Se extiende por la sociedad española la sensación desazonadora de que la cosa pública no va por buen camino. Cuando el presidente del Gobierno actúa de forma totalmente contraria a compromisos que adquirió solemnemente ante sus electores sin que el rubor asome a sus mejillas, cuando en la tercera parte del territorio del Estado una familia no puede escolarizar a sus hijos en la lengua oficial de ese Estado, cuando el Ejecutivo, que se supone ha de preservar la unidad, viabilidad, prestigio y prosperidad de la Nación, garantiza su estabilidad parlamentaria gracias a grupos que tienen como objetivo declarado la desaparición de esa misma Nación e incluye entre sus ministros a extraños seres que auspician leyes para que autodeterminemos nuestro sexo a voluntad u otros que están orgullosos de ser comunistas -que es algo así como pavonearse del asesinato en serie-, cuando en La Moncloa hay diez veces más asesores, unos quinientos mal contados, que en el número 10 de Downing Street y cuando asuntos de gran relevancia duermen el sueño de los justos durante cuatro, cinco o diez años en las gavetas del Tribunal Constitucional, por citar unos cuantos ejemplos, la alarma cunde, la angustia se agarrota y la desesperanza se apodera de buena parte de la ciudadanía.

He conocido a muchos cultivadores de la ciencia jurídica en sus diversas ramas y he de decir que los más avispados los he encontrado invariablemente entre los administrativistas

Pues bien, el que desee sistematizar y prestar rigor y completitud a este sentimiento difuso, racionalizarlo y conocer las reformas necesarias para que tal desastre tenga un cierto arreglo, ha de leer un librito de reciente aparición titulado Panfleto contra la Trapacería Política: Nuevo Retablo de las Maravillas, cuyos autores son dos destacados catedráticos de Derecho Administrativo, Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes, que cada vez que publican una obra, sea ésta académicamente sesuda o, como en el caso que nos ocupa, un análisis festivo-trágico de las trapisondas de nuestros gobernantes y responsables varios de altas instituciones, nunca decepcionan y combinan de manera magistral la ironía, la erudición, la riqueza de léxico, la inteligencia y el acierto en el enfoque. A lo largo de mi dilatada vida docente e investigadora primero y política después, he conocido a muchos cultivadores de la ciencia jurídica en sus diversas ramas y he de decir que los más avispados los he encontrado invariablemente entre los administrativistas. Aunque esta impresión mía puede ser fruto de la casualidad o encerrar un componente subjetivo, algo debe tener esta disciplina, en apariencia árida y poco proclive al adorno exuberante, que agudiza las mentes de sus especialistas.

El amotinamiento del separatismo en Cataluña

La factoría Sosa-Fuertes recorre sin acritud, pero sin piedad, los muchos defectos de nuestro sistema constitucional y político y coloca su potente lupa sobre nuestro modelo territorial; nuestra normativa electoral; el funcionamiento de los partidos, la colonización por éstos de los resortes del Estado, de la sociedad civil y de los medios de comunicación; el poder judicial; el funcionariado y la Universidad, deteniéndose con particular fruición en los temas de la corrupción, del amotinamiento separatista en Cataluña, del nivel de preparación de nuestra clase política y de la sobreabundancia legislativa, lacras todas ellas que frenan nuestro crecimiento, deterioran nuestra reputación como país y desmoralizan a los votantes.

Al igual que en el Retablo cervantino, los espectadores afirman ver prodigios inexistentes no por miedo a ser tildados de conversos o de bastardos, como hace quinientos años, sino por temor a caer en la incorrección política, antesala de la purga y de la cancelación. Francisco Sosa y Mercedes Fuertes, impermeables a esta disuasión totalitaria, diseccionan de forma inmisericorde el edificio institucional y político que hoy padece España y que es el fruto del desarrollo a manos de los dos grandes partidos nacionales de la estructura ideada con no poca ingenuidad en la Transición. La conclusión a la que llega el lector de tan inspirado Panfleto es que de la combinación del Estado de Partidos, la llamada partitocracia, y del Estado de las Autonomías, ha resultado un cóctel venenoso cuya letalidad hemos de corregir o nos arrastrará a la ruina y a la tumba y sólo quedará de nosotros los españoles, por utilizar la vívida imagen orteguiana, el polvo levantado por un pueblo que pasó galopando por la Historia.

Háganse sin tardanza con un ejemplar de esta obra porque recorriendo sus amenas páginas no solo disfrutarán de un castellano pulido amasado con frases redondas que recuerdan el lenguaje de nuestros clásicos del Siglo de Oro, sino que entenderán lo que nos pasa y qué hemos de hacer para salir del hoyo en que nos han metido décadas de imprevisiones, oportunismos, codicias, cobardías e ignorancias del PP y del PSOE. Al fin y al cabo, no nos engañemos, cuando la rana se ahoga tras el mortal aguijonazo del escorpión, la culpa no es del feroz arácnido, que sigue su atávico instinto, sino del fofo batracio por aceptar llevarlo en su lomo.