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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

La última baza de Donald Trump

En la última semana, Trump ha conseguido recortar la distancia y dejarla entre cinco y siete puntos de promedio, lo que confirma que nada hay decidido sobre el ganador

La última baza de Donald Trump
La última baza de Donald Trump Pixabay

Lo último que esperábamos en unas elecciones tan reñidas como las de este año en Estados Unidos es que un asunto tan árido como el del petróleo se colase en la recta final. Se trata de algo árido, cierto es, pero muy ideológico. En estos tiempos posicionarse a favor o en contra de los combustibles fósiles supone tomar partido. Esto es algo que ya se atisbó en las elecciones de 2016, pero ni Hillary ni Trump quisieron entrar a fondo en el meollo del asunto. A diferencia de lo que sucede en Europa, donde apenas se extrae petróleo, en Estados Unidos es una industria boyante que proporciona cientos de miles de empleos directos y muchos miles de millones de dólares.

El factor energía

Es además una industria estratégica. A lo largo de la última década, Estados Unidos ha conseguido algo parecido a la independencia energética. En 2019 el país exportó prácticamente la misma cantidad de hidrocarburos de los que importó. Esto ha tenido un impacto muy benéfico en la balanza de pagos y ha permitido a la Casa Blanca olvidarse de ciertos avisperos como el de Oriente Medio. También ha contribuido decisivamente a bajar los precios internacionales del crudo y, especialmente, del gas natural. Posicionarse contra una bendición semejante es un suicidio político.

El votante medio quiere gasolina barata y, aunque quizá esté pensando en adquirir un vehículo eléctrico en el futuro, sabe que la electricidad con la que alimentará sus baterías también tiene un coste, que será necesariamente menor si esos megavatios se generan en una central térmica convencional y no en un moderno pero ineficiente huerto solar. No reniega de este último, pero al final lo que desea es poder moverse o calentar la casa en invierno a bajo precio.

La transición energética ya ha dado comienzo tanto en Estados Unidos como en Europa, la cuestión por tanto es si se debe acelerar o no desde el poder. En Europa lo tienen claro. Esto ha de hacerse desde arriba primando las renovables y castigando a los combustibles fósiles mediante impuestos y regulaciones. En Estados Unidos la situación es diferente porque de la industria del petróleo y el gas come mucha gente que vota, pone y quita representantes y senadores en el Congreso y que, llegadas las presidenciales, puede inclinar la balanza de uno u otro lado. El sector petrolero no está, además, en su mejor momento. La pandemia le ha golpeado con fuerza. Primero vinieron los confinamientos y luego la crisis económica.

Por debajo de cierto umbral de precio, los pozos como los de fracturación hidráulica dejan de ser rentables y tienen que cerrarse

A menos actividad, menos consumo. La demanda ha caído sensiblemente dejando la cotización del crudo por los suelos. Por debajo de cierto umbral de precio los pozos no convencionales como los de fracturación hidráulica dejan de ser rentables y tienen que cerrarse. Se ha dado el fenómeno curioso de que esta prodigiosa técnica ha contribuido a bajar los precios y, una vez bajos, los que la emplean se ven con problemas para subsistir o, si lo hacen, es sacrificando rentabilidad.

Algunas compañías petroleras como BP están ya desinvirtiendo en activos puramente petroleros para reenfocarse en energías renovables. Temen que el pico de consumo este próximo y a partir de ahí todo sea un lento pero inexorable descenso, por lo que mejor prepararse para lo que viene.

Es, como vemos, un ciclo largo. La economía y la demografía dependen de ciclos largos, no así la política, que vive inmersa en el cortoplacismo. A fin de cuentas, dentro de 40 ó 50 años, cuando haya concluido la transición energética, ni Biden ni Trump estarán entre nosotros. Necesitan ganar unas elecciones dentro de tres días para gobernar los próximos cuatro años. En esta tesitura no hay espacio para matices, sólo cabe el brochazo. Trump lo ha entendido desde el principio. Si se castiga la industria petrolera los primeros en notarlo serán los bolsillos de millones de estadounidenses. Biden apuesta por satisfacer la buena conciencia. Si abandonan poco a poco los hidrocarburos eso será bueno en el largo plazo y beneficiará al planeta.

Campaña expansiva

Hay mucha gente dispuesta a comprar ese relato. En Europa es, de hecho, el único disponible y todos los partidos se valen de él. El medio ambiente está por encima de cualquier otra consideración y hay que hacer algunos sacrificios temporales como pagar más por la electricidad o por llenar el deposito. En Estados Unidos no está tan claro que eso funcione, razón por la que Biden ha tenido que adoptar una posición defensiva.

Eso es algo que no le conviene en absoluto porque el núcleo de toda su estrategia de campaña pasa por expandir su base electoral incorporando en ella votantes que en algún momento se han planteado votar a Trump no tanto por amor como por interés económico.

Estas bolsas de voto indeciso, básicamente trabajadores blancos de clase media, son las son las que pueden terminar decidiendo las elecciones porque se encuentran en Estados clave como Pensilvania, Ohio o Colorado, con muchos votos en el colegio electoral y también con una próspera industria del fracking funcionando en su en su interior.

Pensilvania, por ejemplo, fue la cuna de la industria del petróleo estadounidense. Ahí es donde se produjo la fiebre petrolera de 1859. En 1880 ese Estado producía un tercio de todo el petróleo extraído en el mundo. Desde entonces la producción fue decayendo hasta finales del siglo pasado. Entonces se produjo el milagro del fracking. Sus habitantes vieron cómo los hidrocarburos volvían a manar del subsuelo en grandes cantidades y hoy es el segundo productor nacional después de Texas.

Recortar las distancias

En la vecina Ohio ha sucedido algo similar, la extracción de gas se ha multiplicado por cinco en sólo un lustro revitalizando la economía de un Estado del medio oeste castigado por la desindustrialización. Entre Pensilvania y Ohio hay en juego 38 votos en el Colegio Electoral. Sin ellos, Trump no podrá ser reelegido y Biden lo tendrá bastante más difícil. En la última semana Trump ha conseguido recortar la distancia y dejarla entre cinco y siete puntos de promedio, lo que nos vendría a confirmar que hasta el último momento no estará decidido el ganador. Los republicanos entretanto se agarran a las torres de extracción de gas y petróleo. Es una baza segura en un momento en el que casi todo lo demás pinta mal.

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