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Luis Riestra

Opinión

EEUU y la muerte del progresismo

En los Estados Unidos la legitimidad política tiene raíces muy profundas ancladas en su credo fundacional, sobre todo de origen religioso

Donald Trump.
Donald Trump. Europa Press

El pasado 6 de enero, mientras La Cámara de Representantes y el Senado de Estados Unidos decidía si validaba, o no, los votos del Colegio Electoral (y los alternativos) que deciden quiénes serán el presidente y vicepresidente de los Estado Unidos para los próximos cuatro años, un grupo de supuestos seguidores de Trump conseguían entrar en el Congreso con extremada y sospechosa facilidad, obligando a la suspensión del debate y a la evacuación de los legisladores, agravando una crisis histórica que se precipita de manera sorprendente y a una velocidad de vértigo.

Los hechos relatados debemos enmarcarlos en la lucha de poder entre Biden, candidato del establishment globalista, y Donald Trump, defensor del América Primero, de las fronteras seguras y la inmigración legal, del mínimo intervencionismo bélico exterior, de la reciprocidad comercial, de la protección de la propiedad intelectual y de la necesidad de una Nueva Pax Americana. Como saben, Trump no ha concedido el resultado electoral por fraudulento, una conclusión a la que también llegan el 47% de los estadounidenses, según una encuesta de Rasmussen Reports; su opción es que se rechacen esos votos en liza, dado el fraude, o que los congresos estatales los certifiquen, como dice la Constitución y alguna de ellas quiere hacerlo.

Así que, conocidas las malas artes de los políticos, lo rocambolesco y oportuno del asalto, las prisas en legitimar a Biden y en que no se audite bien el resultado, como pide el senador Cruz según antecedentes, se ha propiciado una crisis de implicaciones globales que es mucho más seria de lo que parece, ya que lo que está en juego es la libertad política de los estadounidenses, un derecho natural sin el cual no existen ni su federación, ni su república constitucional, ni los mismos Estados Unidos. Por todo ello, hoy exploraremos con cierto detenimiento la que parece la primera gran crisis del siglo XXI.

Crisis existencial

Estamos pues ante un trance que, para los que seguimos la Teoría Generacional, nos es bastante familiar, aunque la forma en que se ha producido ha sido del todo sorpresiva. Según esa teoría, cada más o menos cien años, un orden y un pensamiento (o zeitgeist) dominantes, manipulados por un establishment que cree que puede controlarlos para explotar al territorio y a sus habitantes, se vuelven disfuncionales y ponen en peligro la existencia propia de la nación. De cómo las naciones resuelvan dichas crisis, o hagan un "reset", o reinicio nacional, dependerá su supervivencia o no; los últimos cinco casos del orden europeo los exploramos en "España y la crisis secular europea".

Además, esta crisis secular estadounidense viene a coincidir con la promoción por parte del Foro Económico Mundial (Davos), quintaesencia del establishment global y globalista, de lo que llaman "El Gran Reset", que es un conjunto de ideas peregrinas, como "no tendrás nada pero serás feliz", en las que Estados Unidos (padre del engendro) será simplemente una Estado más entre muchos. Su modelo global me recuerda en algunas cosas a la Compañía Británica de las Indias Orientales, solo que en vez de explotar la India, lo harían con el Planeta como señores y señoritos plutócratas filántropos. Amos y vasallos.

También coincide esta crisis existencial con la pandemia del virus chino, con las sociedades en estado de sitio (excepción, etc.) o cerradas parcialmente, con las redes sociales ejerciendo una censura intolerable, con el Gobierno estadounidense sufriendo un hackeo exterior muy potente, con unos mass media globales que, tras cuatro años de guerra y groserías contra Trump, dicen que el golpista es él y sacan de contexto fracciones de conversaciones grabadas mientras siguen ocultando el fraude o los negocietes de los Biden (¿encubrimiento?), con la infiltración del PCCh en las empresas occidentales, con intereses chinos en empresas de recuento de votos, con la ONU declarando una emergencia climática para promover los planes de Davos, con las medidas iliberales de Sánchez y Mr. Moño y con un sin fin de imposiciones globales que hacen concluir a muchos que quieren llevarnos a lo que Cédric Durand llama tecno-feudalismo, opción terrible para países con una enorme servidumbre voluntaria, como es España. ¿Podrá Estados Unidos con semejante tsunami?

Poder y legitimidad

En las instituciones globales y en Europa Continental suele ser común que su partitocracia acuda a fuentes de legitimidad no democráticas, como puede ser el resultado de una guerra (SGM, Guerra Civil, etc.), el supremacismo ideológico (europeísmo, socialismo, nacionalismo identitario, etc.), de cátedra (de ahí tanta falsificación de títulos, plagios, etc.), de parentesco (todos con abuelo, ZPI, ZPII, míster Moño, Casado y antes Rajoy, Aznar, los Pujol, etc. y viene el hijo de Cascos), del exterior (internacionales varias; visitas a Merkel, UE, ONU, etc.) o incluso, ahora con el Papa Francisco, las religiosas, para que creamos que son buenitos; luego aquí está la llamada "legitimidad republicana", basada en un engendro que no fue democrático y donde la "izquierda" también hizo fraude electoral.

En Estados Unidos es distinto y allí la legitimidad política tiene raíces muy profundas ancladas en su credo fundacional, sobre todo de origen religioso (lo vimos en "El experimento Filadelfia"), pero también filosófico, que cimenta la nación americana. Me refiero a que, en su tradición, si Dios creó al hombre libre, para que un gobierno sea legítimo, éste debe ser elegido por los ciudadanos, ya sea directamente o a través de representantes elegidos directamente por el pueblo. Eso es la libertad política y es el principio que fundamenta su Declaración de Independencia. Por supuesto que no hace falta ser creyente para concluir eso pero, sin duda, en los pueblos que tienen dicha raíz religiosa la soberanía popular es más fuerte.

Libertad mediatizada

En España no es así, pues aquí nos imponen un sistema electoral no representativo, mientras que allí (aún) hay una democracia formal y ahora, aunque los mass media lo oculten, los representantes están siendo acosados por los ciudadanos para obligarles a aclarar el fraude electoral y haciendo que todos se retraten. En contraste, los españoles tenemos libertad casi para todo menos para elegir representantes, no sea que renazca el iberalismo político y, ya saben, "no taxation without representation", como reza uno de los lemas de los independentistas estadounidenses.

Suele ocurrir, cuando se debate de la libertad política, que quienes la tienen, dan al resto toda una serie de argumentos para limitar la libertad con salidas ramplonas del tipo "y a mí me gustaría volar" o cosas parecidas. Ya, obviamente, la libertad tiene limitaciones y debe ser ejercida con responsabilidad, pero cuando se trata de la libertad política, de elegir o quitar al gobierno, ya sea directamente o a través de representantes, solo hace falta el DNI y cualquier otra trampa, como el sistema electoral proporcional de listas, o un fraude, solo llevan al enfrentamiento civil y allí, además, tienen derecho a levantar una milicia.

Luego, también es común, también entre "conservadores" (¿de qué?), decir que el ciudadano medio no está capacitado para decidir sobre temas complejos de gobierno, algo que, dicho así, parece razonable, pero que es otra trampa más para que una camarilla mangonee nuestras vidas. La realidad es que el ciudadano no va a hacer eso, sino que elegirá representantes para que lo hagan, algo para lo que está perfectamente capacitado, salvo que se deje envilecer desde el Poder. Curiosamente, Annie Besant, una de las musas y fundadoras del progresismo (no confundir con la izquierda), decía cosas muy parecidas, cuando en su libro "El Socialismo futuro", profetizaba un globalismo en que estaríamos gobernados por una aristocracia socialista y donde los votos de los ciudadanos no cuenten; porque el "progresismo", que no tiene nada que ver con el progreso, sino con ir progresivamente a eso y, en ese afán, las naciones y su libertad política son un obstáculo a batir.

¿Morirá EE.UU.?

¿Y si aparece legitimado en las urnas un enemigo del progresismo, qué harán, una pinza con "conservadores" (del tipo Bush y Cía.), acosándole mediáticamente, intentando un impeachment fake y, si hace falta, un fraude electoral, encubriéndolo todo con basura mediática? ¿Dónde quedará la libertad política en otros países si EE.UU. muere? ¿Y en España, son Sánchez y Casado, como el resto del "Casting Socialdemócrata", con sus curriculums falsos, una pinza contra la libertad política de los españoles, el equivalente local para destruir España? ¿Y ante esto, "es Felipe VI un patriota"? ¿De verdad cree el establishment español que nuestra partitocracia es salvable y el progresismo eterno?

La primera respuesta a esas preguntas se conocerá hoy, en los Estados Unidos, y lo previsible no da mucho margen a la tranquilidad. Uno de los personajes clave en el resultado es el senador republicano Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana en el Senado, casado en segundas nupcias con la china-americana Elaine Chao, hija de un magnate del transporte marítimo con conflictos de intereses y cuya biografía es un excelente ejemplo de cómo va el establishment allí; por supuesto, Mitch McConnell es un ferviente defensor del triunfo de Biden y de que las elecciones fueron limpias.

Un presidente senil

De modo que, si no se consigue forzar la auditoría del senador Cruz y/o que las asambleas estatales de Estados en disputa elijan compromisarios, tendremos a Biden, un presidente senil y deslegitimado. No habrá acciones de los antifas y, lógicamente, Trump (como su movimiento) hará lo que cualquiera que pensara que le han robado las elecciones: no aceptará la victoria de Biden, ni asistirá a su juramentación, organizará un acto alternativo y le hará oposición durante todo su mandato y, si piensa presentarse en 2024, intentará un sistema de recuento limpio; mientras, los mass media harán como que no cuenta ridiculizándole a él y sus seguidores. Por supuesto, los votantes que lo consideren castigarán a sus respectivos representantes (estatales, nacionales, locales), salvo que no consigan corregir el sistema de conteo amañado, claro. El establishment, ya impune, hará como que dichos ciudadanos no existen, a ver si se cansan, y continuará, junto con su ejército de parásitos, con su obsceno enriquecimiento a costa de las naciones de Occidente y en beneficio de China y el Islam.

Pero, a diferencia de Europa, donde el sujeto constituyente está muy dañado y algunas de sus naciones seguirán un ciclo de desaparición a la libanesa, en Estados Unidos aún hay fibra moral para la libertad política; además, aunque la lucha sea larga, el progresismo ya está muy degenerado y sus errores y delirios irán in crescendo. Por eso y porque donde más daño hará es en Europa, otro día exploraremos de dónde viene y cómo evitar ese "reset" o reinicio de los progresistas, porque a lo que nos empuja la opción Biden es a un "formateo", como el que se hace a los discos duros que no tienen más que disfunciones. Feliz año 2021.

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