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Mauricio Hernández Cervantes

Opinión

Más vale una pizza que un 'fish and chips' en tiempos de Brexit

Así es el Brexit, un inutilísimo experimento con el que David Cameron puso a prueba las bondades de la democracia. He aquí el ejemplo

El primer ministro británico Boris Johnson.
El primer ministro británico Boris Johnson. EFE

Una conocida frase que suele atribuírsele a John F. Kennedy es: “Se puede ganar con la mitad, pero no se puede gobernar con la mitad en contra”.

Contrario a la cita del ex mandatario estadounidense, Boris Johnson –exquisito en bravuconería– eligió desde un principio una postura incendiaria: más apegada la demagogia 'trumpiana' que a cualquier camino conciliador. Hoy, parece ser, que hay un acuerdo, una esperanza.

La inaudita obstinación con la que el premier británico se aferraba a la desastrosa y accidentada salida del Reino Unido de la Unión Europea (algo inexplicablemente inútil) estaba justificada con la típica ‘mano baja’ con la que ganan las partidas los populistas: “Es la voluntad del pueblo”. Glup.

Y precisamente sobre ese ‘argumento’, un muy plausible editorial de The Guardian rechazó hace un par de semanas de manera tajante la verborrea con la que los euroescépticos pretendían culminar lo que (por desgracia) pudo simbolizar el primer gran desastre británico del presente siglo. En esas líneas, el rotativo condena la manipulación de la información respecto a lo que realmente significa abandonar la Unión Europea. “This must end”, sentencia, invitando a considerar una postura en la que los remainers y los leavers puedan construir un proyecto conjunto, en un ambiente de calma y diálogo, y no condicionados por el radicalismo ramplón de su primer ministro.

No obstante, esa imprescindible pieza pone el dedo en otra llaga, una que no ha terminado de cicatrizar desde la década pasada. Ergo, la crisis financiera. Y es que, basándose en los pronósticos del Banco de Inglaterra, augura para los británicos un escenario económico funesto: el desplome del PIB, un encarecimiento en la vida, y, en pocas palabras, una fotografía no muy distinta a la de 2008.

“Why on earth?”, se siguen preguntando muchos súbditos de Isabel II, al ver, cada vez más cerca, el final del proyecto que parecía haber enterrado el pasado más aciago de Europa. “¿Cómo sucedió?, ¿por qué renunciar a la libertad y a la integración?”. Los remainers siguen sin comprenderlo… los leavers, sencillamente, no lo quieren ver. Ayer se anunció un posible acuerdo con la UE, pero el pacto entre los propios británicos sigue sin llegar. Y los ecos de esa grieta llegan hasta Escocia. Sí, incomprensible. Así es el Brexit, un inutilísimo experimento con el que David Cameron puso a prueba las bondades de la democracia. Una idiotez tan grande, como quien mete la mano a la jaula de los leones esperando a que no le muerdan.

Es miércoles. Octubre da sus primeros pasos en un soleado, pero gélido día, en Wooler, Northumberland. Cerca de Escocia, pero aún en Inglaterra. Una muy profunda, una muy cerrada. Es hora de comer y los locales me recomiendan ‘Milan’: el restaurante italiano del pueblo, predilecto de muchos.

Vino y embutidos españoles

Justo he salido del principal supermercado, donde, nada más entrar, encontré vinos riojanos. Detrás, Chianti toscano. También plátanos de Canarias. Embutidos castellanos y alemanes. Aceite de oliva de marcas italianas (pero producto de Jaén), y muchos botes con salsas de tomate y pesto (todas italianas, salvo alguna local). Y cervezas españolas, alemanas, belgas, y una italiana (Wooler, por momentos, se parece al ‘Little Italy’ de Nueva York).

Por supuesto que no comeré en el ‘Milán’. He buscado algo ‘auténtico’, y termino en una cafetería atiborrada de locales. Sin embargo, en la carta hay poco más que sándwiches. Aquí, pedir una ración de fish and chips suena tan exótico como pedirla de callos a la madrileña. Paréntesis, antes de llegar a mi destino me he topado con un sitio de kebabs para llevar, otro de pizzas, además de un bar/hotel en el que a partir de las 15:00, los fines de semana, sirven ‘tapas españolas’.

Aferrado a mi idea de la autenticidad gastronómica de la Inglaterra conservadora (aquí ganó el voto “Leave”), pido ese clásico infalible: fish and chips. Conclusión: el pescado rebosado (en este caso, empanado) más improvisado del mundo.

(¡Ahora entiendo por qué me recomendaron un restaurante italiano! Jamás pensé que el típico pescado con patatas a la inglesa llegase a la exoticidad máxima).

El pasado imperial

Sigo mi recorrido y el primer paseante con el que quiero hablar sobre el Brexit me da las buenas tardes y me deja con la palabra en la boca. Después, un remainer, me cuenta que desde 2016 los leavers no hablan sobre el asunto. “El pueblo quedó muy dividido”, dice. Otro remainer me confiesa que lo que más lamenta es que los euroescépticos nunca han leído más allá de los titulares de diarios sesgados. “Añoran el ‘pasado imperial’, pero yo les digo, “¿Qué añoras tú de aquello, si tu familia ha sido granjera y obrera desde siempre?”, cuenta.

En Northumberland casi el 60% de los habitantes le dieron la espalda a la Unión Europea. Y el tema no se toca. Mientras tanto, comen más pizza y paninos, con Chianti y Rioja, que fish and chips.

Quedan días. Sólo días. Los últimos. Con pacto o sin él.

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