La semana pasada, un diputado del Partido Popular preguntó a Iván Redondo en la Comisión de Seguridad Nacional si su trabajo para un presidente como Sánchez, “entre cuyas cualidades no está la humildad y dejarse aconsejar”, no era frustrante. La respuesta de Redondo, lejos de ser sólo anécdota, aclaró varias cosas.

“Lo primero que tiene que hacer un asesor es tirarse por el barranco por su presidente (...) Y lo siento, se lo voy a dejar clarito: ahí voy a estar con él hasta el final. Con el presidente Pedro Sánchez”. Unas horas después la noticia no era el patetismo que encerraba la frase, sino el hecho de que Redondo la había copiado de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca. En la sexta temporada, cuando Leo McGarry ya no puede seguir siendo Jefe de Gabinete, el presidente Bartlet le pide a C.J. Cregg, su Jefa de Prensa, que “se tire por un barranco”. Le está pidiendo que sea la sucesora de Leo, que cargue con esa responsabilidad, que le ayude a gobernar.

Venganza y revancha

Cuando Redondo habla de tirarse por un barranco al servicio de su presidente no está pensando en eso, por mucho que las palabras sean muy parecidas, sino en defender y hacer que otros defiendan la profunda degradación política e institucional que el presidente Sánchez ha elegido como legado.

El último ejemplo de esta degradación es terrible. Unos días antes de la comparecencia de Redondo, en Moncloa habían decidido que era el momento de ir preparando el terreno para los indultos. En octubre de 2019, cuando faltaba menos de un mes para las últimas elecciones generales, el presidente Sánchez afirmó que su Gobierno respetaba y acataba la sentencia del Tribunal Supremo sobre el procés. Añadía algo más, por si no había quedado claro: “El acatamiento de la sentencia significa su cumplimiento, reitero, significa su íntegro cumplimiento”. La semana pasada en cambio habló de “venganza” y “revancha” para referirse al cumplimiento de las penas impuestas a los políticos que en 2017 decidieron dar un golpe de Estado. Habló también de que hay “un tiempo para el castigo y un tiempo para la concordia”, dejando ver que en su idea de la política y de España debería ser alguien como él, no los jueces, quien tuviera el poder para decidir cuándo toca una cosa y cuándo la otra.

Decíamos que este último caso práctico de gobernanza socialista es especialmente terrible porque lo que se pretende naturalizar no es sólo el indulto -estos indultos concretos-, sino el ejercicio de la política sin el contrapeso de la ley. Esto es lo grave. El mensaje que manda Sánchez no es sólo que conceder la libertad a quienes intentaron arrebatársela a millones de ciudadanos es un acto de justicia, sino que un Gobierno arbitrario y despótico, guiado solamente por su voluntad, es algo deseable.

No es una idea nueva en la política, y tampoco en España. Leemos estos días encendidos elogios a la prudencia y sensatez de un gobernante socialista de otro tiempo, Felipe González.

El mismo González que no sólo permitió la creación de una banda dedicada durante años al terrorismo de Estado, sino que cuando miembros importantes de su Gobierno, un ministro de Interior y un secretario de Estado para la Seguridad, fueron condenados por ello, acudió a las puertas de la cárcel para abrazarlos.

Hoy tenemos a otro presidente del PSOE afirmando que las sentencias del procés son venganza y revancha, exactamente lo mismo que ha dicho siempre la izquierda abertzale sobre las condenas a ETA

El PSOE ha tenido siempre un serio problema con los límites constitucionales al ejercicio del poder. Sus dirigentes y una gran parte de sus votantes se ven a sí mismos como puro sentido histórico, como garantía del progreso y como la encarnación de la voluntad popular. Cuando en Cataluña se estaba gestando el inconstitucional Estatuto de Autonomía de 2006, auténtico embrión material y filosófico de lo que vendría 2017, el presidente Zapatero afirmó que apoyaría “la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán”. Hoy tenemos a otro presidente del PSOE afirmando que las sentencias del 'procés' son venganza y revancha, exactamente lo mismo que ha dicho siempre la izquierda abertzale sobre las penas a terroristas de ETA.

Lo primero que tiene que hacer un asesor, dice Redondo, es tirarse por el barranco por su presidente. Y así estamos. Y así está un partido como el PSOE, acostumbrado a que la mayor parte de sus votantes y de sus periodistas se tire al barranco para defender lo indefendible, sea el terrorismo de Estado o sean los privilegios para quienes intentan destruir el Estado.
Al escuchar la comparecencia de Redondo no pude evitar acordarme de El Ala Oeste, pero no de la frase de la sexta temporada, sino de un episodio de la segunda. El episodio en el que el asesor Toby Ziegler se enfrenta al presidente Bartlet cuando descubre que ha mentido a todos sus ciudadanos, y cuando piensa en todas las consecuencias de esa mentira. “Durante una hora y media hubo un golpe de Estado en este país”, le grita a su presidente. En el Despacho Oval, ante su Jefe de Gabinete.

Se suele criticar a El Ala Oeste por su idealismo desmedido, sus diálogos siempre rápidos e ingeniosos y la bondad natural de sus protagonistas, que en política real a veces no existe ni como excepción. Pero es bueno acordarse de vez en cuando del ejemplo de Toby Ziegler y su conciencia, lanzando una pelotita contra la pared mientras piensa en su función como asesor del presidente y en su deber como ciudadano. Aquí tenemos a Iván Redondo, de quien se dice que entró en política inspirado por esa serie. Es fácil imaginarlo recitando sus diálogos. Es mucho más difícil imaginarlo actuando como Toby Ziegler.