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Manuel Toscano

Opinión

¿Qué tolerancia?

Venimos asistiendo con demasiada frecuencia en los últimos tiempos a actos de hostigamiento y vandalismo contra el adversario político

Público asistente en la Plaza de Sant Jaume tras la toma de posesión de la alcaldesa Ada Colau.
Público asistente en la Plaza de Sant Jaume tras la toma de posesión de la alcaldesa Ada Colau. EFE/Susanna Sáez

Estos últimos días hemos oído hablar de tolerancia más de lo habitual, lo que no es necesariamente una buena señal. ‘Intolerancia el día de la tolerancia’, así condenaba Manuel Valls en un tuit los actos vandálicos realizados contra el autobús de Ciudadanos durante la celebración del Día del Orgullo en Barcelona. Como se recordará, los organizadores rechazaron la participación del partido naranja en la celebración de la capital catalana. Poco después ocurrió el incidente, cuando un grupo de activistas detuvieron el autobús naranja y lo adornaron con pintadas como ‘fora feixistes’, ‘LGTBI en lucha’, mientras coreaban el clásico ‘no pasarán’. En desacuerdo con el veto a Ciudadanos, Juan Julià, uno de los organizadores, ha dimitido de su puesto como director de relaciones institucionales del festival LGTBI.

No fue Barcelona, por cierto, el único sitio donde hubo incidentes. Desafortunadamente, venimos asistiendo a actos de hostigamiento y vandalismo contra los adversarios políticos, que se repiten en los últimos tiempos con demasiada frecuencia. La tendencia que manifiestan esos brotes de hostilidad y acoso debería ser motivo de alarma y preocupación. Así parece verlo ahora Ada Colau, tras sufrirlo en persona durante el paseo por la Plaza de Sant Jaume: ‘Fue durísimo’. Por ello ha pedido que se condenen tales conductas intolerables: ‘Me gustaría que esto se condenara. [...] En la plaza se vio una situación de degradación que no se tendría que tolerar’. Nunca es tarde.

Es inevitable en estos casos invocar la tolerancia y lo que no se puede tolerar, como ha sucedido tras el Día del Orgullo. Albert Rivera elogiaba el gesto de Julià y denunciaba tanto el veto como el ataque al autobús en los siguientes términos: ‘En la fiesta de la libertad y la tolerancia no se puede excluir a nadie que defienda la libertad ni ser intolerante’. Por su parte, los activistas que rechazaron la participación de Ciudadanos, o llenaron de pintadas el autobús, también decían estar contra la intolerancia. De atender a las razones que hemos escuchado estos días, protestaban contra los arreglos postelectorales de los de Rivera con Vox, partido al que acusan de ser una amenaza para los derechos de los homosexuales y demás miembros del colectivo LGTBI. Según algunos, no cabría ser tolerante con los intolerantes, que es tanto como predicar la intolerancia con aquellos a los que se tacha como tales.

Hablamos mucho de tolerancia, y hasta la usamos como termómetro de la calidad democrática, pero no son pocas las dificultades que tenemos con ella

Sirve lo anterior para destacar lo que cualquier espectador de nuestra conversación pública puede constatar: hablamos mucho de tolerancia, y hasta la usamos como termómetro de la calidad democrática, pero no son pocas las dificultades que tenemos con ella. Si nos fijamos, buena parte de nuestras discusiones versa sobre lo que puede ser tolerado y lo que no debería serlo. Las discrepancias acerca de los márgenes de lo tolerable no sólo son inevitables, sino que adquieren especial acrimonia en ciertos casos. Las cosas se complican cuando se acusa a quien discrepa de intolerante, o se consideran sus opiniones intolerables, pues así trazamos los límites de quiénes son interlocutores válidos y aquellos con los que no cabe discutir ni negociar. Y aún se vuelve todo más confuso cuando el intolerante pasa a los actos enarbolando la lucha contra la intolerancia o el fascismo. Nada de esto escapa, desde luego, al observador de la actualidad española. Pero casa mal con el elogio indiscriminado de la tolerancia que practicamos por lo habitual.

¿Qué entendemos por ‘tolerante’?

Todo lo cual invita a preguntarse qué entendemos por ser tolerante. Obviamente, el análisis del concepto no resuelve nuestras dificultades, pero sí puede servir para aclarar la vista, despejando algunos equívocos al menos y aquilatando mejor el valor de la tolerancia. Puesto que la tolerancia se manifiesta en las relaciones interpersonales, de la convivencia familiar a las relaciones en el trabajo, ganamos en claridad si centramos la discusión en las actitudes individuales.

¿Qué hacemos cuando toleramos algo? En el lenguaje corriente, tolerar se usa a menudo como sinónimo de permitir y sería tolerante quien simplemente es permisivo. Así lo vemos en las citadas declaraciones de Colau. Pero este sentido es demasiado laxo, pues cabe permitir cosas por razones muy diferentes y con actitudes muy diversas ante lo permitido, que van desde la resignación o la indiferencia hasta cierta curiosidad e incluso el aprecio. De hecho, en los documentos de la UNESCO se patrocina una visión de la tolerancia que consiste en apreciar lo diferente como algo que nos enriquece. Lo que ha devenido un cliché biempensante, pero que choca con la visión más tradicional de la tolerancia y nuestras intuiciones al respecto.

Hay algo extraño en decir que toleramos aquello que apreciamos o consideramos bueno. Si toleramos algo es por que lo juzgamos malo, incorrecto o negativo en algún sentido. Ese juicio desfavorable nos da una razón para tratar de prohibir, impedir o al menos rechazar aquello que nos parece mal, a pesar lo cual nos contenemos y lo permitimos. Pero entonces se plantea una pregunta clave a la hora de considerar si la tolerancia es una virtud: ¿qué habría de bueno en permitir algo que está mal? Permitirlo tiene que estar justificado, es decir, el tolerante ha de tener una buena razón para permitir que se impone a su juicio negativo, a las razones que tiene para impedirlo o rechazarlo. Visto así, tolerar supone una actitud compleja por parte de quien tolera, pues resulta del balance de razones a favor y en contra de permitir el objeto de tolerancia. Quien tolera tiene razones para impedir o rechazar lo tolerado, pero se abstiene de hacerlo por alguna razón de más peso. Esta última razón a favor de permitir prevalece pero no anula ni cancela el juicio negativo sobre lo tolerado.

La convivencia en libertad en una sociedad plural exige de los ciudadanos una disposición más compleja ante los conflictos que la mera aceptación o el simple rechazo

De dar por buena esta explicación, se siguen algunas consecuencias interesantes. Habríamos de verla como una virtud modesta y difícil a la vez. No supone una actitud abierta, curiosa, ni ver las diferencias del tipo que sean como enriquecedoras, pues quien tolera permite algo que le disgusta o desaprueba. Pero tampoco resulta de la incredulidad o la indiferencia, como reza el prejuicio tradicional. Está lejos de ser ‘la virtud de la gente que no cree en nada’, que decía Chesterton; antes bien, el tolerante cree varias cosas: que lo tolerado es malo o incorrecto en algún sentido y también que hay una buena razón para permitirlo a pesar de todo. En ese complejo equilibrio de razones estriba la actitud compleja de quien tolera, y también la dificultad de tolerar, a diferencia de quien simplemente aprueba o condena.

Una segunda consecuencia interesante es que el valor moral de la tolerancia no puede darse por supuesto, pues depende enteramente de nuestro juicio acerca de las razones del tolerante. Si no tiene buenas razones para rechazar o condenar lo tolerado, la tolerancia estaría de más o sería arbitraria. Pero sobre todo depende de la calidad de las razones que le llevan a permitir la conducta tolerada, pues hay poco de valioso en permitir algo por indolencia o cobardía, por ejemplo. Eso significa que debemos ser más cuidadosos a la hora de examinar las circunstancias y justificación de la tolerancia, en vez de entregarnos al elogio indiscriminado.

Queda pendiente una cuestión importante. Así entendida de forma restrictiva, como una virtud de mínimos pero exigente, qué papel cumple la tolerancia en sociedades democráticas como la nuestra. Dos razones señalaría. Históricamente ha sido fundamental para abrir paso a un régimen de libertades como el nuestro, uno de cuyos pilares es la libertad de conciencia. Y, como podemos apreciar en las relaciones personales, es un ingrediente imprescindible del arte de convivir. La convivencia en libertad en una sociedad plural seguramente exige de los ciudadanos una disposición más compleja ante los conflictos que la mera aceptación o el simple rechazo.

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