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Jesús Rul

Opinión

Las tres amenazas del futuro de España

Son la fractura nacionalista, el desafío populista y la deshonestidad de los representantes públicos

Vista de la Puerta del Sol durante las protestas de mayo de 2011.
Vista de la Puerta del Sol durante las protestas de mayo de 2011. EFE

Al principio era la tribu de la que emergían líderes, cuyo poder cohesionaba al grupo  con la fuerza, las rutinas, los ritos y la expansión. La emergencia de otros liderazgos se resolvía por la fuerza: sólo uno podía ganar.  La historia de los grupos humanos a través del tiempo, organizados en bandas, reinos, repúblicas e imperios es el relato de las luchas de poder interno y las guerras con otros grupos por el control del territorio y los recursos.  En este contexto, con enorme dificultad, se desarrollaron las ideas de bien común y de justicia como factores de regulación de la vida comunitaria. También, y pese a todo, emergerá el individuo y la libertad individual de denso entramado del poder y de los fuertes vínculos comunitarios, sorteando y enfrentándose a  resistencias, amenazas y graves riesgos. Un ejemplo cultural lo tenemos en la figura de Antígona (tragedia de Sófocles, siglo V a.C.) que antepone hasta la muerte el deber de conciencia  frente al poder.

La creación del individuo, libre y responsable de sus actos, es tan reciente como conflictiva en el devenir humano, asociada a los derechos civiles y al Estado de Derecho con el imperio de la ley como garantía  de libertad y seguridad, frente a las sectas y grupos criminales organizados que medran en el interior de las sociedades libres.

Los clanes nacionalistas se han ido apropiando de la mente y conciencia de muchos utilizando con deslealtad las instituciones españolas

Desde la Edad Moderna pugnan con fuerza ambas concepciones de  la vida social que pueden resumirse en la relación entre sociedad e individuo que da lugar a distintos modelos sociales, caracterizados por la dominancia de lo colectivo (comunitarismo) o lo individual (liberalismo).

Por un lado,  tenemos las diversas formas de comunitarismo desde el nacionalismo identitario (Volksgeist) de inspiración romántica (Rousseau, Herder, Fichte...), actualizado en los nacionalismos, especialmente los fragmentarios que amenazan la integridad de las naciones, y el republicanismo moderno (Arendt, Taylor, Pettit, Skinner...) que asume, con diferencias, los  valores originarios de ciudadanía, virtud cívica, implicación política y bien común de la tradición clásica (Aristóteles, Cicerón...).

Por el otro lado, la tradición de la Modernidad  ilustrada con el constitucionalismo y la democracia liberal representativa (Locke, Jefferson, Stuart Mill, Rawls...) con los valores del individuo, la libertad, la seguridad, el Estado de Derecho y el pluralismo.

En su origen y término ambas posiciones divergen en lo fundamental creando sociedades bien diferentes. No obstante, más allá de la pugna maniquea, tanto desde el punto de vista conceptual como pragmático los genuinos valores republicanos sólo pueden hallar respuesta dentro del orden liberal del Estado de Derecho: derechos individuales, valores de igualdad legal y libertad, división de poderes, mecanismos de pesos y contrapesos, democracia representativa. En las sociedades actuales, toda pretensión comunitarista al margen y en contra de la democracia liberal tiende al totalitarismo al anteponer la voluntad colectiva -inducida y representada por  élites político económicas- al Derecho (Constitución, ley, jurisprudencia, principios éticos), garante de seguridad y  libertad individual.

La globalización y deslocalización, con la pérdida de control de las variables vitales y de sentido, llevan a muchos a sentir la futilidad de la existencia individual, agravada por las crisis económicas, y a crear un  terreno propicio para el arraigo de ideologías colectivistas centradas en intereses y vínculos identitarios particularistas de raíz étnica, sexual, política y cultural, enarbolados en conjunción por nacionalismo y republicanismo, llegando incluso algunas corrientes a postular la “autorrealización colectiva” como voluntad de poder en contra del Estado de Derecho, como actualmente los nacionalismos secesionistas catalán y vasco; y el adanismo de la “democracia directa aclamativa” de cariz revolucionario de los movimientos populistas del 15-M/2011, origen del liderazgo de Podemos aderezado con formas de manipulación asamblearia, inspirados en movimientos neocomunistas recientes como el chavismo en Venezuela, o los funestos totalitarismos del siglo XX: fascismo y comunismo.

La duda es si estas tres amenazas, arraigadas en la mente y conducta de muchos, y que condicionan nuestro presente, seguirán coartando el futuro de España

Las tres amenazas de signo colectivista que operan contra la Nación española, unitaria, democrática y liberal, son: la fractura  nacionalista, el desafío populista y la deshonestidad de los representantes públicos:

1. La fractura nacionalista ha venido gestando durante décadas identidades colectivas militantes -exclusivas y excluyentes- formadas por intereses, relatos, símbolos y manifestaciones según una dialéctica de división “nosotros-ellos” para crear prejuicios contra España y los españoles. Los clanes nacionalistas se han ido apropiando de la mente y conciencia de muchos utilizando con deslealtad las instituciones españolas, la educación y el control subvencionado de los medios y de la vida asociativa para crear una masa crítica proclive a la secesión.

2. El desafío populista por la hegemonía cultural como mecanismo de dominación ideológica, y las luchas sectarias por la hegemonía política atizando los antagonismos de la división social: pueblo/casta, oprimidos/opresores, mujeres/hombres... como estrategia de movilización política y de poder, por ejemplo, convertir el feminismo en una ideología sectaria en la reciente celebración del  Día Internacional de la Mujer.

3. La deshonestidad de los representantes públicos ha degradado la cultura democrática con el sectarismo partidario (apropiación de las instituciones públicas, abuso de cargos de libre disposición, prebendas de los diputados...), y los clanes de corrupción política (tribalismo extractivo de élites políticas y económicas, amaños de  lucro personal en detrimento del interés general, manejos turbios de “puertas giratorias”, entre lo público y lo privado, como han hecho algunos cargos públicos de PP y PSOE...).

Estas tres amenazas, arraigadas en la mente y conducta de muchos, ya condicionan nuestro presente. ¿Prevalecerán la Nación y la libertad o, por el contrario, dominarán los intereses tribales el futuro de España?

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