No me digan que no tiene guasa la cosa. Resulta que esta Semana Santa Televisión Española (TVE) ha resucitado. Simbólica y televisivamente hablando, por supuesto. Porque en menos de 24 horas, en este Jueves Santo y Viernes Santo, la cadena pública emitía en su primer canal, La 1, dos obras maestras como Espartaco y Ben-Hur. Algo que, por otra parte, supone la recuperación de una tradición de estas fechas, la de emitir pelis de romanos. Pero lo que tiene gracia es que ocurre justo en el adiós de la que ha sido administradora plenipotenciaria del ente durante tres años, Rosa María Mateo.

Poco podemos decir aquí sobre las películas de Stanley Kubrick y William Wyler que no hayan dicho ya en numerosas ocasiones voces más autorizadas. Sólo es que como espectador fue un gusto enorme poder disfrutar desde el sofá de dos clásicos semejantes, uno casi a renglón seguido del otro. Ya perdonarán mi emoción, pero es que para muchos como quien esto escribe esta mera posibilidad supone también un regreso a la infancia, cuando en cada Semana Santa había que ver por fuerza lo mejor de los péplum en TVE. Cine de raigambre bíblica que entronca con nuestra tradición cultural judeocristiana y grecolatina y que, por ello, alimenta el espíritu.

Los guardianes de la moral pública seguramente habrán adivinado ejemplos de machismo o de racismo o de cualquier otro ismo perverso en estas dos películas

Sin este género, pero especialmente sin estas dos películas, no seríamos los mismos. Por llevarlo al terreno mediático, no se puede escribir en un periódico ni hablar en una radio -pero sí aparecer en televisión, claro- sin haber visto estas dos joyas de Hollywood. No recuerdo con certeza, para ser totalmente sincero, si en los dos años precedentes, los de Mateo al frente, se ha podido disfrutar también en TVE de esta tradición. Pero me barrunto que no habrá sido así, ya que los guardianes de la moral pública seguramente habrán adivinado ejemplos de machismo o de racismo o de cualquier otro ismo perverso en Ben-Hur y Espartaco. Ya saben el mundo en el que estamos.

Este año, volviendo al hilo, sí hemos podido verlas en TVE. Y lo curioso, lo que tiene guasa, como decía antes, es que esto ocurra precisamente a los pocos días del esperado relevo al frente de la corporación pública. Quizás ni el nuevo presidente ni la saliente administradora única sean directamente responsables de la cosa, pero aunque sea pura casualidad, tenemos que destacarlo desde el punto de vista simbólico. Porque puede decirse sin ánimo de exagerar que TVE volvió a ser TVE al menos durante unas horas. Justo después de tres años donde parecía lo contrario.

El compadre Arranz ya les ha contado aquí que la administradora omnipotente deja un legado de lamentables datos de audiencia e influencia. La peor RTVE de la historia en ambos marcadores. Un desastre sin paliativos. No valen las excusas de mal perdedora. La verdad es que Mateo llegó para tres meses y ha estado treinta y tres, o sea casi tres años. Tiempo en el que los errores de programación y de gestión han sido sencillamente imperdonables. No me canso de repetir que muchos admirábamos a esta periodista cuando hacía su trabajo ante la cámara pero en este período suyo como mandamás de la cadena pública nuestra decepción ha sido descomunal.

En estos 33 meses de Mateo hemos asistido a las externalizaciones injustificables, la politización de los servicios informativos y un largo etcétera de despropósitos. Una etapa en la que todo o casi todo era una broma en la cadena pública

Desde sus primeras decisiones a favor del Gobierno que la colocó en el puesto hasta el inexistente concurso público que tendría que haber funcionado para nombrar a su sustituto. Después de meses esperando y esperando, al final los partidos se repartieron el pastel, como recordarán ustedes. En estos 33 meses de Mateo hemos asistido a las externalizaciones injustificables, la politización de los servicios informativos y un largo etcétera de despropósitos. Una etapa en la que todo o casi todo era una broma en la cadena pública.

Tal vez la emisión de Ben-Hur y Espartaco en esta Semana Santa sea una señal de que por fin vuelve la normalidad -ay, qué peligro tiene esa palabra- o incluso la cordura a la televisión pública. Ojalá que sea así. De hecho, lo será, ya que hemos entrado en otro período que, aunque también sea fruto de un reparto político, no puede ser peor que el anterior.