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Miquel Giménez

Opinión

El último cartucho

Joaquim Forn y Carles Puigdemont en una fotografía de archivo.
Joaquim Forn y Carles Puigdemont en una fotografía de archivo. EFE

La candidatura de Quim Forn desde la cárcel a la alcaldía de Barcelona es la última jugada de Puigdemont. No tiene compasión ni con los suyos.

El fugado de Waterloo ha desautorizado a Neus Munté, ganadora de las recientes primarias del PDeCAT, apuñalando por la espalda así a su antigua colaboradora. La lista de sus traiciones es inacabable. Ha decidido abjurar de su antiguo partido en favor de la formación que ha creado a su mayor honra y prez, la Crida. Ha acudido al Tribunal Constitucional en contra de Roger Torrent y la Mesa del Parlament. Ha bloqueado cualquier intento de sentarse a negociar los Presupuestos con el Gobierno de Sánchez. Tiene dividido al mundo separatista y exige fidelidad absoluta a todos. Ha arremetido contra Artur Mas, la antigua vieja guardia convergente y los sectores más moderados como el encabezado en el Congreso por Carles Campuzano. La última de sus acciones: forzar a Quim Forn para que se presente candidato a la alcaldía de Barcelona. Pretende forzar que se unan bajo ese paraguas todos los separatistas, dejando a Esquerra como unos traidores si no dan su apoyo al ex consejero de interior, actualmente en la cárcel.

A Puigdemont solo le interesan los presos cuando sirven a sus propósitos. Cuando no es así, los ignora olímpicamente como en el caso de Oriol Junqueras. A Jordi Sánchez lo ha instado a que encabece esa Crida que tiene su congreso constituyente este próximo fin de semana y que nace muerta al haberle dado la espalda el PDeCAT, que no quiere verse absorbido por esa opa hostil del expresidente. El dirigente de la neo convergencia David Bonvehí, dejaba claro que no se iba a admitir la doble militancia y que tampoco iban a integrarse en esa nebulosa urdida por cuatro iluminados.

Puigdemont quiere presentarse como el aglutinador del mundo estelado

Al pastelero de Amer todo eso le da igual, pues lo único que pretende es tener el máximo protagonismo. Con las municipales en Barcelona polarizadas entre Colau y Valls, además de la irrupción del fenómeno Bou, y el separatismo atomizado más que nunca, Puigdemont quiere presentarse como el aglutinador del mundo estelado. Aunque sea a costa de explotar a personas encarceladas, de cargarse a dirigentes como Marta Pascal, como la propia Munté, incluso si ha de llegar a enterrar para siempre a sus excompañeros convergentes. Si no sale vivo políticamente de estos comicios y Torra no consigue aprobar los presupuestos de la Generalitat, cada vez más lejos, la suerte estará echada para ambos.

Puigdemont ha basado toda su estrategia en el bluf, el doble lenguaje, la fanfarronería y, a la hora de la verdad, el temblor de piernas. Es difícil hallar un personaje más egoísta, de menor calidad humana y más retorcido en la reciente historia de Cataluña, incluyendo a Pujol. Al menos, el patriarca del nacional separatismo sabía ser fiel a sus amigos. Pero al de Bélgica no le importa usar y tirar a quien sea si con eso consigue sus propósitos.

Quim debería recordar que fue Puigdemont quien le ordenó volver de Bruselas, a sabiendas de lo que eso iba a significar

Porque, digámoslo ya, utilizar a Forn para intentar mantenerse en el candelero, es muy ruin, incluso para el expresidente. Quim Forn es una persona equivocada, pero humanamente buena. Es más, diría que incluso es ingenuamente buena. No habrá podido resistirse a la petición por parte de su exjefe, creyendo que está prestando un servicio a su causa. Tremendo error. Quim debería recordar que fue Puigdemont quien le ordenó volver de Bruselas, a sabiendas de lo que eso iba a significar. Fue Puigdemont quien agravó la situación de los presos con su huida, así como lo hicieron también Rovira y Gabriel. Es Puigdemont, en fin, quien perjudica a aquellos que están a la espera de juicio cuando, por boca de Torra, hace correr la especie de que, si no hay absolución, se volverá a la senda de la DUI.

A Forn lo están utilizando, como también utilizan a los separatistas que aún esperan un milagro, una luz, una esperanza, algo que corrobore que hay verdad en todo lo que se les prometió, que no existió falsedad ni improvisación. Ahí radica lo más bajo de los dirigentes del proceso, la contumacia en el engaño a su gente, a aquellos a quienes decían defender “hasta las últimas consecuencias”. En esas cosas debería meditar Quim Forn, porque mientras hace sacrificios en la cárcel, quien se los exige está cómodamente instalado en Bélgica dado órdenes. Qué miseria moral.

En el juicio deberían considerarse, a parte de los hechos delictivos, dos condiciones: la de quienes obraron con la mayor buena fe y aceptaron gallardamente sus responsabilidades, de la de aquellos que, a sabiendas de que todo acabaría en fracaso, se mostraron cobardes, felones, manipuladores. El último cartucho de Puigdemont es del mismo calibre que el primero: la deslealtad. No tan solo con la Constitución o con el resto de sus paisanos que no comparten sus ideas; hablamos de la peor de las traiciones, la que se comete contra tu propia gente. Contra un buen hombre encarcelado que puede agravar su causa por seguir ciegamente a un perfecto egoísta, por ejemplo.

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