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Miquel Giménez

Opinión

Trapis

La tendencia del separatismo a presentarse como unos mártires es tradición

Laura Borràs
Laura Borràs Europa Press

Al igual que Pujol supo darle la vuelta a un asunto de puro chanchullo, Banca Catalana, reconvirtiéndolo en una causa general contra Cataluña, sus herederos políticos siguen explotando el mismo ardid. Y la verdad es que, al menos entre los suyos, continúa dando buenos resultados. Partamos de la base de que entre la alegre muchachada separata la mayoría están dispuestos a aceptar la barbaridad que sea, siempre que la cometan ellos. Cosas que a cualquier persona con sentido común le parecerían reprobables, como la misma deixa que confesó Pujol, se estrellan ante el muro de “más roban los españoles” o “es uno de los nuestros”.

Tan terrible convicción ha enturbiado los asuntos relacionados con la corrupción que ha dominado Cataluña. Denunciarla siempre se consideró por parte de la antigua Convergencia como cosas de sociatas, de españolistas, de malos catalanes. “A partir de ahora, no podrán hablarnos de moral”, dijo Pujol encaramado al balcón de Palau aquella funesta jornada en la que los excesos contables de un pésimo banquero pasaron a convertirse en dogma de fe inatacable.

La portavoz de Junts per Catalunya en el Congreso, Laura Borràs, ha optado por obrar de la misma manera. Se la relaciona con un presunto pago fraccionado de contratos cuando dirigía el Institut de les Lletres Catalanes, lo que ha llevado a la Justicia a solicitar el suplicatorio a la Cámara Baja para que pueda perder la condición de aforada y comparecer ante el juez. Nótese que es por un asunto, insistimos, presunto, de delito común, de trapis como menciona uno de los implicados. Ni heroísmo, ni jornadas históricas ni siquiera una pancarta o un viajecito a Waterloo. Trapis.

La diferencia con Pujol es que en esta ocasión la ira de Borràs y los suyos no cuenta con la aquiescencia del resto de separatistas. Ni Esquerra ni las CUP se han tragado el argumento victimista

La diferencia con Pujol es que en esta ocasión la ira de Borràs y los suyos no cuenta con la aquiescencia del resto de separatistas. Ni Esquerra ni las CUP se han tragado el argumento victimista. Ella dice que el suplicatorio está vinculado con la represión contra el separatismo, y eso que la acusación solo habla de prevaricación, malversación y fraude documental. Pero Borrás insiste en que esto le sucede por defender la independencia. Para ella, que la cámara se incline por darle facilidades a la Justicia y a ella misma para que se defienda, es poco menos que ciscarse en la estelada. Qué bien saben hacerse los mártires.

Las invectivas contra España y el mezclar churras con merinas han sido, como pueden imaginarse, la tónica en las declaraciones de doña Laura. Que si los que defienden la unidad de España pueden estar satisfechos con ese suplicatorio, que si son los que quieren una España cada vez más roja y gualda, que si esto es el triunfo de la represión, que si están convirtiendo España en algo en blanco y negro. Ni un solo argumento acerca del asunto, ni de los supuestamente fragmentados contratos, ni un papel, ni una factura, nada que no sea: “Van en contra mía porque yo represento el mandato popular del 1-0 y es imposible que en España un independentista pueda aspirar a tener un juicio justo”. Textual. Y lo repiten los palmeros mediáticos como Cotarelo o como Rahola, que ha llegado a calificar el asunto como una cacería política en la que se busca la decapitación de una líder independentista.

Pero de lo que se hablará en el juicio será de los trapicheos, no de si Borrás es o no es esto o lo otro, mal que les pese a los separatistas. Eso es lo que más les preocupa y molesta, porque ya tienen como experiencia el Caso Palau o el del cobro de comisiones ilegales por parte de CDC. Ahí decían lo mismo que ahora, que la cancioncilla no tiene fecha de caducidad para esta gente. “Oye, más hacen los otros y, además, es de los nuestros”. Digan que sí, a tomar por saco el Estado de derecho. Donde estén unos buenos trapis, que se quite el Código Penal.

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