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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

El triple dilema

El sistema político español ha culminado ya su tránsito hacia el multipartidismo y, tal y como nos demuestra el caso alemán, de ahí ya no se regresa

Pedro Sánchez y Albert Rivera, en 2016.
Pedro Sánchez y Albert Rivera, en 2016. Efe.

El mapa político en España se ha invertido. El PSOE ocupa ahora el puesto que hasta el domingo ocupaba el PP y Ciudadanos el que ocupaba Podemos. Esto supone, por un lado, una cierta escora hacia la izquierda del arco parlamentario pero, al tiempo, su moderación, en tanto que Podemos ha perdido representación de manera significativa. Los tres principales partidos (PSOE, PP y Ciudadanos) reúnen el 61% de los votos. El 39% restante se lo reparten once formaciones. El mayor de todos es Podemos y sus confluencias, que pasan del 21% al 15%, y el más pequeño el Partido Regionalista de Cantabria, el de Revilla, que se cuela en el Congreso por primera vez en su historia.

Al margen de siglas, si nos atenemos a los bloques preelectorales, es decir, PSOE y Podemos por un lado y PP, Ciudadanos y VOX por otro, ambos han quedado empatados en unos once millones de votos. Había indecisión sí, pero estaba en la izquierda. Ahí es donde se ha producido la movilización, lo que, unido a la dispersión de la derecha en tres grandes partidos, ha inclinado la balanza a su favor.

Los estrategas del PSOE han hecho un buen trabajo azuzando el miedo a la derecha. Algo de eso ya se intuía durante la misma jornada electoral, que registró una participación histórica, 9,5 puntos por encima de los comicios de 2016. De haberse presentado la derecha bajo unas siglas únicas hubiera tenido opciones de ganar al beneficiarse de la ley electoral, pero lo hizo con tres candidaturas y las tres de ámbito nacional. Sus once millones de votos sólo les han proporcionado 147 escaños mientras que al bloque izquierdista su menor atomización le ha reportado 166.

Rajoy y los suyos no es que incumpliesen las promesas, es que castigaron con saña a su base social. En ocho años el PP ha pasado de casi once millones de votos a poco más de cuatro

Esto no es ninguna sorpresa. Sabían perfectamente a lo que se exponían si se presentaban separados. Pero no tenían mucha más opción. Los tres partidos son proyectos personalistas en torno a su líder. Ninguno quería ponerse a las órdenes de otro y todo lo dejaron para una hipotética victoria a la andaluza que al final no se produjo.

Casado, que había heredado un barco desarbolado y a la deriva, creyó que mimetizándose a ratos con Ciudadanos y a ratos con VOX atraería el grueso del voto. Craso error. Su mensaje era demasiado suave para los que ya tenían su voto decidido por VOX y demasiado vehemente para los que al final se decantaron por Ciudadanos. Nadie compra un sucedáneo teniendo el original por el mismo precio. Eso por no hablar de la pesada mochila del rajoyismo de la que no se había deshecho totalmente por falta de tiempo.

En los últimos ocho años, los que median entre el momento presente y las elecciones de 2011, el PP lo ha hecho todo mal. Rajoy y los suyos no es que incumpliesen las promesas, es que castigaron con saña a su base social, año a año, golpe a golpe. En este lapso de tiempo han pasado de casi once millones de votos a poco más de cuatro. Hasta el año pasado todo se sostenía sobre las parihuelas del poder. Ayunos de éste y de su batería de cargos y prebendas, todo se vino abajo a una velocidad pasmosa. Casado llegó para recomponerlo, pero ya era demasiado tarde. No sabía muy bien como reanimar al zombi y, cuando se puso a ello, dejó que le tutelase un diletante con mucho tiempo libre y sobrado de soberbia como José María Aznar.

Ahora sólo le queda presentar la dimisión y endilgar a una gestora los trámites del sepelio o convocar de inmediato un congreso extraordinario. Puede también esperar el milagro de la resurrección en las municipales, pero es dudoso que se produzca. El sistema político español ha culminado ya su tránsito hacia el multipartidismo y, tal y como nos demuestra el caso alemán, de ahí ya no se regresa porque los partidos son máquinas de supervivencia a cualquier coste.

Otro que tiene un dilema de mucha más enjundia es Pedro Sánchez. Ha ganado las elecciones sí, pero no al estilo antiguo, cuando ganar era hacerlo por mayoría absoluta o cerca de la mayoría absoluta. Dispone de una exigua renta parlamentaria: 123 escaños, los mismos que Rajoy en 2015 y 14 menos que el PP en 2016. Necesita apoyos para la investidura y un pacto de legislatura si quiere evitar el bloqueo de los primeros presupuestos, que serán los del año en curso.

Sánchez a diferencia de Zapatero no es un iluminado ideológico; es simplemente un narcisista sediento de poder. Y quiere seguir ahí durante el mayor tiempo posible

Tiene dos opciones. O lo hace con Ciudadanos, junto a quienes alcanza y supera la mayoría absoluta, o lo hace con Podemos y un batiburrillo de partidos nacionalistas e independentistas. De hecho con ERC bastaría; un tripartito PSOE-Podemos-ERC le colocaría ya por encima de los 180 escaños. Tiene que escoger a qué puerta quiere llamar.

Si se decanta por Ciudadanos gozará de una legislatura tranquila aunque, a cambio, le exigirán una serie de compromisos en Cataluña que harán saltar las costuras en el PSC. Habrá también de descremar el tono izquierdista con el que Sánchez se recrea desde que llegó a la secretaría general.

Si, por el contrario, opta por cerrar un acuerdo con Podemos y los independentistas catalanes se expone a un aluvión de demandas, muchas de ellas imposibles de satisfacer por un presidente de Gobierno, y sus correspondientes chantajes. Más o menos lo que ha experimentado a lo largo de los últimos once meses, pero multiplicado por dos.

Sánchez a diferencia de Zapatero no es un iluminado ideológico, es simplemente un narcisista sediento de poder. Quiere estar ahí y hacerlo cómodamente durante el mayor tiempo posible. Las dos opciones le garantizan el disfrute del poder, pero la de Ciudadanos es más fiable ya que se trata de un solo partido con unas condiciones mucho más asumibles desde el principio.

Haría falta saber qué le parece esto a Albert Rivera porque él también está ante un dilema. Más si cabe cuando se enfrenta a unas elecciones decisivas dentro de un mes. Ni él ni Sánchez pueden permitirse un solo paso en falso, de manera que lo más probable es que caigan en continuas contradicciones de aquí al mes de junio. La legislatura comienza formalmente el próximo 21 de mayo, cinco días antes de las municipales. Luego vendrá la ronda de consultas con el Rey. Para entonces todas las cartas tendrán que estar sobre la mesa.

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