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Juan José Laborda

Opinión

La última de Marías

La última novela de Javier Marías penetra en los dilemas morales que produce obedecer a un Estado legítimo

Javier Marías
Javier Marías EFE

Hay semanas, como ésta, en la que te refugias en la literatura de ficción, o al menos en las obras de creación que te ayudan a emigrar de tu presente. Creo que fue mi amigo Juan José Solozábal el que recordó una frase de Benito Pérez Galdós -el novelista que retrató la política de nuestro peor siglo diecinueve- que resume mi presente cuando me dispongo a escribir este texto: “La clase política española distraída en menudencias y chismorreos”.

Como en los últimos días leí “Berta Isla”, la última novela de Javier Marías, con ese magnífico pretexto esquivo la ardua tarea de escribir algo de nuestro acontecer inmediato, y me apresto, con osadía, a comentar lo que esta obra me ha parecido, y más que nada, lo que me ha suscitado.

Es una novela que atrapa el interés, que es bellísima en su escritura y en la construcción del argumento, y que expresa el sentido profundo que tienen tantas vidas de este siglo, y de nuestra civilización (¿cansada?, ¿decadente?), que Berta Isla condensa en la narración de Javier Marías.

Había descubierto que vivir en la certeza absoluta es aburrido y condena a llevar una sola existencia, o a que sean la misma la real y la imaginaria

La novela relata la vida de una madrileña, Berta Isla, casada con el amor de su juventud, otro madrileño de padre inglés, que tiene que sufrir las consecuencias de que acabe en los servicios secretos británicos -sin darle nunca a ella la menor  explicación sobre la decisión tomada-. Cuando sucede la guerra de las Malvinas, el choque armado de británicos y argentinos, que tuvo lugar entre abril y mayo de 1982, el esposo de Berta Isla desaparece, y entonces los colegas de su marido no pueden darle confirmación alguna de su suerte, aunque, eso sí, ella tendrá la pensión y las ayudas como viuda de un supersecreto agente de inteligencia del gobierno de S.M. La Reina.

Se podría hablar de una vida, la del marido de Berta Isla, kafkiana, y esa sensación se incrementa más y más según avanza en el tiempo su historia, y, por supuesto, la de su esposa. No es la primera vez que Javier Marías explora la existencia de personas que han renunciado vitalmente a su propia personalidad, a su voz más auténtica. El marido de Berta parece tener un destino con esas características, psicológicas y morales, pero Berta, en tanto sigue siendo espiritualmente fiel a su amor de juventud, también vive con esa incertidumbre. Sin embargo -y este es un signo de nuestro tiempo-, Berta Isla consigue adaptarse a sus circunstancias, e incluso a obtener algún premio de esa alienación. En su primer capítulo, Berta se confiesa: “Había descubierto que vivir en la certeza absoluta es aburrido y condena a llevar una sola existencia, o a que sean la misma la real y la imaginaria y nadie escapa enteramente a esta última”.

El marido de Berta no puede explicar lo que hace, en sus largas ausencias, que alcanzarán el cenit en 1982. En una ocasión dice a su esposa: “No estaría autorizado a contestártelas, Berta, podría acabar en la cárcel si lo hiciera. Y claro que quiero seguir contigo. No te imaginas. Eres lo único que me permite a veces recordar bien quién soy. Pero tú no sabes qué cosas obligan. No sabes qué cosas obligan -repitió”.

No es la primera vez que Javier Marías explora la existencia de personas que han renunciado vitalmente a su propia personalidad, a su voz más auténtica

La novela penetra en los dilemas morales que produce obedecer a un Estado legítimo. Berta compara las misteriosas actividades de su marido con los actos de represión de la policía franquista. Él le contesta brutalmente, y su justificación será ética, aunque sabe -por experiencia propia- que los servicios secretos, especialmente los ingleses, son manipuladores, e incluso, indecentes: “Ni se te ocurra compararme con los sociales. Qué diablos tiene que ver un régimen dictatorial que salió de una guerra espantosa y fue contra sus compatriotas durante décadas. Qué tiene que ver con una democracia antigua que luchó contra lo peor que ha habido en la historia, de hecho contra los aliados y protectores de Franco”.

El marido de Berta reprocha a sus reclutadores de los servicios secretos que le hayan quitado la libertad en su vida. Uno de sus jefes le responde con unos argumentos contrarios al humanismo kantiano, que recuerdan a los del existencialismo de Heidegger: “Ah -dijo Tupra-, ah claro. Tenía que salir, el señoritismo de nuestra época está instalado en todo el mundo, independientemente de su procedencia. ¿Desde cuándo la gente ha elegido sus vidas? A lo largo de los siglos las existencias estaban trazadas, con mínimas excepciones. Era lo normal, no una tragedia”.

Hannah Arendt definió el existencialismo: “Si el imperativo categórico de Kant insistía en que toda acción humana debía asumir la responsabilidad por toda la humanidad, la experiencia de la nihilidad culpable (el existencialismo según Heidegger) insiste exactamente en lo opuesto: en destruir en cada individuo la presencia de toda humanidad”.

Y ese límite lo supera Berta Isla: “Sigue ahí muy quieto, amor mío. No te muevas ni te des la vuelta, así te envolverá el sueño profundo sin darte cuenta y poco a poco dejarás de pensar en el interior de tus pesadillas”.



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