Los pijos progres que andan pavoneándose acerca de las bondades del régimen castrista dicen que Cuba no es una dictadura. Esas lumbreras, generalmente millonarios forrados por las subvenciones que pagamos entre todos para que hagan unas películas deplorables, unas obras de teatro que no tienen medio pase o unos libros que escribieron ellos ayer, nadie lee hoy y serán pasta de papel mañana, son unos hipócritas. ¿Dictadores? Pinochet, Somoza o Videla, dicen con razón. Pero jamás mencionan a Castro, Daniel Ortega o a Chávez. ¿Por qué? Porque son de los suyos. De ahí que ante el levantamiento popular en la hermana Cuba esos aristócratas de primero de mayo, chapita reivindicativa en los Goya y cuenta corriente suculenta arruguen la nariz. Porque defender que en Cuba se secuestra a periodistas, como la compañera del ABC a la que deseamos una pronta liberación y volverla a tener entre nosotros, o a líderes de la oposición o que se censura internet impidiendo informar es de fachas, de muy fachas, de más fachas que Ayuso, Abascal y Roberto Alcázar y Pedrín juntos.

Ya está bien de tanta chulería roja. Ya está bien de ir perdonando la vida intelectualmente – la física, si mandan, no la perdonan -, ya está bien de alabar a Stalin, al Che, a Mao y a toda esa caterva de genocidas. Que si existen en la historia dictadores fascistas no es menos cierto que los de la hoz y el martillo son legión. Pero no podemos esperar nada más de un gobierno en el que una vicepresidenta alaba a Castro como si fuera el inventor de la penicilina o el responsable de exteriores contemporiza en lugar de condenar enérgicamente lo que pasa en ese país hermano.

Socialistas que no se pronuncian

Ni Borrell, ni Sánchez, ni ningún otro socialista dirá nada porque, en el fondo, llevan toda la vida admirando a esa Cuba que mitificaron como si fuese el paraíso terrenal cuando, en realidad, no fue jamás otra cosa que un inmenso campo de concentración donde podían asesinarte por tantos motivos que hacer la lista sería larguísimo. Solo decir que ser homosexual estaba tan mal visto por el Che que los asesinaba, que ser sacerdote, según lo que dijeras, te costaba la vida, que ser empresario ni les cuento y si hablamos de ideologías la cosa era un calco de la Rusia de Stalin: ni los propios miembros del partido comunista estaban a salvo de las iras del dictador sangriento.

El comunismo es una ideología, como el fascismo, que no admite nada que no sea su propio credo. Se retroalimenta y busca la extirpación física e intelectual de todo lo que no pueda controlar. En democracia, esta siniestra ideología se disfraza de muchas cosas, como ya demostró Enrico Berlinguer con aquella tomadura de pelo llamada eurocomunismo, pero el asesino tirano que lleva dentro tamaña monstruosidad acaba por salir a flote. Qué equivocados están quienes les siguen, so pretexto de que defienden el progreso para los trabajadores. No hay nadie mínimamente sensato que opte por vivir en La Habana castrista o en la Caracas chavista o en el Pyon Yang norcoreano. Nadie se fuga de los EEUU en una patera para ir a Cuba, todo lo contrario. Lo mismo que sucedía con la RDA. Aquel muro se construyó, no para impedir la entrada al paraíso comunista de quienes vivían en la Alemania federal, se erigió para impedir que los que habitaban el “paraíso socialista” se fugasen hacia la libertad.

El tremendo belebele cubano es síntoma de cómo andan las cosas en el mundo. La pandemia ha hecho levantarse a mucha gente que hasta ahora no tenía ánimos para hacerlo. Tienen la razón política, moral e histórica de su lado. Y nosotros, España, debemos apoyar a esos cubanos que comparten con nosotros la misma sangre, la misma cultura y la misma religión. También el mismo desprecio por el comunismo

Y que no se me levante con el moño virao el gobierno por sacarle un sable, mijito. Que esto, si no ayudamos, acabará como la fiesta del Guatao.

¡Viva Cuba libre!