Seis meses después de la mayoría absoluta obtenida por Rajoy en las elecciones del 20 de noviembre de 2011, un dirigente popular, de peso e influencia, por supuesto sin micrófonos delante, se echaba las manos a la cabeza: “¡Hemos desperdiciado el solomillo de la legislatura”. La España de la crisis del euro se había agarrado al PP, para que arreglara el agujero dejado por el PSOE, tal y como había hecho en 1996, metiendo a España en el autobús del euro. Como explicaba aquel dirigente popular, los españoles, votantes o no del PP, hubieran aceptado las medidas duras y contundentes, recortes incluidos si -bien explicadas, por cierto- traían una solución tras el sacrificio propuesto. Lejos de acelerar la aprobación de los presupuestos con sus ajustes sobre la ola de la mayoría absoluta, el Gobierno de Rajoy le metió de saque un tajo a sus votantes y de paso a su propio programa electoral con la subida del IRPF, aprobada el viernes 30 de diciembre de 2011. Nueve días después, entrevistado por Ernesto Sáenz de Buruaga en la Cadena Cope, el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro remataba la faena con aquella frase de la que seguro hoy se arrepiente, o tal vez no: “Hemos desconcertado a la izquierda”

El votante clásico del PP junto con el que se suma, cuando se tuercen algunas cosas, desde la margen izquierda del centro, renegó una y otra vez al percibir que, a pesar del cambio de Gobierno, la factura la pagaban las nóminas de los asalariados y los ingresos de los autónomos. A las rentas medias, casi el 80 por ciento de los contribuyentes, les tocaba poner otra vez lo que no tenían. El solomillo se quedó frío desde el principio. Los primeros seis meses de Gobierno no estaban tan escritos como un mandamás del PP dijo antes de votar. Tras la subida masiva de impuestos, vinieron los amagos. Durante el primer trimestre el Gobierno se quedó a la espera de unas elecciones autonómicas andaluzas que el PP ganó, pero sin alcanzar la mayoría absoluta necesaria para desalojar al PSOE. Aquellos primeros seis meses condicionaron los años siguientes y abrieron un proceso de desafección que culminó con el descalabro electoral de 2015. El período posterior, con un Gobierno en minoría -expulsado Sánchez del liderazgo del PSOE- acaba con una moción de censura y sobre todo con la sensación general por parte de los votantes de que la historia del PP, uno de los pilares del sistema, se había terminado.

Lo del cambio de sede es un gesto y una decisión que envía una señal clara a la opinión pública, pero no resuelve la cuestión de fondo

Dos años y medio después de ganarse la presidencia del PP en unas primarias, sin ser designado por su predecesor, Pablo Casado puede preguntarle a ese dirigente de su partido, todavía en activo, si él también ha desperdiciado el solomillo de su mandato. Todo lo que hubiera hecho en los primeros meses cara al exterior hubiera sido recibido como novedad y aire nuevo si se trababa de refundar el PP para rehacerlo como en 1989. Lo del cambio de sede es un gesto y una decisión que envía una señal clara a la opinión pública, pero no resuelve la cuestión de fondo. No hay más que ver cómo se trata a los pequeños empresarios de la hostelería en Madrid respecto a Castilla y León o Galicia. Un partido de centro derecha que dice respetar la iniciativa privada y la ley, si no tiene más remedio que cerrar la actividad económica, debe pagar los daños causados por su decisión de inmediato. Como en Alemania y Francia, con el dinero por delante. Que luego no se quejen de la influencia de las rajadas de Bárcenas cuando vean que la mitad de su electorado habitual se queda en casa, como ha ocurrido en Cataluña, u opta por el bizarro lenguaje de Vox. Si dentro del PP mantienen, como con Rajoy, que deben prescindir de un ideario reconocible, de nada les valdrá la gestión que en estos meses de pandemia les sale, también a los moderados, llena de claroscuros. El PP con Rajoy prescindió de las ideas dejando que los números hablaran solos. El tiempo es un juez insobornable que quita y da razones. Los hechos demuestran el error. Hay un parte del PP que presiona para seguir por una senda autodestructiva. Si la moderación se confunde con lo inane, mejor que el ultimo apague la luz.

 El cambio de sede anunciado esta semana llega después de otro desastre electoral en Cataluña. Casado no ha rectificado el resultado de Rajoy. Para ello no era necesario renegar de nada de lo hecho, bastaba con la defensa de la legalidad constitucional. Los ciudadanos catalanes son iguales que el resto de los españoles. No añade nada reconocer lo que ya juzgaron las urnas en 2017: Rajoy llegó a su tiempo, no al de los demás. Si con Casado el PP había vuelto, no se ha notado. Los votantes de Vox no van a regresar al PP. El enfado viene acumulado desde 2011 y la quietud de Rajoy frente al golpe del 6 y 7 de septiembre de 2017, más el referéndum ilegal del primero de octubre, aceleró el proceso de abandono. No volverán y si lo hacen será muy al final cuando por agotamiento del largo mandato que le espera a Sánchez, de aquí al 27 como mínimo, sea acuciante un cambio como en 1996 y en 2011. Mientras tanto, Sánchez aprovecha el desastre del PP y Ciudadanos confrontando con Vox, que una vez que ha pasado la campaña catalana ya no tiene “sentido de Estado”, sino que, según el presidente del Gobierno, no es más que “la ultraderecha que le acompleja señor Casado”. Sánchez ve en Vox un seguro de estancia en La Moncloa. En realidad, se lo ha dicho el gurú Redondo, con la inestimable colaboración del CIS del señor Tezanos. El jefe de gabinete del presidente, dedicado también a tareas de partido sin pudor o cautela, trabaja para la causa del mantenimiento sine die de Sánchez en el poder. En cuanto las vacunas se multipliquen y los euros sanadores se repartan, la verdadera mano derecha de Sánchez empezará a buscar la fecha para el adelanto electoral. Un mago del marketing político siempre sabe cuándo toca solomillo. Como el tiempo, no se puede desperdiciar.