrimidas fueron religiosas, pero la de base fue la de superar definitivamente el interés del Imperio (la Casa de Habsburgo) por tratar de ejercer un poder al conjunto de los estados europeos. La Guerra, si tuvo una consecuencia, fue la de modificar el paradigma de relaciones en el continente. De una supuesta relación de verticalidad Emperador/Papa-reyes, mutó a una relación de equilibrio con potencias dominantes, otras de segunda fila y finalmente estados de importancia mínima. Recomiendo la obra de Paul KennedyAuge y caída de las grandes potencias” para comprender en detalle la creación de este sistema de equilibrios. Las entonces dos grandes potencias, Francia e Inglaterra (Reino de Gran Bretaña posteriormente) se encargaron de asegurar este equilibrio inestable de dominio. Europa entra de este modo en una fase de elevada inestabilidad, con guerras recurrentes, como la primera guerra “mundial”, la de los Siete Años, y que hasta 1815 harán sangrar al Continente.

Eliminado el papel hegemónico de Francia en 1815, Gran Bretaña va a quedar como única gran potencia que buscará mantener un equilibrio entre potencias de segundo nivel que le aseguren su influencia en el Continente y el resto del Mundo. Las revoluciones, el auge de los nacionalismos -en particular el alemán- y la aparición de nuevos estados por el desmembramiento del Imperio Otomano en los Balcanes entierran la idea de una Europa unida, si es que alguna vez la hubo más allá de un mito o un anhelo basado en el poder y la dominación. El período que va desde 1815 hasta 1914 va a ser relativamente tranquilo, salvo excepción, de nuevo, de un intento de Rusia de modificar el statu quo en el Mar Negro o por el nacimiento de una Alemania, resultado de dos guerras casi consecutivas, una contra Austria (1866) y otra con Francia (1871). Con este nuevo protagonista en Europa, el escenario de equilibrios se rompe, dando lugar a un final de siglo XIX muy lucrativo para los estados europeos, pero de una tensión constante.

La Europa de hoy es el renacer de una idea ya gestada por los emperadores romanos y anhelada por los germánicos

Europa domina el mundo y vive su etapa de crecimiento más importante. La unidad política no existe, pero sí una sensación de gran familia europea. La anécdota la encontramos en que no menos de siete reinos de Europa a finales del XIX tendrían entre sus gobernantes a nietos y nietas de una sola reina, la Reina Victoria de Inglaterra, por ello apodada la abuela de Europa. Pero este equilibrio basado en potencias dominantes terminaría por llevar a Europa al suicidio. El suicidio se produce entre 1914 y 1918, pero no es asumido hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Es al finalizar la Segunda Guerra Mundial cuando resurge la idea de un solo destino y un solo gobierno para todos los europeos. Una nueva Europa nace de la necesidad. Una Europa que frente a la conquista y a la violencia que emplearon romanos y francos-germanos buscando la unificación del territorio continental y frente a un equilibrio pragmático pero inestable, en 1957 se buscó el consenso, el acuerdo, la colaboración y la amistad. ¿El resultado? No solo uno de los experimentos más fructíferos en la historia de colaboración pacífica de naciones, sino el período de la historia europea con un menor número de víctimas en conflictos.

La Europa de hoy es el renacer de una vieja idea. Una idea ya gestada, de forma fortuita pero irremediable por los emperadores romanos y anhelada por los germánicos varios siglos después, pero es a su vez una idea nueva. Alejada del conflicto y con una conciencia clara de aunar en ella a la gran familia europea. De los fracasos anteriores, motivados en parte por tratar de gestar uniones basadas en el hierro y la pólvora, hoy nos une una nueva idea. Hoy se llama Unión Europea y su razón de ser viene de un simple hecho: nace de la voluntad de los ciudadanos de Europa por ser uno, por ser iguales.

Es por ello por lo que la mayor amenaza que en el futuro podrá vivir un ciudadano de España, Francia, Austria o Finlandia es la ruptura de este consenso. No es una unión de mercados. No es un paraguas regulatorio. Ni siquiera es una moneda única. Es simplemente una unión de europeos; una idea por la que algunos pelearemos.

 *Agradezco los comentarios de Fernando Ramos Palencia y Jesús Ramos



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