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Guadalupe Sánchez

Opinión

Totalitarismo de género

La única manera de oponerse al totalitarismo de género es esgrimiendo la presunción de inocencia contra viento y marea. Y en eso estamos prácticamente huérfanos

Totalitarismo de género
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Uno de los motivos por los que personajes televisivos como Jorge Javier Vázquez y Belén Esteban se han convertido en referentes políticos es, precisamente, porque el Congreso de los Diputados presenta cada vez mayores similitudes con el plató de programas como Sálvame. Soy la primera que asumo que los humanos no sólo somos seres racionales, sino también intuitivos, y que la razón no es más que la forma con la que revestimos a estas intuiciones primigenias para, con ellas, convencer y tratar de vencer. Pero en mi ingenuidad todavía espero que en la sede de la soberanía nacional se incida más en la fase racional, dejando la emocional para la esfera privada de cada uno. Por desgracia todo parece indicar que el proceso es a la inversa y que la politización de la emoción es ya un hecho.

Miren si no lo que sucedió esta semana en el Congreso a cuenta de la aprobación de la proposición no de ley relativa a combatir el negacionismo de la violencia de género, que apoyaron todos los grupos parlamentarios salvo Vox. Dice el infame y bochornoso texto de la propuesta que: “A pesar de la claridad con la que se manifiesta la existencia de la violencia de género y sus terribles consecuencias en el marco normativo y las investigaciones científicas, hay representantes públicos que niegan la existencia de una violencia específica que se produce contra las mujeres por el hecho de ser mujeres. Quienes defienden que no existe la violencia de género pretenden invisibilizar a sus víctimas y las terribles circunstancias en las que estas desarrollan su vida. Este discurso oculta que esta violencia estructural contra las mujeres tiene su origen en la desigualdad y que el machismo apuntala esta violencia. Expresiones vertidas por representantes públicos como «la violencia no tiene género» para referirse a una agresión machista invisibilizan el origen y las causas de esta violencia. No admitir la existencia de una violencia específica contra las mujeres y su origen es negarla.

Este discurso, por tanto, se manifiesta contrario a lo que establece el marco normativo vigente y a las investigaciones académicas. Este discurso negacionista de la violencia de género es muy grave y tiene un impacto muy negativo en la sociedad. Por un lado, rompe un consenso social y político existente en el que se han sostenido los grandes avances que hemos desarrollado en los últimos años en la lucha contra la violencia machista. Y por otro lado, tiene un impacto directo en las víctimas ya que incrementa el miedo, la culpa y la vergüenza que las mujeres víctimas sufren. El cuestionamiento de la existencia de la violencia provoca que muchas mujeres tengan miedo a no ser creídas y dificulta que muchas de ellas puedan dar el primer paso para salir del círculo de la violencia”.

Cuando se habla de violencia de género es habitual confundir el plano penal (o jurídico) con el plano forense (criminalístico)

Todo el texto de la propuesta es un bodrio, una falsedad y un disparate acientífico, indigno de ser sometido a consideración en la sede de la soberanía nacional. En primer lugar, es contradictorio y ridículo hablar de un consenso social y político que reconoce la existencia de una violencia estructural contra la mujer por el mero hecho de serlo, al tiempo que se afirma que existen representantes públicos que la niegan, pues éstos han sido elegidos precisamente por ciudadanos que forman parte del sustrato social de que pretenden extraer el pretendido consenso.

Y es que la realidad es que no hay tal consenso, ni a nivel social, ni político ni mucho menos científico. Cuando se habla de violencia de género es habitual confundir el plano penal (o jurídico) con el plano forense (criminalístico).  Desde el punto de vista meramente punitivo, es indudable que la violencia no debería tener género. El derecho penal debe sancionar actos y hechos concretos, sin entrar a considerar la concurrencia en el autor del delito de circunstancias de índole biológico. De lo contrario se incurre en la resurrección de esa infame figura que es el derecho penal de autor, que determina que la pena no se imponga en atención al hecho efectivamente cometido, sino a la potencialidad criminal del autor considerada en atención a sus cualidades personales, algunas de carácter indisponible. Por desgracia, esto es algo que sucede con la vigente Ley Integral de Violencia de Género (LIVG), que sanciona con más pena la agresión cometida por un hombre sobre su pareja o expareja (siempre que ésta sea mujer), que la que cometa una mujer sobre el varón en análoga relación afectiva, aunque el acto sea idéntico o, incluso revista mayor gravedad. Es lo que se conoce como asimetría penal.

Otra cosa es la ciencia forense, esto es, cómo abordan el tema desde campos como la criminología o la psicología. Las estadísticas muestras que el porcentaje de hombres que agreden a mujeres es mucho mayor que a la inversa (aunque el primer puesto lo ocupen de manera destacada las agresiones entre hombres). Si de verdad quiere ahondarse en los motivos que se ocultan tras las estadísticas, las generalizaciones son inútiles. La LIVG considera que cualquier agresión contra una mujer es violencia de género por una mera cuestión biológica. Quienes defienden esta postura asumen la victimización de todo un colectivo, la mujer, a costa de la criminalización de otro, el hombre. La guerra de sexos como reemplazo de la lucha de clases.

Mi amiga Mila, psicóloga forense, insiste siempre en señalar que la violencia es multicausal, y que para combatir un tipo de violencia específico hay que escuchar más a los científicos y menos a los políticos

Pero las generalizaciones suelen ser siempre, por definición, inoperantes y burdas. Mi amiga Mila, psicóloga forense, insiste siempre en señalar que la violencia es multicausal, y que para combatir un tipo de violencia específico hay que escuchar más a los científicos y menos a los políticos. Esto no implica rechazar que existe la violencia de componente machista (entendida como aquélla que pretende someter y humillar a la mujer) pero sí repudiar las generalizaciones baratas y efectistas. Pero parece que, al menos en lo que a temas de violencia de género se refiere, nuestros legisladores decidieron enterrar hace años a la verdadera ciencia y sustituirla por un plagio barato que asumiera los postulados de un “consenso social y científico” que sólo existe de puertas para dentro del Ministerio de Igualdad.

Cobrar el seguro

Muchos han querido ver en el único grupo del Congreso que no ha votado a favor de esta aberración de proposición no de ley una tabla de salvación: “Los únicos que combaten la dictadura de género”, dicen. Lamentablemente esta ilusión termina cuando el señalado por la turba es, además de varón, inmigrante. Entonces coadyuvan a estos totalitarios del género para que el culpable social arda en la hoguera de la opinión publica. Recuerden si no el episodio de los asilados afganos que fueron denunciados por agresión sexual por unas muchachas americanas que, según parece, sólo perseguían cobrar un seguro de viaje que incluía la tristemente real cláusula de género, que les cubre los gastos si denuncian ser víctimas de una agresión machista. Santiago Abascal los señaló desde el estrado del Congreso antes de existir una resolución judicial que avalase su culpabilidad. Nada distinto a lo que han hecho recientemente el ministro Marlaska y otras autoridades públicas, acusando de asesinos a hombres que, finalmente, ni siquiera resultaron imputados por no guardar relación alguna con la muerte de sus parejas.

La tristísima realidad es que el totalitarismo de género no tiene contestación en el Parlamento de nuestro país, puesto que la única manera de oponerse al mismo es esgrimiendo la presunción de inocencia contra viento y marea. Y en eso estamos muchos huérfanos.

Por lo demás, cuando en esta proposición no de ley se habla de negacionismo, no sólo se banalizan las connotaciones de este término, referidas a la negación pública del genocidio o el exterminio de un grupo, sino que también se da portazo a la ciencia para imponer dogmas. Estos son una mera cuestión de fe, que no admite matices ni discusión. Y ya dijo Margaret Thatcher en aquel célebre discurso que la confrontación de opiniones es la materia de la que se compone la democracia. Negar la opinión del contrario, siempre que ésta no trascienda a la incitación explícita de la violencia, es, ha sido y será profundamente antidemocrático. Éste es el resumen de la paradoja de la tolerancia de Karl Popper. El problema es que, en nuestra sociedad contemporánea, quienes la esgrimen para justificar la censura e imponer sus postulados se han disfrazado de tolerantes. Y muchos se niegan a asumir la realidad que subyace tras tanta impostura.

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