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Gregorio Morán

Sabatinas intempestivas

Perversos regalos de Reyes

Donald Trump llegó para quedarse. Sobrevivirá, aun fuera de la Casa Blanca. Admitámoslo: es la época

Asalto al Capitolio.
Asalto al Capitolio. EFE/ JIM LO SCALZO

Las fechas señaladas de nuestro calendario son como pozos de agua: hay que vadearlos. Todos parecen coincidir que estos Reyes Magos, fuera de modestos oropeles y mentirijillas para niños, han sido demoledores. Por si faltaba algo, los Estados Unidos nos han regalado una cabalgata insólita. Un presidente al que los finos analistas denominan “iliberal” ha llegado hasta las puertas de la insurrección parafascista, que es como se calificó en su día el asalto al Reichstag o la Marcha sobre Roma. Ni más ni menos.

En un artículo aparecido aquí el pasado 14 de noviembre aventurábamos “que veremos cosas hasta el 20 de enero que nos helarán la sangre”. Disculpen la autocita, pero no hacía falta tener ninguna clarividencia especial para detectar que una acémila que había conseguido alcanzar la presidencia de los EEUU y respaldado por más de 70 millones de votos era capaz en función de su fuerza de ponernos a todos en peligro consumado o al borde del abismo. Las urnas, en ocasiones, muchas más de lo que nos creemos, las carga el diablo, y el pueblo, la sociedad, o como queramos llamar a la muchedumbre adicta, puede perfectamente creer en salvadores o mesías allí donde no hay otra cosa que logreros corruptos y descerebrados.

La primera democracia del mundo, afirman nuestros asentados comentaristas de las provincias del Imperio, se nos ha aparecido en toda su inmundicia. Nunca creí tal cosa y ningún demócrata español de mi edad y con una pizca de memoria podrá olvidar el sustento norteamericano a las dictaduras, la nuestra sin ir más lejos, para aprovecharse del señuelo de la imposible deriva hacia las dictaduras comunistas. Una guerra fría que volvieron a ganar como las ganaron todas, menos una, la de un país pobre y marginal que fue capaz de humillar a la mayor maquinaria de guerra que conoció el planeta. Decir hoy Vietnam es como apelar a lo más recóndito de una conciencia arrogante; está muy mal visto y por eso es infrecuente citarlo. Saltó del mapa de la memoria colectiva hasta convertirse en una antigualla a la que es de mal gusto recordar después de toda el agua sucia que ha pasado bajo nuestros puentes.

No siento ninguna atracción hacia los Estados Unidos fuera de mi puntual admiración hacia su literatura. Puntual porque se limita a un puñado de nombres sin los cuales seríamos más pobres intelectualmente. Admiro sus talentos desparramados en las universidades más caras del planeta y si fuera rico me inclinaría ante sus grandes centros hospitalarios. Aseguran que el sueño americano -con esa manía de usurpar América sólo para los estadounidenses- consiste en hacerse millonario con un golpe de suerte y mucho esfuerzo. Dejémoslo estar, porque para llegar ahí se necesita algo que únicamente lo pueden facilitar quienes viven de un salario. Pero aceptémoslo igual que debemos aceptar que un ejemplar genuino de esa casta de golfos con fortuna, de la que Donald Trump es un prototipo, pueda alcanzar la presidencia en esa aristocracia del dinero que es la base del Imperio.

Nadie y menos nosotros estamos en condiciones de escandalizarnos, ni siquiera de mofarse por ese carnaval del lumpen que el jefe de la camorra ha desatado en un país con altísimo concepto de sí mismo

Y ahora, cuando contemplamos a un chulo arrabalero haciendo uso del despacho de la presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, con los pies a la americana, sobre la mesa, uno no puede más que pensar que el segundo paso de la aristocracia cutre del dinero, la que hizo posible la quiebra bancaria del Lehman Brothers, ha sacado de sus caravanas a la chusma para que acojone a la gente que creía vivir en una democracia modélica. Quizá el tiempo incluya algún día a Trump en la categoría de un símbolo de la época que nos ha tocado vivir. La decadencia de un Imperio que como aquel de antaño encuentra en su camino a los Calígulas que incorporan a su caballo en los asientos de los senadores. La diferencia notable es que no están rodeados de los Bárbaros como entonces sino de sociedades asentadas, aunque débiles y torpes, pero que vivieron revoluciones sangrientas que enseñaron a la postre que la lucha por la vida es también la pelea por la libertad.

Nadie y menos nosotros estamos en condiciones de escandalizarnos, ni siquiera de mofarse por ese carnaval del lumpen que el jefe de la camorra ha desatado en un país con altísimo concepto de sí mismo. Las comparaciones son odiosas, solía decir mi madre como aplastante argumento frente a la simplificación. Porque lo nuestro es de traca. No hay irresponsable público que no “tenorice” la frase del momento: la lucha contra la pandemia es una guerra. 

Pues bien es una guerra a la manera de aquella drole de guerre de Francia frente a la invasión nazi del 40. Eso sí, más mortífera. ¿Qué conciencia de guerra tendrán nuestros poderes públicos cuando llevan semanas enardecidos por la llegada de vacunas que ellos mismos administran en horarios de oficina? Una guerra de Gila donde el enemigo avanza cada vez más impunemente, pero nuestros mandos han decidido que los domingos y fiestas de guardar no se combate, “se recompalmea y se fraternulia”, que diría Cortázar. Las noches, ay las noches, son para dormir y los que no estén en la UCI que esperen a que amanezca.

Solución de Estado: vacunas y comparativos. Ya llegaron unas, y los otros están peor que nosotros, fíjense en Alemania, Francia o Gran Bretaña. Hacemos como los gibosos que se miran al espejo de tal modo que no aparezca el perfil de su chepa descarnada

Después de la buena nueva de las vacunas para todos, y por millones, ahora resulta que no habían pensado cómo trasladarlas y ponerlas. Carretera y manta y tapabocas y separaditos los dos, como en el valsecito peruano que cantaba María Dolores Pradera. No entiendo nada, que es lo que decimos cuando lo entendemos todo pero no damos crédito a lo que estamos viendo. Solución de Estado: vacunas y comparativos. Ya llegaron unas, y los otros están peor que nosotros, fíjense en Alemania, Francia o Gran Bretaña. Hacemos como los gibosos que se miran al espejo de tal modo que no aparezca el perfil de su chepa descarnada.

¿Y qué pintan los periodistas? Habría que encontrar una nueva definición del oficio de plumilla. Aunque parezca de mala educación y peor crianza, ahora los periodistas no pueden ser otra cosa que unos individuos que se meten donde nadie les llama. Todo lo demás está copado y de ello se ocupan las leyes, las instituciones y los nuevos poderes fácticos. Cada vez nuestro margen es más estrecho para hacer frente a la arrolladora marea de las redes de donde cada cual saca lo que le peta para no deprimirse en demasía y colgar las botas. O para evitar callarte para siempre por el peso de la calumnia. Donald Trump también llegó para quedarse. Sobrevivirá, aun fuera de la Casa Blanca. Admitámoslo: es la época.   

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