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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (90)

El doble trance del test PCR

Tenía síntomas y este jueves fui al ambulatorio. Si pasar la prueba es duro, peor aún es la espera del resultado. Comprendí que vivimos a merced de un bicho que aún puede infectarnos caprichosamente

Una sanitaria prepara las pruebas PCR para detectar el coronavirus
Una sanitaria prepara las pruebas PCR para detectar el coronavirus EFE

Tanto leer, ver y escuchar sobre el coronavirus, pero nadie me había avisado de cómo es someterse a un test PCR. Qué cosa tan desagradable. No se lo recomiendo ni al peor de mis enemigos, si es que tengo alguno. El tamaño de esa suerte de aguja que entra dos veces por tus orificios nasales es tan desproporcionado que solo rememorarlo me causa pavor. Casi tanto como el recuerdo de esas sensaciones que te asedian antes, durante y después de la prueba.  

Para ser honesto tengo que admitir que al principio de estos noventa días de estado de alarma sentí varias veces la tentación de simular los síntomas de la Covid-19 para que me hicieran un test y contarles aquí la experiencia. La grotesca moda del periodismo en primera persona, ya saben. Decliné esa opción porque me parecía irresponsable hacerlo cuando escaseaban los test para quienes verdaderamente podían haber enfermado y necesitaban salir de dudas. 

No podía saber entonces que me aguardaba una trampa del destino para estos días dichosos de "desescalada" en los que cunde la sensación (falsa, se lo aseguro) de que la pandemia es cosa del pasado. La cosa empezó el domingo con una tos seca y molesta que achaqué a algún enfriamiento por estos bruscos cambios de temperatura. El pasado miércoles por la noche me costaba respirar más que en otras congestiones o catarros. Sentía que me faltaba el aire pero no era capaz de discernir si era algo real o algo psicosomático que había interiorizado por temor al bicho. 

Quizás es que el término "PCR" me parecía irreal porque siempre lo asociaba a otras personas, pero cobró toda la realidad posible e imaginable cuando yo era quien tenía que probarlo en carne propia

Después de las preceptivas llamadas al médico de cabecera en las que remarqué que habitualmente no soy nada hipocondríaco, ahí estaba este jueves, en el ambulatorio, listo para ser examinado. La doctora, amable hasta el infinito y más allá, fue clara: "Tus síntomas son muy leves, pero como no me gusta nada esa tos, te vamos a hacer el PCR". No pensaba que oír esas tres letras me iba a producir la incomodidad que me produjo. Quizás es que el término "PCR" ya me parecía irreal porque siempre se refería a otras personas, pero cobró toda la realidad posible e imaginable cuando yo era quien tenía que probarlo en carne propia. 

Lo que entra en tu nariz se asemeja a uno de esos bastoncillos que usábamos para los oídos, pero es más largo. Horriblemente largo. Es una especie de varilla que parece inofensiva de lejos y que luego, una vez vista de cerca, no olvidas. Artilugio en ristre, la enfermera, de una sinceridad de hormigón, me soltó: "Te va a molestar al meterlo, te va a picar y luego te van a dar ganas de sonarte y de llorar". "Joder, lo tiene todo", respondí jocoso. "En la tele sacan siempre cómo es antes de meterlo", completó ella. Y llegó el momento. Zas y zas. Fue rápido, por suerte, pero no indoloro. "Tu médico de cabecera te llamará mañana para contarte el resultado". 

La angustia te corroe porque no paras de pensar en las consecuencias de un positivo. No sólo reparas en lo malo que pueda ser haber contraído la enfermedad, sino que también te aguijonean los rostros de todas esas personas a las que has podido contagiar en los días precedentes

Si pasar por el test supone un auténtico trance, peor aún es la tensa espera de la llamada. Durante esas horas de incertidumbre te pasa por la cabeza literalmente de todo. La angustia te corroe porque no paras de pensar en las consecuencias de un positivo. No sólo reparas en lo malo que pueda ser haber contraído la enfermedad o cómo vayas a sufrirla, sino que también te aguijonean los rostros de todas esas personas a las que has podido contagiar en los días precedentes, entre los que destacan tu pareja y tu pequeño, claro. De "una familia enclaustrada" a "una familia contagiada". 

Este doble trance te hace pensar nuevamente en nuestra vulnerabilidad. Vivimos a merced de un bicho que, por muchas medidas de seguridad que adoptemos y por muchas recomendaciones que sigamos y por muchas cosas que volvamos a hacer con alegría, aún puede infectarnos caprichosamente. Grabé a fuego en mi mente unas palabras de la doctora: "Creíamos que sí, pero esto no ha acabado, el virus sigue ahí fuera". El resultado, por si les interesa, fue "negativo". Un alivio, no voy a mentirles. 

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