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José Manuel Calvo

Opinión

Trump, a la cárcel

El presidente se despide con una farsa criminal que daña a EEUU y a la democracia

Seguidores de Trump irrumpen en el Congreso de Estados Unidos.
Seguidores de Trump irrumpen en el Congreso de Estados Unidos. EFE

El vicepresidente Mike Pence debe asumir la presidencia de EEUU al amparo de la Vigesimoquinta Enmienda de la Constitución, previa destitución de Donald Trump.

La 25ª enmienda establece que si el presidente es incapaz de desempeñar las funciones y obligaciones de su cargo, el vicepresidente debe ocupar su lugar. Después del vergonzoso espectáculo de ayer en el Capitolio de Washington, ¿hace falta alguna prueba más de que Trump -cuesta mucho escribir el presidente Trump- no puede seguir en la Casa Blanca ni siquiera hasta el 20 de enero, cuando Joe Biden jure el cargo para el que fue elegido?

Y después de ser destituido, Trump debe hacer frente a las responsabilidades de todo tipo. Por todo lo que ha conducido a los gravísimos hechos ocurridos hace unas horas, a las imágenes -ocupación de despachos, cristales rotos, banderas ilegales, enfrentamientos con la policía, disparos, evacuación del Capitolio, máscaras de gas- que han llenado de preocupación, espanto y dolor a los demócratas y han regocijado a los autócratas de todo el mundo.

En los 233 años transcurridos desde que se aprobó la Constitución –la misma que Trump juró cumplir y hacer cumplir, y defenderla contra enemigos exteriores e interiores— ningún ocupante de la Casa Blanca había incitado a sus seguidores a levantarse contra el Congreso. Ninguno había tratado de deslegitimar así unas elecciones. Ninguno había saboteado un proceso sagrado en la democracia norteamericana, la transmisión de poder del Gobierno saliente al entrante. Ninguno había desprestigiado de esta forma la presidencia, las instituciones, la democracia.

¿No es suficiente como para que Donald Trump responda ante los tribunales? Su estrategia, sus palabras y sus actos, ¿no son la causa directa de este asalto de una turba enfurecida a la sede de la voluntad popular?

Trump alentó ayer a sus seguidores a dirigirse hacia el Capitolio cuando empezaba la reunión para certificar los resultados de las elecciones del pasado 3 de noviembre. “Nunca nos vamos a rendir”, les dijo: el mismo mensaje de las últimas semanas y meses, agravado por una escalada de actos en diversos lugares del país que han ido envalentonando a los más radicales. Las mismas mentiras sobre presuntos fraudes electorales negados por los tribunales, por los Estados, por los republicanos decentes y sensatos. Gasolina para una turba ya encendida de varios miles de personas: una inconsciencia deliberada que desembocó en una payasada sediciosa de consecuencias criminales, una ofensa a la voluntad popular, al respeto por las reglas, el orden, la ley y la decencia.

¿No es suficiente como para que Donald Trump responda ante los tribunales? Su estrategia, sus palabras y sus actos, ¿no son la causa directa de este asalto de una turba enfurecida a la sede de la voluntad popular?

Trump lanzó el asalto al Capitolio

No hay excusas: Trump los lanzó al asalto del Capitolio, y dejó pasar horas sin hacer ni decir nada. Quizá alguien de su irresponsable entorno le dijo que lo mismo estaba siendo todo un poco excesivo… En ese momento, este hombre que ha ocupado el lugar de Washington y Lincoln, de Roosevelt y Kennedy, de Clinton y Obama, ¿qué hizo? ¿Llamó a la calma, pidió a los furiosos y a los frikis con camisetas y banderas, a los disfrazados y a los aprendices de guerrilleros urbanos que se retiraran inmediatamente?

No. Lo único que se le ocurrió fue seguir justificando el desafuero: “Comprendo vuestro dolor, sé que estáis heridos, nos robaron… pero debéis iros a casa, debemos tener paz y respetar a la policía”. Y no podía faltar: “Os quiero. Sois muy especiales”. Después remachó: “Recordad eternamente este día”.

Lo haremos, sin duda.

Es posible que el trumpismo no haya muerto, pero el Partido Republicano, que se abrazó de grado o por fuerza a esta corrupción populista, lo pagará muy caro durante mucho tiempo

Un poco demasiado tarde –y eso debería costarles muy caro— los líderes republicanos entregados al trumpismo, que tan inconscientemente han jugado con el fuego de la deslegitimación, hablaron ayer, ya al borde del precipicio. “Los votantes, los tribunales y los Estados han hablado. Si les anulamos, dañaríamos para siempre al país”, dijo Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana en el Senado. A buena hora, McConnell. Es posible que el trumpismo no haya muerto, pero el Partido Republicano, que se abrazó de grado o por fuerza a esta corrupción populista, lo pagará muy caro durante mucho tiempo.

Pero el daño ya está hecho. Meses de demagogia y populismo afloraron ayer de golpe en Washington. Harán falta mucho tiempo y muchos esfuerzos para superar la ignominia, cicatrizar enfrentamientos, regenerar la democracia. Para superar también la vergüenza y la indignación.

¿No es evidente que Trump ha demostrado ser incapaz de desempeñar las funciones y obligaciones de su cargo?

¿No es suficiente lo ocurrido para que el Gobierno y el Congreso destituyan al presidente en funciones? ¿Para que la justicia intervenga?

¿No es necesario que ocurra algo así para que, desde EE UU y desde todo el mundo, veamos que “todavía ondea ese estandarte de estrellas sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes”?

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