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Jesús Cacho

Opinión

Torres (BBVA): demasiado poco, demasiado tarde

Francisco González, presidente de honor de BBVA, y Carlos Torres, presidente del banco.
Francisco González, presidente de honor de BBVA, y Carlos Torres, presidente del banco. Efe.

Tomo el título prestado del artículo publicado por Luis del Rivero (“El problema del BBVA”) en el diario El País el miércoles 31 de julio, en el que, como accionista del banco, venía a reclamar a los gestores de la entidad la diligencia debida a la hora de colaborar con la justicia en el esclarecimiento de ese gran lío que ha colocado al segundo banco español contra las cuerdas a cuenta de la contratación del ex comisario Villarejo para la realización de una serie de trabajos, ninguno limpio, destinados a frustrar la operación de asalto a la entidad protagonizada en 2004 por los dueños de la constructora Sacyr –el citado Del Rivero, como presidente, y el respaldo de ricos del lugar como Juan Abelló, accionista del Santander y de Sacyr al tiempo-con pleno respaldo del entonces nuevo Gobierno de Rodríguez Zapatero, concretado en la persona del jefe de su oficina económica, Miguel Sebastián. Que Del Rivero pretenda convertirse en juez de las conductas de la actual dirección del BBVA no deja de ser sorprendente, por usar un calificativo benévolo, aunque quizá le convendría mejor el de indecente u obsceno -otro tanto cabría decir del hecho de que sea El País quien le dé pábulo-, y pone en evidencia que en este país mucha gente ha perdido el oremus, además de la vergüenza.

Aquella fue una de las operaciones más escandalosas de intromisión del poder político en el ámbito de la actividad empresarial que se recuerdan por estos pagos, y ha habido unas cuentas a cual más llamativa, tanto con Gobiernos PSOE como PP, una demostración palmaria de la confusión que entre lo público y lo privado sigue existiendo por estos lares, además de una evidencia clara de las miserias de nuestra democracia. Unos empresarios de la construcción enriquecidos con la burbuja idearon hacerse con el control de un gran banco con la ayuda del Gobierno socialista de turno, que no veía con buenos ojos al presidente de la entidad, encumbrado en su día por el PP. Esa fue la operación. Está claro, por eso, que Francisco González (FG) tenía todo el derecho del mundo a defenderse. Conviene tenerlo claro, porque en caso contrario el entero episodio dejaría de tener sentido, al punto de que un recién llegado podría llegar a pensar que FG se metió en este lío por divertimento o tal vez por puro masoquismo.

Dicho lo cual, FG trató de defenderse de la peor manera posible: contratando los servicios de un indeseable, el excomisario Pepe Villarejo, rey de las cloacas policiales, y su cohorte de policías, abogados, periodistas e incluso jueces a su servicio. Con el agravante de que lo mantuvo en nómina hasta 2017 que se sepa, y para cosas que nada tenían que ver con el objetivo inicial. Por ejemplo, para investigar los vínculos que unían al Santander con el presidente de Ausbanc, Luis Pineda, otro que tal baila, según declaró el propio Villarejo al juez García-Castellón el pasado 13 de julio, asunto del que nos hemos enterado este miércoles gracias a la información publicada en Vozpópuli por Tono Calleja y Liliana Ochoa. Todo tipo de trabajos, y todos sucios. En junio del pasado año, cuando la relación contractual entre el ex comisario -en prisión preventiva desde noviembre de 2017- y el banco estaba a punto de estallar, FG presentó su dimisión por sorpresa, dejando atónito al parqué madrileño que en absoluto lo esperaba. Un intento de evitar que el escándalo le estallara personalmente en las manos.

En el banco reina una cierta sensación de pánico respecto al comportamiento de FG, en general, y a lo que pueda declarar el día en que deba comparecer ante el juez

En su lugar coloca a Carlos Torres como nuevo presidente, un Mckinsey crecido a los pechos de Manuel Pizarro en Endesa, quien pasado el tiempo (septiembre de 2008) lo colocaría en el BBVA a las órdenes de su íntimo amigo FG. Sitúo a Torres al frente del portaviones para que me deba el puesto y me sea fiel hasta la muerte, guardándome adecuadamente las espaldas. En situación tan apurada, el aludido disponía de dos posibles caminos a recorrer: externalizar cuanto antes el problema para desvincular al banco de sus consecuencias, al mismo tiempo que colaborar activamente con la justicia, por un lado, o darle hilo a la cometa con ánimo de defender los intereses de quienes le encumbraron a la presidencia, por otro. El paso de los meses ha puesto en evidencia que Torres no ha sabido coger ese toro por los cuernos con la diligencia debida, lo que como primera providencia hubiera supuesto romper abruptamente con sus “mayores” para salvar su cargo, de modo que su situación a día de hoy, y más tras la imputación del propio banco por el juez García-Castellón, se antoja muy comprometida. Demasiado poco, demasiado tarde.

¿No ha sabido o no ha podido?

No ha sabido o no ha podido, que es lo que sospecha el personal en la villa y corte. Porque hay otra interpretación mucho más maliciosa del nombramiento de Torres, y es que FG lo hace presidente precisamente para que se coma el marrón, puesto que como consejero delegado estaba a mi vera, conocía lo que se cocía en el banco y es tan culpable como yo de lo ocurrido. ¿Se ha jugado Torres su recién estrenada presidencia? Apenas tres de los actuales miembros del consejo parecen estar fuera de toda sospecha en razón a la fecha de su nombramiento. El más relevante de los cuales es Jaime Caruana, que como gobernador del Banco de España fue quien precisamente frustró el asalto al poder de Sacyr, un hombre a quien ahora dirigen sus ojos quienes se preguntan por la personalidad del futuro presidente del BBVA.     

FG es un personaje amortizado. Ahora está por ver qué pasa con Carlos Torres. El daño a la reputación de la entidad ya está hecho

En el banco reina una cierta sensación de pánico respecto al comportamiento de FG, en general, y a lo que pueda declarar el día en que deba comparecer ante el juez, en particular, sobre todo si llegara a la cita sintiéndose acorralado. La nota expelida por él mismo el martes 30 de julio es una perla que habla de la dimensión psicológica y humana del personaje. Viene a decir que se enteró por la prensa de la existencia de un tal Villarejo y que él no tuvo nada que ver con su contratación, ergo los culpables son otros. Algo entre el esperpento y la burla, propio del personaje que no entró en la Sareb porque se rebotó al enterarse de que también lo hacía el Santander, o que sostiene muy en serio que fue él quien despidió a Rodrigo Rato de Bankia. Un hombre que confunde la realidad con sus deseos, o que tal vez vive en perpetua querella con la verdad.

FG es un personaje amortizado. Ahora está por ver qué pasa con Carlos Torres. El daño a la reputación de la entidad ya está hecho. Dos altos ejecutivos han salido ya despedidos del vehículo, en lo que parece un intento de apagar un gran fuego con un simple extintor. De nuevo demasiado poco y demasiado tarde. Por fortuna, el BBVA es un banco sólido, con una plantilla muy cualificada de trabajadores y con miles de cargos intermedios sobradamente capacitados para superar el bache. La solvencia está fuera de duda. La acción apenas ha sufrido por la diaria presencia del escándalo en los medios, y no se ha producido retirada de depósitos. En espera del cierre del sumario y la llegada del juicio oral, el verdadero forensic que Torres no ha sabido activar, al BCE le preocupa la eventual imputación de algunos miembros del consejo, lo que debería obligarle a actuar.

Y a nosotros debería preocuparnos la necesidad de proteger nuestro sistema financiero de este tipo de asechanzas. Sería suicida jugar con algo tan importante como nuestro sistema de pagos, y más en un momento en que nadie en este país, ¿hay alguien al mando?, parece pensar en las consecuencias de que este caso se desmande y quede fuera de control. Dicho lo cual, algo le pasa a un sistema bancario en apariencia incapaz de abandonar la primera página de los medios. “Hasta cinco entidades financieras, entre ellas las dos más importantes del país, se han visto envueltas en escándalos, algunos de los cuales están ya bajo el foco de la Audiencia Nacional. Grabaciones con sus directivos en actuaciones comprometidas, acusaciones de soborno y sospechas de blanqueo han protagonizado la semana más negra de la banca española”, escribía aquí Alex Requeijo el pasado día 28. Sería conveniente que de una vez por todas los gestores de esas entidades dejaran de jugar a la política y se pusieran en serio a revisar sus prácticas de buen gobierno.         

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